martes, 20 de octubre de 2026

5LFB — Karameikos #006 — El precio del camino

Turnos 12–15 · 4 de Sviftmont–6 de Eirmont de 1000 AC

A la mañana siguiente, los asuntos pendientes seguían donde los habían dejado.

La Compañía llevaba varios días acampada en aquellas tierras, lo bastante lejos del campo de batalla para no volver a escuchar nada removiéndose bajo sus pies y lo bastante cerca como para que ninguno hubiese olvidado por qué estaban allí. Alexander se recuperaba con una rapidez que parecía confirmar su obstinada resistencia a permanecer mucho tiempo tumbado, aunque determinados movimientos todavía le arrancaban una mueca antes de que pudiera disimularla. Mikhail ofrecía menos motivos para bromear. La hoja de árbol de plata le había salvado la vida, pero no había convertido la salvación en algo cómodo, y pasaba buena parte del tiempo envuelto en mantas junto al fuego, despertándose a intervalos para beber, cambiar de postura o descubrir que sus compañeros habían encontrado otra manera de preguntarle cómo se encontraba sin formular la pregunta directamente.

El 4 de Sviftmont amaneció fresco y húmedo. La bruma permanecía atrapada en las partes bajas del terreno y las nubes dejaban entrever de cuando en cuando una claridad pálida que no llegaba a calentar la hierba mojada. El campamento había adquirido ya ese aspecto de los lugares provisionales que empiezan a durar demasiado: piedras ennegrecidas alrededor del fuego, huellas repetidas entre las mantas y la zona donde guardaban el equipo, ramas cortadas varias veces del mismo matorral y pequeños objetos que nadie recordaba haber decidido colocar donde estaban.

También la batalla empezaba a adquirir formas nuevas.

—Eran doce —dijo Lucan.

Marika levantó la mirada de la carta encerada que tenía extendida sobre las rodillas.

—No.

—Once, entonces.

—Tampoco.

Alexander, recostado sobre una manta, sonrió sin incorporarse.

—Déjalo en doce. Así habrá una explicación razonable para que uno de ellos consiguiera lanzarme por los aires.

Ilyana se echó a reír mientras apretaba una de las correas de su equipo. Lucan señaló a Alexander como quien acaba de obtener la declaración decisiva de un testigo.

—Ahí lo tienes. El hombre que estuvo allí confirma mi versión.

—Confirmo que salí volando.

—Es la parte importante.

—Para ti, quizá.

Zan dejó de revisar una hebilla, buscó entre las cosas de Mikhail y sacó el pequeño paquete encerado que la vara de hueso había arrancado del correaje de uno de los Ascendidos. Lo sostuvo entre dos dedos.

—Si seguimos así, tendremos que comprar una mula.

Lucan miró la carta.

—¿Para llevar documentos?

—Para llevar problemas. Arkayz, Halia Antonie, Highforge, hombres con yelmos cerrados cerca de Rugalov y ahora esto. —Zan volvió la cabeza hacia Mikhail—. Todavía no he decidido si los recoges tú o los recoge la vara.

Mikhail abrió un ojo.

—La vara.

—Eso pensaba.

Marika extendió la mano.

—Dámela.

Zan le entregó la carta y ella volvió a examinar los signos. Había comenzado por buscar palabras o caracteres repetidos, pero cuanto más miraba menos segura estaba de que aquello pudiera leerse de una manera convencional. Algunas marcas parecían iguales hasta que se comparaban de cerca; otras cambiaban apenas de inclinación, grosor o posición. Mikhail pudo aclararle cómo había aparecido el paquete cuando estuvo despierto, aunque sobre los signos no sabía más que ella y aquella mañana aportó más gruñidos que revelaciones, y Marika terminó ordenando sus propias notas alrededor del documento con la obstinación de quien todavía no entiende un problema pero ha decidido que, tarde o temprano, el problema tendrá que entenderla a ella.

(Investigación: carta cifrada, Opacidad 22 → 21.)

La historia de Lucan, entretanto, continuó creciendo.

Para cuando el desayuno había terminado, los Ascendidos habían recuperado una de las dos ratas a dos patas que Marika le había quitado y el que llevaba el capote violeta era ya, según el bardo, una criatura de tamaño considerable. Alexander permitió que la descripción avanzara hasta cierto punto antes de intervenir.

—Cuando cuentes esto en una taberna, ya sabemos que mentirás sobre cuántos eran.

Lucan pareció ofendido.

—Embelleceré.

Aquella palabra consiguió la aprobación general suficiente para que el asunto quedara resuelto.

No hicieron gran cosa que mereciese una canción durante el resto de la mañana. Precisamente por eso resultó agradable. Lucan se apartó del campamento con la espada que Marek Kovach había regalado a la Compañía y pasó un buen rato repitiendo movimientos que Alexander le había corregido otras veces, procurando que la nueva hoja dejara de sentirse como una pieza excelente que llevaba al cinto y empezara a responder como un arma que realmente sabía utilizar. Cerca del mediodía, Ilyana encontró un arroyo escondido entre las ondulaciones del terreno y desapareció con la caña durante unas horas. El sitio parecía perfecto, con agua clara, sombras bajo las orillas y suficientes destellos bajo la superficie para prometer una pesca memorable; regresó con un solo pez pequeño.

Lucan lo contempló cuando ella lo dejó junto al fuego.

—¿Eso es todo?

Ilyana lo miró.

—Tú has luchado contra doce ratas a dos patas esta mañana sin levantarte del campamento.

Zan tuvo que apartarse para que no se le notara la sonrisa.

Aquel mismo día ella e Ilyana recorrieron parte de las alturas cercanas. Desde allí pudieron reconocer mejor las líneas de terreno que llevaban hacia Rifllian y, más allá, hacia las estribaciones donde se encontraba Highforge. La ruta no prometía sorpresas agradables, pero tampoco necesitaban inventarse otras nuevas. Rifllian ya había dejado de esperarlos mientras cuidaban de sus heridos; Highforge, en cambio, seguía necesitando suministros, y la Compañía llevaba demasiado tiempo inmóvil para ignorar una oportunidad que todavía estaba a su alcance.

Cuando regresaron al campamento, Zan encontró a Alexander sentado y a Mikhail despierto.

—Mañana levantamos esto.

Mikhail hizo una pausa antes de asentir.

—Puedo viajar.

—No te he preguntado si puedes.

—Entonces puedo viajar igualmente.

Zan lo estudió durante un momento y decidió no discutir con un hombre que había sobrevivido a algo que debería haberlo matado. Si el camino obligaba a reducir el ritmo, lo reducirían.

A la mañana siguiente dejaron atrás el campamento.

No hubo ningún instante especial en el que aquellos días pudieran darse por terminados. Recogieron mantas, apagaron el fuego, distribuyeron el equipo y echaron a andar, como habían hecho otras veces. Alexander avanzaba con cuidado suficiente para que solo alguien que lo conociera reparase en ello; Mikhail caminaba peor y hablaba poco, pero caminaba. La carta viajó con Marika, convenientemente protegida de la humedad. Lucan llevaba la espada nueva al cinto y una convicción recién adquirida acerca de su propia habilidad con ella que ninguno de los demás consideró necesario fomentar demasiado.

Rifllian no los recibió como a hombres que llegaban tarde a salvar nada.

Los Callarii habían resuelto por sí mismos la necesidad que la Compañía no había podido atender. No sin molestias, ni sin recurrir a arreglos que probablemente habrían preferido evitar, pero la vida había continuado mientras ellos permanecían junto a dos compañeros heridos y nadie parecía considerar aquello una injusticia extraordinaria. Algunas mercancías habían llegado por otras manos, ciertos compromisos se habían cobrado favores y quedaba el tipo de irritación que acompaña a cualquier problema solucionado de una forma más cara o incómoda de la necesaria.

Zan recibió la noticia con menos pesar que alivio.

—Bien.

Lucan ladeó la cabeza.

—¿Bien?

—Bien. No necesitan que los rescatemos de nuestra tardanza.

Aquello dejaba Highforge.

La ruta hacia las estribaciones permitía reunir en Rifllian mercancías corrientes que podían resultar útiles allí arriba: alimentos que no viajaban bien durante demasiado tiempo, tejidos, algunas piezas manufacturadas en el sur y otros bienes cuya importancia solo se aprecia cuando faltan. Nada de aquello tenía aspecto de tesoro ni justificaba que nadie compusiera una canción, pero la Compañía llevaba ya suficiente tiempo viajando para saber que la mayor parte de lo que mantiene vivo un lugar rara vez parece heroico.

Dejaron Rifllian con esa carga vinculada a su viaje y continuaron hacia el norte y el oeste, donde el terreno empezó a cambiar poco a poco.

Highforge se anunció mucho antes de mostrarse.

