sábado, 29 de enero de 2022

Rol en Solitario: B12 El Monasterio del Dragón Dormido (II)

 

VIENE DE ESTA PUBLICACIÓN

 Escena 3 – Llegada al Monasterio

 Caos inicial: 4

 Lugar: entrada del monasterio

 Personajes: Monjes mendicantes, Aralic, Anastasia Atrapes, orcos asaltantes

 Hilos: Recuperar el tesoro del monasterio

 

 Fyrmont, Soladain 7, mediodía, cielo despejado, 27º, brisa ligera.

 El grupo llega al monasterio, dedicado al Rey Halav, inmortal traladárano. El edificio está en lo alto de una colina, y en lamentable estado de ruina y abandono. Destaca la entrada principal en medio de la gran fachada del recinto. Algo a su izquierda hay una puerta más pequeña. Todavía más allá, la fachada forma una esquina tras la que se puede ver lo que en tiempos mejores fue la entrada de una bonita iglesia. A esta distancia, el estado de la entrada principal parece bastante lamentable, así que Antígonos se adelanta a otear intentando pasar desapercibido. Justo al pasar bajo el pórtico de la entrada, la estructura se desmorona sobre el ladrón. El grupo corre gritando hacia la nube de polvo que oculta la entrada. Para su alivio, ven salir de ella al joven thyatiano, ileso, cubierto de polvo, y sonriendo como un tonto (superó la tirada de DES). Si algo ha escuchado el alboroto, de momento no ha dado señales de ello.

 Recuperado del susto, Antígonos trepa cuidadosamente por el derrumbe y observa que unas rocas del desprendimiento han rodado hasta la puerta del final de la pequeña sala que hace las funciones de entrada del conjunto. Hace una señal para que sus compañero avancen, y se acerca de puntillas hasta alcanzar el umbral de la puerta derribada. Cuando sus ojos se adaptan al cambio de luz, ve un pequeño repartidor en forma de cuadrado con una puerta en cada lado. Han pasado dos turnos.

 Helena (maga) enciende su linterna y Anastasia (seguidora ladrona) una antorcha. Antígonos abre la puerta que da al norte y ante él se abre un largo pasillo en penumbra. Una especie de aspillera se abre en la pared de la derecha, pero la luz que derrama no llega a iluminar el fin del pasadizo. Avanzando, el pasillo continúa unos 20 metros y está vacío. Antígonos camina unos metros por delante del resto, y al llegar a la aspillera echa un fugaz vistazo que intuye un claustro. La aspillera está justo en la mitad del pasillo, y desde allí se distingue una puerta a la izquierda casi al final. Unos metros más allá, un derrumbe cierra el paso. Antígonos deja atrás la aspillera seguido por el resto, pero cuando Karsa (clérigo) e Ingwor (elfo) pasan por la ventana cerrando la comitiva, se escucha un “click” y sienten varias cuchilladas. Desde la pared de la ventana se han disparado unos dardos a diferentes alturas (causando 1 punto de vida a cada PJ). Han pasado por una trampa camuflada. Está claro que tendrán que ser más precavidos en la exploración. Antígonos retrocede para inspeccionar la zona de la trampa, pero no encuentra ni rastro del mecanismo que la activa (pasa un turno). Habrá que tener cuidado si hay que retroceder.

 El grupo se detiene cerca de la puerta de la izquierda, orientada hacia el oeste. Ingwor y Antígonos pegan la oreja pero no escuchan nada. Antígonos inicia una inspección rutinaria de la puerta en busca de trampas, mientras que Helena (maga) e Ingwor (elfo) inspeccionan el derrumbe que cierra el pasillo. El resto vigila la retaguardia. Tras unos minutos (un turno) Antígonos asegura que la puerta está limpia, y Helena e Ingwor acaban descubriendo un hueco en lo alto de los escombros por el que se podría llegar a pasar con algo de dificultad.

 Los muchachos deciden continuar la exploración por la puerta de la izquierda del pasillo, pero está cerrada. Por su situación, podría dar al recinto tras la otra puerta que vieron en la fachada del monasterio. Antes de intentar derribar la puerta, Ingwor asciende por el derrumbe para poder inspeccionar mejor el hueco, negro como la pez. Al acercar la cara al agujero, el callarii descubre que de su interior emana un olor caliente como de azufre en llamas. Conteniendo el aliento, y con toda la precaución del mundo, introduce la cabeza por la rendija todo lo que le permite la armadura. El coro de una iglesia. Bancos hechos añicos repartidos en desorden por la silenciosa sala. Pero lo más preocupante es que todo está envuelto por una nube de calor asfixiante claramente visible por la visión térmica del elfo. Ingwor desciende llevándose el índice a los labios en señal de silencio. Una vez abajo, explica en susurros lo que ha visto, concluyendo con un “¡Que caiga la luna si lo que hay en esa iglesia no es un dragón!”. Ha pasado otro turno.



CONTINUARÁ...

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