Primero fueron los caminos. No resultaban más anchos ni más cómodos de lo necesario, pero estaban trazados con una obstinación que parecía haber declarado una guerra privada a las pendientes inútiles. Donde el agua habría arrastrado la tierra había piedra; donde una carreta pesada habría tenido que enfrentarse a una subida absurda, el camino buscaba un rodeo mejor. Las cunetas estaban limpias y en más de un punto encontraron pequeños drenajes que llevaban el agua exactamente a donde alguien había decidido que debía ir.

Después empezaron a aparecer cosas que no tenían ninguna razón para estar allí salvo que hubiese mucha gente trabajando cerca.

Madera clasificada por tamaños bajo cobertizos abiertos; montones de piedra tallada junto a bloques que todavía conservaban la superficie áspera de la cantera; marcas pintadas en postes y rocas; carretas que aparecían por ramales laterales y desaparecían por otros antes de que pudiera adivinarse adónde conducían. Un pequeño curso de agua cruzaba la ladera por un cauce demasiado regular para ser completamente natural, y Alexander se detuvo a mirarlo mientras dos gnomos discutían junto a una compuerta de madera sin prestar la menor atención a los seis viajeros.

—Creo que ya hemos llegado —dijo.

Lucan miró alrededor. No había murallas, plaza, torre ni ningún otro elemento que permitiera señalar con autoridad el principio de una ciudad.

—¿A qué?

Alexander indicó la compuerta, la carretera y una carreta cargada de piezas metálicas que descendía desde algún lugar oculto por la ladera.

—A Highforge.

HIGHFORGE

Highforge no parece detenerse nunca.

La primera impresión no fue la de entrar en un asentamiento, sino la de meterse en medio de algo que llevaba horas funcionando sin ellos.

Los caminos comenzaron a ramificarse entre edificios adaptados al desnivel, talleres abiertos, almacenes y patios donde se acumulaban materiales con un orden que no siempre resultaba evidente para un extraño. El sonido de los martillos aparecía desde una dirección, se perdía al doblar una curva y regresaba desde otra altura acompañado por el chirrido de una polea o el golpe rítmico de madera contra piedra. Había olor a carbón, a aceite, a serrín fresco y, de vez en cuando, a comida, aunque ese último parecía durar menos que los demás.

Un carro cargado de barriles les obligó a apartarse antes de que hubieran recorrido cien pasos entre las primeras construcciones. El gnomo que lo conducía levantó una mano a modo de agradecimiento, gritó algo al segundo carro que venía detrás y siguió adelante. Más arriba, una mujer enana sujetaba el extremo de un eje mientras dos gnomos comparaban una pieza nueva con la que acababan de retirar; discutían con tanta intensidad que Lucan redujo el paso esperando quizá presenciar una pelea, pero la enana terminó dándole a uno de ellos una herramienta y los tres reanudaron el trabajo sin haber llegado aparentemente a ningún acuerdo.

—Decepcionante —murmuró.

—Para ti, todo desacuerdo que no termina con alguien golpeando a otro es decepcionante —dijo Marika.

—No todo.

Ilyana señaló con la barbilla una hilera de puestos bajo un cobertizo.

—Ahí están discutiendo precios.

Lucan miró.

—Retiro lo dicho.

La presencia de enanos no parecía constituir un barrio ni una excepción que necesitara explicación. Trabajaban y comerciaban junto a los gnomos, aparecían en los mismos patios y entraban en los mismos almacenes. Tampoco los humanos resultaban desconocidos allí, aunque sí suficientemente menos habituales para atraer alguna mirada fugaz, sobre todo cuando los seis pasaban juntos y armados. Nadie, sin embargo, interrumpió lo que estaba haciendo para observarlos mucho tiempo. Highforge tenía cosas más importantes que hacer.

La entrega de los suministros terminó de demostrarlo.

No hubo bienvenida, discursos ni agradecimientos públicos. Hubo manos que comprobaron embalajes, alguien que quiso saber de dónde procedía determinada mercancía, una discusión breve acerca de dónde debía ir otra y la aparición casi inmediata de personas que empezaron a separar lo recibido según su destino. Zan respondió preguntas, Marika ayudó a identificar un par de bultos y Alexander se apartó a tiempo de un grupo que atravesó el lugar cargando una pieza de madera tan grande que habría derribado a cualquiera que confundiese estar de visita con tener preferencia de paso.

Lucan observó cómo la última parte de la carga desaparecía hacia un almacén.

—Ni siquiera una bebida.

—Aún no hemos preguntado —dijo Ilyana.

—Me gusta cómo piensas.

A Marika, en cambio, aquella falta de ceremonia parecía resultarle tranquilizadora. Nadie fingía que seis aventureros habían salvado Highforge por llevar hasta allí cosas que la comunidad necesitaba temporalmente. Habían ayudado a resolver un problema práctico y el problema, una vez resuelto, dejaba sitio al siguiente.

(Oportunidad: suministros de Highforge completados.)

Zan estaba pensando en algo parecido cuando vio pasar a un gnomo con varias tablillas escritas bajo el brazo.

—Aquí tiene que haber alguien capaz de mirar la carta.

Marika siguió su mirada.

—Alguien, seguro.

—Encontrarlo puede ser otra cosa.

Mikhail, que había soportado la llegada mejor de lo esperado pero empezaba a mostrarlo en el rostro, intervino sin levantar mucho la voz.

—Primero una cama.

Nadie discutió.

Encontraron alojamiento en la zona por la que pasaban comerciantes y viajeros, cerca de almacenes y patios donde el trabajo disminuía al caer la tarde sin llegar a detenerse del todo. No era un lugar elegante y parecía diseñado por alguien que consideraba el descanso una operación sencilla: una habitación seca, comida caliente, sitio para dejar el equipo y camas suficientemente buenas para que nadie formulase preguntas adicionales.

Mikhail se sentó en la primera que encontró y tardó poco en quedar dormido. Alexander dejó sus cosas junto a la pared con bastante más cuidado del que habría querido admitir y luego se quedó de pie unos segundos, comprobando discretamente qué parte de su cuerpo protestaba después del viaje. Lucan abrió la ventana y se asomó al ruido de la calle. Ilyana ya estaba mirando hacia el exterior como quien había empezado a calcular cuánto podía conocer de Highforge antes de que anocheciera.

Marika puso la carta sobre la mesa.

Zan dejó a su lado el resto de las notas.

Fuera, un martillo golpeó tres veces, una carreta pasó haciendo vibrar el suelo y alguien protestó porque otro alguien había dejado algo exactamente donde no debía.

Highforge siguió trabajando.

Por primera vez desde que los Ascendidos los habían obligado a abandonar el camino a Rifllian, la Compañía podía permitirse hacer algo distinto.

Podía quedarse unos días.

DÍAS DE CURA

Quedarse unos días resultó, al principio, bastante más fácil que decidir qué hacer con ellos.

Highforge no ofrecía el tipo de ocio que invitaba a permanecer tumbado mirando pasar las horas. Incluso desde el alojamiento se escuchaba el trabajo comenzar temprano: carros que entraban y salían de los almacenes, golpes secos procedentes de algún taller cercano, voces que discutían medidas o entregas y, de vez en cuando, el chirrido prolongado de algo demasiado pesado siendo arrastrado por un suelo que no había sido diseñado para perdonarlo. La Compañía empezó a acompasarse a aquel ritmo sin darse cuenta. Desayunaban mientras otros llevaban ya un buen rato trabajando, se dispersaban después en pequeños grupos y volvían a encontrarse al final de la jornada con la sensación extraña de haber pasado el día ocupados sin haber cruzado una espada con nadie.

Mikhail fue el primero en descubrir que Highforge podía resultar implacablemente eficiente incluso cuando se trataba de curar a un hombre.

El sanador que lo examinó no mostró gran interés por la historia de cómo había recibido las heridas. Quiso saber dónde dolía, cuándo había empezado a hacerlo y si el dolor aumentaba al respirar, caminar o levantar el brazo; después retiró los vendajes, palpó con dedos firmes allí donde Mikhail prefería que nadie palpase y, tras escuchar con muy poca paciencia una explicación acerca de la hoja de árbol de plata, decidió que sobrevivir a algo no era lo mismo que haberse recuperado de ello. Hubo vendas nuevas, una cataplasma de olor penetrante y una infusión tan amarga que Lucan, al verla, preguntó si la idea consistía en convencer al paciente de que la muerte no había sido una alternativa tan mala.

Mikhail bebió sin responder.

El sanador lo miró.

—Otra.

Mikhail cerró los ojos un instante.

—Comprendo.

—No creo.

Aquella segunda taza logró lo que las heridas no habían conseguido y le arrancó una expresión de auténtica derrota.

(Actividad de campaña: Mikhail visita al sanador.)

Alexander, en cambio, ya se encontraba lo bastante bien como para empezar a aburrirse de que los demás reparasen en cualquier rigidez de sus movimientos. Podía caminar, entrenar y, según afirmó repetidas veces, hacer prácticamente todo lo que había hecho antes de que una descarga verdosa lo arrojase al suelo. Nadie discutió la afirmación porque nadie parecía especialmente interesado en ayudarlo a demostrarla.

Fue quizá por eso por lo que Lucan decidió que necesitaba una ocupación.

El rumor le había llegado hacía unos meses en los muelles de Specularum, lo cual debería haber bastado para ponerlo en cuarentena. Según aquella versión, Highforge ocultaba uno de esos secretos que las ciudades grandes atribuyen con entusiasmo a los lugares que conocen poco: las mujeres gnomas eran, al parecer, de costumbres extraordinariamente libres, particularmente curiosas acerca de los hombres humanos y tan poco dadas a la modestia como cabría esperar de alguien que pasaba la vida rodeado de túneles, herramientas y bebidas demasiado fuertes.

Alexander escuchó toda la explicación con los brazos cruzados.

—¿Quién te ha contado eso?

—Gente informada.

—¿Quién?

—Un estibador de los muelles. Y un barquero que hacía la ruta del Volaga.

—Una fuente impecable.

—No pretendo escribir una genealogía. Solo comprobar una tradición local.

—No es una tradición local. Es un rumor.

—Eso es exactamente lo que dicen antes de comprobarse.

Alexander debería haberlo dejado marchar solo.

Más tarde recordaría ese detalle con bastante claridad.

La búsqueda empezó en una zona donde pequeños talleres compartían espacio con puestos de bebida y comida. Lucan se comportaba como un hombre que no pretendía absolutamente nada y que, por pura coincidencia, examinaba con mucha atención a cada gnoma que pasaba. Alexander llevaba detrás la resignación de quien ha accedido a una mala idea por amistad y ahora se niega a admitir que siente curiosidad.

No tardaron en llamar la atención, aunque probablemente no por las razones que Lucan esperaba.

Dos humanos armados, uno de ellos considerablemente más alto que casi todos los presentes y el otro intentando parecer que conocía perfectamente el lugar, constituían una distracción razonable en mitad de una tarde de trabajo. Una gnoma apoyada junto a un puesto los observó unos segundos; cuando Lucan le sonrió, ella respondió con otra sonrisa que él interpretó inmediatamente como confirmación de todo cuanto había oído.

—¿Has visto?

—Ha sonreído.

—Exactamente.

—La gente hace eso.

—No de esa manera.

Alexander iba a preguntarle qué manera concreta había utilizado cuando la gnoma se acercó.

Llevaba el cabello recogido para apartarlo del rostro, las mangas remangadas y pequeñas manchas oscuras de trabajo en los dedos. Tenía una figura generosa y una mirada en la que Lucan habría jurado descubrir cierta picardía. Miró a Alexander, después al bardo y, por último, volvió a Alexander con un interés mucho más detenido.

Lucan se enderezó apenas perceptiblemente.

Alexander notó el gesto.

La gnoma dejó que sus ojos descendieran.

Lo hizo despacio.

Alexander siguió la dirección de la mirada hasta descubrir, con una mezcla de incredulidad y alarma, que aquella se había detenido aproximadamente a la altura de su cintura.

Lucan guardó silencio.

Era, quizá, la prueba más convincente de que algo extraordinario estaba sucediendo.

La gnoma inclinó un poco la cabeza.

—¿Eso es de fabricación humana?

Alexander tardó un instante en contestar.

—¿Cómo?

Ella se acercó medio paso más.

—¿O está reforzado?

Lucan hizo un ruido extraño que podría haber sido una tos si hubiese tenido alguna relación con respirar.

Alexander miró primero a la gnoma, luego a Lucan y finalmente otra vez hacia abajo.

—Es así de nacimiento.

La gnoma arqueó una ceja.

—Ya me lo parecía.

Lucan se volvió discretamente de espaldas.

La expresión de Alexander se endureció.

—Entonces no estoy seguro de haber entendido la pregunta.

—Quiero saber si el refuerzo es original.

Alexander abrió la boca y volvió a cerrarla.

La gnoma inclinó un poco la cabeza.

—¿Puedo tocarla?

Alexander se quedó inmóvil.

A su lado, Lucan abrió los ojos tanto que por un instante pareció olvidar incluso la conveniencia de disimular.

—¿Tocarla? —repitió Alexander.

—Si no te importa.

Alexander bajó la vista, ya francamente enrojecido.

La gnoma siguió la dirección de sus ojos y entonces señaló, con toda naturalidad:

—La hebilla.

Una conversación sobre hebillas que se complica más de lo previsto.

Hubo un silencio bastante más largo de lo necesario.

Su cinturón llevaba una hebilla de metal considerablemente más trabajada que el resto del equipo, con una pieza añadida por detrás para impedir que el pasador cediese. La gnoma se inclinó hacia delante con la concentración de alguien que había encontrado exactamente lo que buscaba.

Alexander asintió antes de comprender del todo a qué estaba dando permiso.

Ella tomó la hebilla entre los dedos, la giró un poco y examinó la unión.

—Humana —dijo finalmente—. Pero esto no.

Otra gnoma se acercó desde el puesto, atraída por la conversación.

—¿Qué tiene?

—Refuerzo posterior.

—¿Soldado?

—Parece.

—No durará.

Alexander seguía inmóvil.

Lucan había conseguido recuperar el control suficiente para volver la cabeza.

—¿No durará?

La segunda gnoma lo miró.

—Si se usa mucho, no.

Lucan volvió a darle la espalda.

Alexander cerró los ojos.

La primera gnoma levantó la vista hacia él y, por fin, algo en la cara del humano pareció hacerle comprender que estaban manteniendo dos conversaciones distintas. Sus ojos pasaron de Alexander a Lucan, que tenía los hombros sospechosamente tensos, y después regresaron al cinturón.

La sonrisa que apareció entonces fue diferente.

—¿Qué creíais que estaba preguntando?

—Nada —dijo Alexander demasiado deprisa.

—Nada en absoluto —añadió Lucan, girándose ya con una expresión de inocencia tan exagerada que lo condenaba.

Las dos gnomas se miraron.

Aquello habría podido terminar allí.

No terminó.

Entre risas, una de ellas preguntó si todos los humanos llevaban piezas tan grandes, alargando la última palabra lo suficiente para que ya no fuese posible fingir que el equívoco continuaba siendo accidental. Lucan respondió que dependía mucho del humano antes de que Alexander pudiera detenerlo. La otra quiso saber, con una seriedad admirable, si las mujeres humanas preferían las hebillas rígidas o con algo de juego.

Alexander intentó explicar que una hebilla demasiado rígida podía resultar incómoda, lo que provocó que ambas escucharan con una seriedad tan perfecta que tardó demasiado en advertir que ya no estaban hablando únicamente de hebillas.

Lucan se dio cuenta antes.

Y sonrió.

Aquello fue un error.

Durante la siguiente media hora, las dos mujeres encontraron una cantidad sorprendente de dudas técnicas acerca de correas, cierres, longitudes, ajustes y resistencia al uso. Algunas podían haber sido preguntas perfectamente legítimas. Otras habrían requerido una inocencia extraordinaria por parte de quien quisiera considerarlas tales. El problema era que Lucan dejó de saber distinguirlas hacia la tercera jarra de una bebida local de sabor dulzón y traicionero, mientras que Alexander, decidido a mantener la dignidad, respondía a todas con una precisión cada vez más solemne.

Al final compartieron mesa con ellas y con varias personas más del lugar. No hubo ninguna revelación sobre costumbres secretas de Highforge ni confirmación de las leyendas que habían llevado a Lucan hasta allí. Hubo bebida, conversación, algunas historias de viajeros y una discusión acerca de si los humanos diseñaban sus cinturones pensando demasiado en la apariencia y demasiado poco en la función. Cuando se marcharon, Lucan estaba convencido de que la investigación había sido un éxito.

Alexander caminó en silencio durante un rato.

—No vuelvas a contarme un rumor sobre mujeres.

—No puedes juzgar todo el método por una sola investigación.

—Puedo.

—Además, hemos aprendido mucho.

Alexander lo miró.

—¿Sobre qué?

Lucan reflexionó.

—Hebillas.

Alexander siguió andando.

El día de mercado llegó poco después y Highforge pareció abrirse todavía más de lo habitual. Algunos talleres sacaron mercancía a la calle, los patios se llenaron de pequeños puestos y entre los almacenes aparecieron productos que normalmente permanecían detrás de puertas o mostradores: herramientas terminadas, piezas de mecanismos, metal trabajado, tejidos, alimentos, objetos llegados de otros lugares y otros que solo podían haber sido fabricados allí. La Compañía recorrió buena parte de aquello sin comprar nada. Lucan se detenía ante cualquier cosa que pudiese convertirse en una historia y Marika ante aquello cuyo precio parecía sospechosamente bajo o cuya factura parecía sospechosamente buena.

Alexander mantuvo una distancia prudente de todos los puestos dedicados a cinturones.

(Suceso de Asentamiento: Día de mercado.)

Lucan lo advirtió.

Tuvo la sensatez de no decir nada hasta que estuvieron suficientemente lejos.

—Ese parece resistente.

Alexander siguió caminando.

—Lucan.

—Solo digo que el refuerzo...

—Lucan.

—Ya.

Mientras aquellos dos contribuían a la reputación de los humanos entre los artesanos de Highforge, Marika dedicaba cada vez más tiempo a la carta. No había encontrado una solución, pero empezaba a descartar caminos equivocados. Separaba signos, comparaba repeticiones, copiaba fragmentos y dejaba pequeñas notas al margen que solo ella parecía entender. Mikhail se sentaba a veces frente a ella cuando se encontraba con fuerzas, más como compañía que como ayuda; sobre los signos seguía sin poder decir gran cosa y había aceptado sin demasiado entusiasmo que aquella investigación ya no dependía de él. La carta había terminado sobre la mesa de Marika y allí parecía decidida a permanecer.

(Investigación: carta cifrada, Opacidad 21 → 20.)

Zan abordó el problema de otra manera.

Preguntó.

No lo hizo anunciando que buscaban ayuda para descifrar un documento arrancado a una criatura subterránea durante una batalla. Preguntó por escribientes capaces de reconocer manos extrañas, por gente acostumbrada a trabajar con documentos antiguos, por colecciones privadas, por lugares donde pudieran compararse signos que no pertenecían a una escritura corriente. Algunas respuestas conducían a ninguna parte, otras a personas demasiado ocupadas o demasiado especializadas en cosas que no servían, pero varias acabaron repitiendo un mismo nombre.

El Solar de Aurelian.

Allí, según parecía, se conservaba una biblioteca lo bastante seria como para que valiera la pena llevar la carta si algún día decidían desviarse hasta ella. No era una solución y tampoco una obligación. Era simplemente una puerta que ahora sabían dónde estaba.

(Investigación: la Biblioteca del Solar de Aurelian queda identificada como posible vía de ayuda para la carta cifrada.)

Cuando Zan se lo explicó, Marika añadió el nombre a sus notas.

—¿Vamos?

Zan negó con la cabeza.

—No todavía.

Miró hacia la cama donde Mikhail dormía después de otra visita al sanador.

—Esta vez hemos venido a parar.

Y pararon.

Los días siguientes empezaron a confundirse unos con otros de una manera que habría resultado imposible en Threshold. Mikhail volvió a recibir tratamiento y mejoró lo suficiente para moverse por Highforge sin que todos fingieran casualmente caminar a su ritmo. Alexander recuperó el hábito de entrenar. Lucan siguió practicando con la espada que Marek les había regalado, ahora con bastante menos necesidad de pensar dónde debían estar sus pies. Zan conoció mejor las rutas que salían del asentamiento y a qué horas convenía no interponerse entre determinados almacenes y los carros que los abastecían.

Marika descubrió algo todavía más útil: Highforge siempre tenía trabajo.

Con el otoño avanzando, había sacos que mover, cajas que ordenar, canales de drenaje que limpiar antes de que llegaran lluvias más serias y materiales que proteger de la humedad. Se ofreció para ayudar en uno de los almacenes y al segundo día ya nadie necesitaba explicarle dónde iba cada cosa. Terminó trasladando provisiones, revisando cubiertas y participando en reparaciones con esa eficacia suya que hacía difícil distinguir entre prestar ayuda y asumir silenciosamente que los demás estaban haciendo algo de la manera equivocada.

Volvió una tarde con barro en las botas, una pequeña cantidad de dinero y un cansancio muy distinto al de una batalla.

(Actividad de campaña: Trabajo duro. Marika obtiene 2 Reales.)

(Investigación: carta cifrada, Opacidad 20 → 19.)

Lucan miró las monedas.

—Yo también he trabajado.

Marika dejó la bolsa sobre la mesa.

—Has bebido.

—Haciendo contactos.

—Con hebillas.

Alexander levantó la vista desde el otro lado de la habitación.

—No.

Lucan decidió cambiar de asunto.

Ilyana pasó menos tiempo dentro del asentamiento que cualquiera de ellos.

Había descubierto varios cursos menores en los alrededores y empezó a conocer cuáles merecían una visita. Una mañana se llevó a Lucan con ella, quizá porque necesitaba compañía y quizá porque él llevaba demasiado rato explicando que la pesca consistía esencialmente en elegir el lugar adecuado y esperar con dignidad.

Ilyana consiguió una pieza aceptable.

Lucan consiguió caer al agua.

Ocurrió después de varios intentos infructuosos, cuando decidió que desde una piedra un poco más adelantada tendría mejor ángulo. La piedra decidió otra cosa. Hubo un resbalón, un movimiento inútil de brazos y un ruido suficientemente grande para que cualquier pez del arroyo tuviera tiempo de reconsiderar sus planes para aquella mañana.

Lucan emergió empapado y ofendido.

Ilyana permaneció sentada en la orilla con la caña en las manos.

—No digas nada.

Ella lo miró.

—No iba a hacerlo.

—Eso es peor.

Cuando regresaron, el único pez era de Ilyana.

La historia, naturalmente, fue de Lucan.

Ella continuó pescando durante los días siguientes y empezó a hablar de un pez mucho mayor que había visto en uno de los cursos de agua. Nadie más lo vio. En otra ocasión regresó sin pesca y con buena parte de la ropa mojada, lo que permitió a Lucan recuperar una porción muy pequeña de su dignidad. Ilyana sostuvo que aquello no demostraba nada y que el pez seguía allí.

Alexander preguntó cuánto medía.

Ilyana lo pensó.

—Bastante.

Lucan sonrió.

—Eso significa enorme.

—Significa bastante.

—Así empiezan estas historias.

Ilyana lo miró con una calma que recordó a todos quién era el experto en hacer crecer historias alrededor de un fuego.

(Pesca: Ilyana progresa hasta 3/4; conserva el Sedal resistente.)

El mundo exterior, entretanto, siguió moviéndose.

Las noticias llegaron mezcladas con comerciantes y viajeros, como solían hacerlo en Highforge. Las fuerzas del duque Stefan habían golpeado uno de los focos de aquella guerra que se negaba a terminar. Nadie hablaba de una victoria definitiva ni de un enemigo destruido; solo de presión, de una posición perdida por el adversario, de caminos que quizá serían algo menos peligrosos durante un tiempo.

(Noticias: las fuerzas del Duque golpean a La Guerra que no terminó. Amenaza 6 → 5.)

Mikhail escuchó la noticia junto al fuego del alojamiento.

—Algo es algo.

Zan asintió.

No necesitaban convertir cada mejora del mundo en una tarea propia.

Cuando el 24 de Sviftmont llegó a su fin, la estancia en Highforge había adquirido ya la consistencia de una vida provisional. Mikhail aún no estaba del todo recuperado, pero ya no parecía un hombre al que una caminata pudiera devolver a la cama durante tres días. La carta seguía resistiéndose a Marika, aunque menos que al principio. El nombre del Solar de Aurelian figuraba ahora entre sus posibles caminos. Ilyana tenía un pez imposible esperando en algún arroyo. Lucan había adquirido una experiencia social que nadie pensaba permitirle narrar sin supervisión, y Alexander había desarrollado una cautela completamente nueva ante determinados trabajos de metalistería.

Lo más importante, sin embargo, era menos divertido y mucho más sencillo.

Habían descansado.

Y empezaban a tener ganas de volver al camino.

DE NUEVO AL CAMINO

Casi dos semanas después de llegar a Highforge, Mikhail volvió a visitar al sanador.

Esta vez entró andando sin que nadie tuviera que reducir el paso para acompañarlo y se sentó donde le indicaron con la resignación de un hombre que conocía ya demasiado bien el procedimiento. Hubo otra revisión de las heridas, dedos presionando lugares que aún conservaban cierta sensibilidad y una sucesión de preguntas a las que Mikhail respondió con una precisión casi ceremoniosa. El sanador escuchó, le hizo levantar un brazo, después el otro y terminó observándolo durante unos segundos.

—Puedes viajar.

Mikhail asintió.

—Lo sé.

El sanador sacó una taza.

Mikhail lo miró.

—No.

—Es para mí.

Aquello constituyó, en opinión de Lucan cuando se lo contaron después, la prueba definitiva de que Mikhail estaba curado.

(Actividad de campaña: Mikhail visita al sanador y completa su recuperación.)

La noticia cambió el ánimo de la Compañía más de lo que ninguno quiso reconocer abiertamente. Durante las semanas anteriores habían elegido sus días alrededor de una ausencia: cuánto podía caminar Mikhail, cuánto descanso necesitaba, qué asuntos podían esperar y cuáles no. Alexander hacía tiempo que había recuperado su movilidad; ahora, por primera vez desde el encuentro con los Ascendidos, los seis volvían a estar realmente disponibles.

Highforge había sido un buen lugar para esperar a que llegase ese momento.

Eso no significaba que quisieran quedarse.

Aún dedicaron algunos días a cerrar pequeñas cosas. Marika siguió trabajando con la carta cifrada y consiguió arrancarle suficiente regularidad para estar segura de que avanzaba, aunque la solución continuaba lejos. El Solar de Aurelian seguía figurando en sus notas como la mejor posibilidad de ayuda exterior que habían encontrado, pero no había adquirido de repente más urgencia por el mero hecho de estar escrito en una lista. Zan escuchó las historias de un vecino veterano que conocía caminos, lomas y viejas rutas de la comarca mejor que muchas personas que cobraban por explicarlas; había exageraciones suficientes para mantener a Lucan interesado, pero también detalles útiles acerca de sendas, terrenos húmedos y formas de reconocer un camino que llevaba demasiado tiempo sin utilizarse.

(Investigación: carta cifrada, Opacidad 19 → 18.)

Los otros cinco, mientras Mikhail terminaba de recuperarse, volvieron a prestar manos allí donde Highforge las necesitaba. Nada memorable: mover peso, asegurar mercancías, ayudar en trabajos que convenía terminar antes de que el otoño empeorase. La clase de labor que dejaba barro bajo las uñas y hacía que la cena pareciese mejor.

(Actividad de campaña: Trabajo duro. La Compañía obtiene 1 Real.)

Ilyana siguió encontrando tiempo para el agua.

La última de sus salidas empezó de manera poco prometedora. El primer pez que consiguió sacar era tan pequeño que lo devolvió al arroyo antes incluso de plantearse enseñárselo a nadie. El segundo ofreció algo más de resistencia y acabó en la orilla, aunque no sin que el sedal terminara pagando por ello.

Ilyana sostuvo entre los dedos los dos extremos rotos.

—Eso no debería haber pasado.

El agua se movió unos pasos más arriba.

Solo fue un instante, una sombra grande bajo la superficie antes de desaparecer hacia una zona más profunda.

Ilyana se quedó mirándola.

El pez que llevaba varios días burlándose de ella seguía allí.

Regresó a Highforge con una captura modesta, un sedal roto y una decisión tomada. Antes de partir compró otro más resistente y una caña de repuesto.

(Pesca: Ilyana alcanza una mejora; Localización +1 → +2. El Sedal resistente anterior se consume; compra uno nuevo y una caña de repuesto.)

Lucan examinó ambas cosas.

—¿No sería más barato admitir que ha ganado?

Ilyana guardó la caña.

—Todavía no.

Nadie preguntó quién de los dos hablaba del pez y quién de la pescadora.

La decisión sobre el siguiente destino resultó bastante más sencilla.

Lirdrium Arkayz seguía esperando que hablasen con Halia Antonie. Habían aceptado precisamente eso y nada más: encontrarla, escuchar qué quería a cambio de su información y decidir después. Durante su estancia en Highforge habían tenido tiempo de sobra para permitir que aquel asunto pasara de urgente a pendiente y de pendiente a familiar; ya formaba parte de ese conjunto de cosas que viajaba con ellos aunque no ocupase espacio en las mochilas.

Zan reunió al grupo alrededor de la mesa donde Marika había extendido una vez más la carta cifrada.

—Creo que ya hemos descansado bastante.

Alexander miró a Mikhail.

—¿Tú qué dices?

Mikhail hizo un gesto que podía significar que estaba cansado de que se lo preguntasen.

—Que ya hemos descansado bastante.

—Entonces Halia —dijo Ilyana.

Zan asintió.

No hubo una gran discusión. El Solar de Aurelian podía esperar; la carta no iba a volverse menos cifrada durante el camino y nadie había prometido nada a una biblioteca. Halia, en cambio, era el siguiente paso de un trabajo que sí habían aceptado y, ahora que los seis podían volver a viajar juntos, seguir aplazándolo empezaba a parecerse demasiado a no hacerlo.

(Aventura: continuar la Gesta de Lirdrium Arkayz.)

Había surgido, sin embargo, una complicación.

Verge estaba enferma.

Las noticias que llegaban a Highforge hablaban de una afección lo bastante contagiosa para que los viajeros estuviesen evitando la villa y para que nadie sensato considerase buena idea atravesarla por simple comodidad. No había necesidad de hacerlo. Las indicaciones que Arkayz les había dado situaban a Halia fuera de Verge, ocupada temporalmente en algún trabajo de estudio en las colinas próximas.

—Bordeamos la villa —decidió Zan—. Entramos en las colinas sin acercarnos a los accesos y buscamos el lugar desde allí.

Ilyana estudió las indicaciones.

—Será más lento.

—Pero no nos llevaremos una enfermedad como recuerdo.

Lucan apoyó los brazos sobre la mesa.

—Yo ya tengo suficientes recuerdos de Highforge.

Alexander levantó los ojos.

—Ni una palabra.

—No había dicho nada.

—Precisamente.

Marika dobló sus notas y guardó la carta.

Highforge los vio marcharse con la misma falta de ceremonia con que los había recibido.

No hubo despedidas en la calle ni nadie dejó un trabajo a medias para contemplarlos. A esas alturas conocían lo suficiente el lugar para entender que aquello no era indiferencia. El asentamiento simplemente seguía siendo lo que había sido desde el primer momento: talleres abriendo, carros moviendo mercancías, almacenes recibiendo y entregando cargas, martillos sonando a diferentes alturas. Habían llegado heridos y cargados de asuntos pendientes; se marchaban con los seis en pie y una lista de asuntos que, si acaso, era algo más larga.

Lucan pasó por delante de un puesto de metalistería sin detenerse.

Alexander lo observó.

—Muy prudente.

—He aprendido a respetar las costumbres locales.

—Has aprendido a respetar las hebillas.

—También.

Dejaron atrás las últimas construcciones y los caminos calculados de Highforge comenzaron a ceder poco a poco ante rutas menos trabajadas. El otoño estaba más avanzado que cuando habían llegado. La humedad permanecía en las hondonadas hasta bien entrada la mañana, algunos árboles empezaban a perder hojas con más rapidez y las zonas de sombra conservaban un frío que ya no desaparecía en cuanto se abría un claro entre las nubes.

Durante el primer tramo, el viaje tuvo la monotonía saludable de los caminos que no desean demostrar nada. Caminaban, descansaban, comían y volvían a caminar. Mikhail recuperó pronto su sitio habitual en la marcha sin que nadie necesitara vigilarlo; Alexander dejó de moverse como si esperase descubrir de repente una lesión olvidada.

Para Ilyana, sin embargo, aquellas tierras no eran una región más del mapa. Había nacido cerca de Verge y había pasado años ganándose la vida como guía, escolta y vigilante de caminos. No conocía cada loma ni cada sendero —el campo cambia y los caminos también—, pero a medida que se aproximaban reconocía la lógica del terreno, los lugares donde el agua tendía a acumularse y la clase de desvíos que convenía buscar con suelo húmedo. Zan dejó que fuese ella quien marcara buena parte de la aproximación mientras ambas buscaban una ruta que evitase las entradas habituales de la villa.

A cierta distancia pudieron distinguir movimiento en los caminos que llevaban hacia Verge. Había controles improvisados en los accesos y, entre quienes iban de un lado a otro, algunas figuras cubiertas con capas largas y máscaras de pico que les daban el aspecto inquietante de aves negras. Sanadores, supuso Alexander; o quizá ayudantes encargados de acercarse a los enfermos sin ofrecerles el rostro desnudo. Más allá se alzaban pequeñas columnas de humo y algún carro aguardaba apartado del camino mientras sus ocupantes discutían con quienes vigilaban la entrada. La Compañía no se aproximó lo suficiente para averiguar más. Aquella vez Verge no era su destino.

Las colinas se abrieron ante ellos en una sucesión de lomas bajas, cubiertas de hierba húmeda y matorral disperso. Aquí y allá aparecían afloramientos de piedra y restos de pequeños lindes que seguían líneas cuyo propósito resultaba difícil de adivinar desde lejos. La bruma se acumulaba en las zonas más bajas, aunque el viento del oeste la deshacía lentamente conforme avanzaba la mañana.

Era terreno abierto.

Ilyana se detuvo un momento en lo alto de una loma y observó el siguiente tramo.

—Por ahí.

Zan siguió la dirección que señalaba. Más allá de aquellas elevaciones debía encontrarse el punto de estudio de Halia Antonie.

Habían pasado semanas recuperando la fuerza suficiente para volver al camino.

Ahora el camino volvía a estar delante de ellos.

LOBOS EN LAS COLINAS

No tardaron en descubrir que el camino también los estaba esperando.

Las colinas próximas a Verge ofrecían poca protección. La hierba húmeda cubría las lomas con un verde ya apagado por el otoño, interrumpido aquí y allá por matas bajas, afloramientos de piedra y restos de lindes que el tiempo había reducido a líneas irregulares. La bruma permanecía pegada a las vaguadas, pero en las alturas el viento del oeste la deshacía en jirones y dejaba grandes extensiones de terreno a la vista.

Precisamente por eso ninguno vio venir el ataque.

Ilyana alcanzó a distinguir un movimiento oscuro en la hierba y apenas tuvo tiempo de girar la cabeza.

—¡Lobos!

Ya estaban encima.

No eran los lobos corrientes que alguna vez habían visto rondar bosques y caminos. Los Lobos del Norte se movían con una intención demasiado clara, aprovechando cada pliegue de las lomas y cada mancha de matorral como si hubieran estudiado el terreno antes que ellos. Había algo maligno en aquella coordinación, una astucia que convertía la embestida de una manada en algo mucho más parecido a una emboscada.

Los lobos se infiltraron cerrando la distancia.

Zan y Lucan corrieron hacia la pequeña elevación más cercana mientras Ilyana, Marika y Alexander intentaban interponerse. Mikhail apenas dispuso de unos segundos para buscar sitio detrás de ellos. Uno de los Lobos del Norte era mayor que los demás, un ejemplar dominante de pecho poderoso que avanzaba con la seguridad de quien estaba acostumbrado a que el resto cediese a su paso. En el grupo opuesto venía otra cosa: tenía forma de bestia, sí, pero demasiado pesada, demasiado agresiva en sus movimientos para confundirse con un animal ordinario.

Los tres de la primera línea retrocedieron juntos hasta el pie de la elevación. No era una huida, sino la única forma de poner acero entre los lobos y los arqueros antes de que la manada cerrase por completo la distancia. Mikhail cedió espacio también, manteniéndose detrás de las espadas, y esperó hasta que los primeros lobos ya estuvieron casi encima de ellos.

Entonces levantó una mano.

Tres animales se detuvieron a mitad de carrera.

No fue como chocar contra una pared. Sus patas siguieron buscando terreno, las garras arañaron tierra húmeda y uno retorció el cuerpo intentando avanzar, pero algo invisible parecía haberlos atado al lugar. Zan disparó casi inmediatamente y alcanzó a uno de ellos; Lucan hizo lo mismo con otro, aunque la primera flecha rebotó sin encontrar profundidad.

Los lobos que quedaban libres continuaron bajando hacia la línea.

Y aparecieron más por el costado.

Al final del primer turno, el choque es inminente.

—Izquierda —avisó Zan.

Dos siluetas descendían desde una dirección que hasta entonces parecía limpia.

Alexander no tuvo tiempo de mirar.

La criatura monstruosa del grupo contrario llegó sobre él con una violencia que no se parecía en nada a la acometida de un animal ordinario. Alexander recibió el primer golpe con la espada y retrocedió. El segundo lo obligó a ceder otro paso. La bestia no dejaba espacio entre un ataque y el siguiente; mordía, golpeaba con el cuerpo y volvía a lanzarse antes de que él pudiera recuperar terreno.

Alexander consiguió mantener la hoja entre ambos.

—Cuando quieras —gruñó.

La bestia volvió a cargar.

Esta vez Alexander la hizo apartarse.

No la hirió, pero consiguió algo casi igual de importante: detuvo su avance y ganó los segundos que los demás necesitaban.

Detrás de él, dos flechas encontraron por fin mejores destinos. Zan volvió a disparar sobre el lobo que había herido mientras permanecía atrapado por la magia de Mikhail y lo derribó. Lucan eligió al que tenía más cerca. La flecha entró por el cuello y el animal cayó casi sin haber conseguido avanzar un palmo.

Mikhail ya estaba moviéndose.

Bordeó el matorral para colocarse detrás de Ilyana y apoyó una mano brevemente sobre ella.

—Ahora.

Ilyana no preguntó qué quería decir.

La criatura que había atacado a Alexander seguía delante de ellos, todavía preparada para volver sobre él. Ilyana recorrió la distancia a la carrera. Marika y Alexander estaban lo bastante cerca para obligar a la bestia a repartir su atención, pero fue Ilyana quien entró directamente.

Ilyana se enfrenta a la Forma bestial.

El primer tajo hizo trastabillar a la bestia.

El segundo la derribó.

Durante un instante hubo únicamente respiraciones demasiado rápidas, el ruido de la hierba bajo las botas y el cuerpo enorme de la bestia inmóvil en el suelo.

Mikhail bajó lentamente la mano.

—Bien.

Ilyana miró la espada.

—No he necesitado la ayuda.

—Mejor.

No hubo tiempo para celebrar nada.

Los Lobos del Norte habían perdido varios de los suyos y algunos dejaron de avanzar. Uno de los que había aparecido por el flanco dio media vuelta; otro se alejó poco después, y durante unos instantes pareció posible que el resto siguiera su ejemplo.

No lo hicieron todos.

Alexander encontró al siguiente antes de que pudiera alcanzar la loma. El animal atacó bajo y rápido; él le dio espacio, cambió el ángulo de la espada y la siguiente acometida terminó con el lobo en el suelo.

El ejemplar dominante llegó inmediatamente después.

Alexander apenas tuvo tiempo de recuperar la posición. La bestia mayor cargó contra él, pero esta vez no intentó imponerse. Recibió el choque, cedió un paso y dejó que el lobo encontrara acero allí donde esperaba encontrar carne. Ninguno consiguió una ventaja clara y ambos se separaron.

Marika, mientras tanto, se desplazó hacia Lucan.

Fue un movimiento pequeño, casi fácil de pasar por alto: un paso por delante del arquero y el cuerpo colocado entre él y la aproximación del último grupo de animales. Lucan lo vio.

—Gracias.

—Dispara.

Lucan obedeció.

El lobo dominante acababa de recuperar el equilibrio frente a Alexander cuando la flecha lo alcanzó.

Entró con una limpieza brutal.

El animal se desplomó allí mismo.

Lucan permaneció un instante con el arco todavía levantado, quizá tan sorprendido como cualquiera de los demás.

Alexander miró al lobo, después a él.

—Eso sí puedes embellecerlo.

Lucan sonrió.

—No hará falta.

Quedaba uno.

El último Lobo del Norte había cruzado el terreno abrupto y alcanzado la zona abierta mientras los demás caían o huían. No mostró ninguna intención de imitarlos. Siguió avanzando solo, primero hacia la línea de espadas y después hacia la loma.

Zan buscó una flecha en el carcaj.

Era la última.

Disparó.

Falló.

—Perfecto —murmuró.

Lucan soltó la siguiente. Alcanzó al animal, pero no atravesó suficientemente la protección natural de pelo, músculo y movimiento. El impacto bastó para hacerlo vacilar.

Ilyana y Marika ya estaban corriendo.

Llegaron casi juntas. Marika obligó al animal a girarse y, cuando lo hizo, Ilyana encontró el hueco. La espada bastarda descendió con todo el peso de la carga y el último Lobo del Norte cayó en la hierba.

Después ya no hubo nada que atacara.

La Compañía permaneció quieta unos segundos, esperando quizá que el terreno produjese un enemigo más por simple mala costumbre. Solo llegó el viento.

Alexander respiraba con fuerza, pero seguía entero. Ilyana limpió la hoja contra la hierba mojada. Marika miró hacia el punto por el que habían aparecido los animales que habían llegado por el flanco. Zan volvió a comprobar un carcaj que sabía vacío. Mikhail se acercó despacio desde la retaguardia.

Lucan contempló el ejemplar dominante.

—Dos.

Alexander lo miró.

—¿Dos?

—He matado dos.

—Sí.

—Solo quiero que conste desde el principio, antes de que alguien empiece a corregir el número.

Ilyana soltó una breve carcajada.

Nadie había resultado herido.

Aquello, después de los Ascendidos, parecía casi sospechoso.

(Batalla defensiva KRM-B005: victoria completa. Los seis Héroes permanecen en pie y sin Heridas.)

(Avances: Ilyana obtiene Exploración; Zan mejora Voluntad 0 → 1; Mikhail mejora Magia +1 → +2.)

Siguieron durante un trecho las huellas de los Lobos del Norte antes de reanudar el camino.

Las marcas los condujeron primero hacia una hondonada protegida por las rocas. Allí encontraron restos que no pertenecían a la manada: madera astillada, una correa de carga medio enterrada en el barro, jirones de lona encerada y algunas piezas dispersas que llevaban allí más de unos días.

Debió de pasar por aquellas colinas una pequeña partida comercial que no terminó bien el viaje.

No quedaba mercancía digna de ese nombre. Lo que hubiese sido fácil de llevar había desaparecido o estaba arruinado por la humedad, pero Marika encontró bajo una lona desgarrada una cota de malla corta, sorprendentemente bien conservada y de excelente factura. La sacó, dejó caer parte del barro y examinó el entramado de anillas, los refuerzos de cuero y las hebillas.

Lucan se inclinó sobre ella.

—Alexander, esta parece resistente.

Alexander ni siquiera se volvió.

—No.

—Solo preguntaba si te gustaba la hebilla.

—Precisamente por eso.

Marika levantó una de las correas para verla mejor.

—El refuerzo posterior está bien hecho.

Lucan abrió la boca.

Alexander lo señaló sin mirarlo.

—Ni se te ocurra.

Lucan cerró la boca.

Ilyana sonrió.

—Está aprendiendo.

—Muy despacio —dijo Marika.

Marika comprobó que podía ajustársela y se la quedó.

Lo más interesante, sin embargo, estaba en el suelo.

Ilyana encontró las huellas primero.

No eran las marcas dispersas de animales que hubieran llegado desde varios kilómetros de distancia. Muchas coincidían, se cruzaban y regresaban hacia la misma dirección. Zan se agachó junto a una zona de barro donde podían verse con más claridad.

—Han venido de ahí.

Alexander observó las colinas.

—¿Lejos?

Ilyana negó con la cabeza.

—No demasiado.

Siguieron el rastro únicamente lo suficiente para entender qué significaba. En algún punto de aquellas mismas colinas los Lobos del Norte habían establecido una guarida temporal: un lugar utilizado durante el tiempo suficiente para que las idas y venidas dejaran caminos reconocibles entre la hierba.

Zan estudió las marcas.

—Sabemos de dónde vienen.

—¿Vamos? —preguntó Lucan.

Zan miró en la dirección por la que debían continuar para encontrar a Halia.

—No.

Habían salido de Highforge para resolver un asunto, no para sustituirlo por el primero que encontraran en el camino.

La guarida podía esperar.

(Hallazgo tras la batalla: descubierta una guarida temporal de Lobos del Norte en estas colinas. No visitada.)

Reanudaron la marcha antes de que la luz empezara a caer.

Detrás quedaban los Lobos del Norte, las huellas y otro lugar que añadir a la creciente colección de sitios a los que quizá tendrían que regresar. Delante, en algún punto entre las lomas, Halia Antonie seguía esperando junto con la información que Arkayz quería.

La Compañía había aprendido ya que ninguna información importante llegaba gratis.

Todavía no sabía cuál iba a ser el precio de aquella.

EL PRECIO DE LA INFORMACIÓN

El lugar al que Arkayz los había enviado no se parecía en nada a donde cualquiera habría esperado encontrar a una erudita.

Llegaron al final de la tarde, después de dejar atrás el terreno donde los lobos los habían emboscado y continuar entre las colinas sin acercarse a Verge. Una llovizna fina había empezado a caer de forma intermitente, apenas suficiente para oscurecer las piedras y pegar la hierba a las botas. Entre dos lomas encontraron primero un pequeño abrigo de campaña y después las piedras antiguas: varios bloques gastados por el tiempo, algunos inclinados, otros medio hundidos en la tierra, con surcos y marcas demasiado regulares para ser fruto únicamente de la lluvia.

Una mujer estaba arrodillada junto a uno de ellos.

Había recogido y prendido al cinturón la parte baja de su capa verde para mantenerla lejos del barro. Sobre una tela encerada tenía tablillas, hojas cubiertas de notas y varios dibujos de los signos que estaba examinando. Comparaba uno de aquellos trazos con una copia anterior cuando el crujido del cuero y el tintineo apagado de armas y equipo a sus espaldas la hicieron alzar la vista.

Primero miró a Alexander.

Después a los otros cinco.

Después volvió a mirar a Alexander.

—Sois demasiados para haberos perdido.

Lucan se llevó una mano al pecho.

—Y veníamos convencidos de haberlo hecho con bastante elegancia.

La mujer lo estudió un momento.

—Entonces habéis desperdiciado el viaje.

—Eso empieza a parecer una costumbre.

Zan intervino antes de que Lucan pudiera presentar un informe completo sobre sus últimas semanas.

—Buscamos a Halia Antonie.

—La habéis encontrado.

Halia Antonie trabajando entre las piedras antiguas.

 —Lirdrium Arkayz nos envía.

Eso consiguió una reacción algo más visible. Halia dejó el instrumento con el que estaba repasando los surcos y se puso en pie, limpiándose los dedos en un paño.

—Arkayz no suele enviar seis personas cuando una podría bastar.

Alexander miró las manchas recientes que aún conservaba parte de su ropa.

—Una habría tenido problemas con los Lobos del Norte.

Los ojos de Halia pasaron por las armas, el barro y algunos restos de pelo oscuro adheridos a una bota de Marika.

—Comprendo.

Lucan negó con gravedad.

—No creo que comprenda cuánto.

Zan lo cortó antes de que pudiera seguir.

—Luka.

—Ya termino.

—No habías empezado.

—Precisamente.

Halia decidió, quizá con buen criterio, no averiguar de qué hablaban.

Los hizo pasar al abrigo mientras la lluvia volvía durante unos minutos. No había allí mucho más de lo necesario: una mesa improvisada, cajas utilizadas también como asientos, materiales de escritura, un pequeño fuego protegido del viento y varias piedras menores transportadas desde los alrededores para compararlas con las marcas de los bloques mayores. El conjunto tenía algo de estudio y algo de campamento militar, como si una biblioteca hubiese perdido una discusión con el clima.

Tras las presentaciones, Zan no tardó en explicar por qué estaban allí.

Arkayz buscaba algo. Halia tenía información relacionada con su búsqueda. Ellos habían aceptado localizarla, escuchar qué sabía y averiguar qué quería a cambio.

—Eso último suele ser lo importante —dijo Halia.

Lucan asintió.

—Empiezo a apreciarla.

—No quiero vuestro dinero.

Lucan siguió asintiendo.

—Empiezo a apreciarla más.

Halia apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Necesito que hagáis tres patrullas.

La petición hizo que los seis prestaran atención.

Los campos, caminos y pequeños valles de los alrededores de Verge necesitaban ojos y acero. La enfermedad había complicado movimientos que ya eran difíciles, había reducido la gente disponible y había hecho que algunos trayectos corrientes dejasen de serlo. Halia no les ofreció una teoría grandiosa acerca de lo que podían encontrar porque, sencillamente, no la tenía. Quería que recorrieran la comarca, observasen, interviniesen cuando fuese necesario y regresasen con lo que hubieran visto.

Tres patrullas. No hacía falta completarlas de inmediato, añadió Halia, pero el acuerdo tampoco quedaría abierto indefinidamente.

Zan apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—¿Tres patrullas?

—Tres.

—¿Y nada de paga?

—Nada.

Lucan hizo un pequeño sonido de dolor.

Halia añadió:

—La información que quiere Arkayz es la paga.

—Ah —dijo Lucan—. Paga intelectual.

—Puedes llamarla como quieras.

—Eso nunca mejora su valor de reventa.

Marika le dio un golpe muy leve con el dorso de los dedos en el brazo.

—Déjala acabar.

—Estoy ayudando a fijar las condiciones.

—Estás demostrando por qué Zan es la jefa.

Halia permitió que una sonrisa muy pequeña apareciera y desapareciera antes de continuar.

Zan no aceptó inmediatamente.

—Antes quiero saber qué estamos comprando.

Halia esperó.

—Arkayz habla de una Roca. Busca un objeto relacionado con ella. Nosotros llevamos bastante tiempo siguiendo pistas sin saber qué clase de cosa perseguimos realmente. —Zan señaló las notas extendidas sobre la mesa—. Tú sabes algo que él necesita. Quiero saber qué sabes de la Roca, qué objeto está buscando y para qué lo quiere.

Por primera vez desde que habían llegado, Halia tardó un poco más en responder.

Miró hacia las piedras antiguas que quedaban fuera del abrigo y luego volvió a ellos.

—Sé lo suficiente para deciros que Arkayz no os ha enviado detrás de una fantasía. Hay un rastro y puedo ayudaros a seguirlo. No tengo todas las respuestas que estáis pidiendo, y algunas de las que tengo no significan todavía lo que me gustaría que significaran.

Marika se inclinó ligeramente hacia delante.

—¿Y el objeto?

—Sé que forma parte de lo que busca.

—Eso no responde a la pregunta —dijo Zan.

—No.

No había desafío en la respuesta, solo precisión.

Halia continuó:

—No conozco todos los motivos de Arkayz, y yo no pienso inventármelos para hacer que mi información parezca más valiosa. Lo que puedo daros es algo útil para continuar su búsqueda. Si queréis saber por qué la ha empezado, tendréis que conseguir que os lo explique él.

Alexander cruzó los brazos.

—Cada persona que encontramos sabe justo lo suficiente para enviarnos a la siguiente.

Lucan se volvió hacia él.

—Eso significa que la aventura está bien organizada.

—Significa que nadie quiere contestar una pregunta.

—También.

Halia arqueó una ceja.

—Podéis volver con Arkayz.

—Después de haber venido hasta aquí, matado una manada de Lobos del Norte y encontrado una erudita que paga con información —dijo Lucan—, me temo que retirarnos ahora parecería poco profesional.

Alexander lo miró.

—¿Desde cuándo te preocupa parecer profesional?

—Desde que descubrí que no cobramos.

Eso arrancó una breve risa a Ilyana.

Zan dejó pasar el momento y después miró al resto.

—Quiero hablarlo.

Halia señaló el exterior con una mano.

—Las piedras no escuchan.

Lucan se levantó.

—Eso dicen siempre de las piedras.

—Fuera.

—Sí, señora.

La Compañía se apartó unos pasos del abrigo. La llovizna había vuelto a desaparecer y el aire olía a tierra mojada. Desde la loma podían verse las ondulaciones por las que habían llegado y, más lejos, una parte de los caminos que evitaban Verge.

Zan fue al asunto.

—Tres patrullas. Sin dinero.

—Ayudamos a gente que ahora mismo tiene problemas para ayudarse sola. Verge está aislada —dijo Mikhail—. Podría haber condiciones peores.

Lucan contempló el horizonte.

—También podrían existir condiciones que incluyeran dinero.

Mikhail lo miró.

—He dicho peores, no mejores.

Lucan sonrió.

—Sabía que acabarías recuperándote.

Ilyana estaba observando las vaguadas.

—Las patrullas nos servirán. Yo crecí cerca de Verge y conozco estos caminos, o al menos conocía cómo eran. Hoy nos han caído encima los Lobos del Norte antes de que supiéramos siquiera que estaban allí. Quiero ver cuánto ha cambiado el terreno y qué se mueve por él ahora.

—Y sabemos de dónde venían —añadió Marika—. Además de todo lo demás.

Miró a Zan.

—Aceptaría. Pero hay un plazo, y tres patrullas son tres patrullas. Si decimos que lo hacemos, que no se convierta en otra cosa que arrastramos durante meses.

Alexander asintió.

—Lo mismo digo. Me preocupa más Arkayz que Halia. Primero nos manda a buscarla. Ahora ella quiere tres patrullas. Después habrá otra persona que querrá otra cosa.

Lucan abrió las manos.

—Y al final encontraremos un anciano en una montaña que nos pedirá que llevemos una carta a Arkayz.

—No le des ideas al mundo —dijo Marika.

Zan sonrió apenas.

—No estamos haciendo favores a Arkayz.

Alexander la miró.

—¿No?

—No. Nos hizo una oferta que puede salir bien. Eso es distinto. Las patrullas tampoco son tiempo perdido: conoceremos caminos, recursos, gente y problemas de esta comarca. Si durante ellas aparece algo que nos convenga aprovechar, lo aprovecharemos. Mientras cumplamos el trato, no veo motivo para comportarnos como peregrinos haciendo penitencia.

Lucan parecía mucho más animado.

—Eso ya suena mejor.

—¿Porque he dicho «aprovechar»?

—Porque por un momento he vuelto a oír hablar como una persona sensata.

Ilyana ladeó la cabeza.

—Hace un momento querías abandonar porque no pagaban.

—Yo nunca he dicho abandonar. He expresado dolor en la bolsa.

—Con mucha valentía —dijo Alexander.

Zan miró uno por uno a los demás.

No encontró ninguna objeción definitiva.

Volvieron al abrigo.

Halia continuaba exactamente donde la habían dejado, inclinada sobre una de sus copias.

—Aceptamos —dijo Zan.

Halia levantó la vista.

—¿Las tres?

—Las tres. Campos, caminos y valles alrededor de Verge. Sin paga. Después nos das la información que permita continuar con Arkayz.

—Eso es.

Lucan levantó un dedo.

—Quiero dejar constancia de que la expresión «sin paga» ha sido pronunciada demasiadas veces durante esta conversación.

Halia lo miró.

—Puedo cobraros algo, si os hace sentir mejor.

Lucan bajó el dedo.

—Tres patrullas me parecen razonables.

Esta vez incluso Zan se rió.

Halia extendió la mano y ambas mujeres cerraron el trato.

(Contrato aceptado: Ayudar a la comunidad. Objetivo: completar 3 Patrullas por los campos, caminos y valles próximos a Verge. Paga: 0 Reales. Recompensa: información útil para continuar la Gesta de Lirdrium Arkayz. Límite: 5 Turnos.)

Cuando terminaron, ya no tenía sentido buscar otro lugar donde pasar la noche. Montaron el campamento cerca del abrigo de Halia, manteniéndose suficientemente apartados de su zona de trabajo para no transformar el estudio de las piedras en dormitorio de seis aventureros. El cielo permanecía bajo y húmedo; de vez en cuando una llovizna breve tamborileaba sobre las telas y volvía a detenerse antes de que nadie decidiese si merecía la pena protestar.

Lucan lo hizo igualmente.

Alexander estaba desenrollando su manta.

—¿Sabes qué es lo peor?

—Que no cobramos.

—Eso también. Pero no.

Lucan esperó.

Alexander miró hacia las piedras antiguas, después hacia las colinas oscuras que tendrían que patrullar.

—Que mañana vas a empezar a decir que eran quince lobos.

Lucan pareció sinceramente herido.

—Alexander. Por favor.

Ilyana dejó su equipo junto al fuego.

—Eran dieciocho.

Lucan la miró con admiración.

—Sabía que acabarías aprendiendo.

Y, durante unos instantes, el precio del camino pareció bastante razonable.

Enlace a la ficha de la banda

domingo, 4 de octubre de 2026

5LFB — Karameikos #005 — Campos de Caza

Turnos 10–11 · 16 de Ambyrmont – 3 de Sviftmont de 1000 AC

Threshold

La mañana del 16 de Ambyrmont, Threshold parecía empeñada en demostrar que el mundo todavía contenía problemas razonables.

El primero fue una espada.

Ian Kovach llegó a buscarlos poco después del desayuno, con la solemnidad de quien lleva un mensaje importante y la impaciencia de un muchacho al que han apartado de algo bastante más interesante.


—Mi padre dice que vayáis a la herrería.

Lucan miró a Zan.

—Eso suena caro.

—Tú vienes.

—Eso suena todavía más caro.

Marek Kovach no perdió demasiado tiempo en explicaciones cuando llegaron. Apartó unas tenazas, retiró un paño del banco de trabajo y dejó a la vista una espada nueva, sin adornos innecesarios pero de esas que parecen buenas incluso antes de empuñarlas: guarda sencilla, hoja limpia y un equilibrio que delataba muchas horas de oficio.


—Es vuestra.

Zan la observó un momento antes de levantar la mirada hacia el herrero.

—Eso es una manera bastante cara de dar las gracias.

Marek se encogió de hombros.

—También vosotros tenéis maneras caras de ganároslas.

Lucan alargó la mano hacia la empuñadura y Zan le golpeó los nudillos antes de que llegara a tocarla.

—Todavía no.

—Solo estaba apreciando el trabajo.

—Con los dedos.

—Es como mejor se aprecia una espada.

Marek sonrió y, de una forma bastante menos solemne de lo que había empezado, la visita terminó convirtiéndose en una conversación de taller.

Aquella misma tarde llegó a casa de los Kovach una cesta del mercado con buenas viandas, algo dulce y un pequeño regalo para Ian. Zan no dijo cuánto había costado ni pareció interesada en saberlo. Era su manera de dejar claro que el agradecimiento iba en las dos direcciones.

La espada terminó, inevitablemente, en manos de Lucan.

Después de semanas cargando con un arco averiado, armas prestadas y una daga que había adquirido bastante más protagonismo del que merecía, el bardo recibió la hoja con una satisfacción que consiguió disimular durante casi medio minuto. Alexander la tomó primero, probó el peso con un par de movimientos y se la devolvió.

—Es buena.

Lucan arqueó una ceja.


—Agradezco el exhaustivo juicio del experto.

—Pesa bien, no vibra y tiene filo.

—Retiro lo dicho. Una disertación.

Pasó buena parte de la jornada acostumbrándose a la espada, mientras los demás encontraban ocupaciones menos heroicas y, por ello mismo, bastante más rentables. Threshold siempre tenía algún carro que descargar, una cerca que reparar, mercancías que mover o alguien dispuesto a pagar unas monedas para que seis personas armadas hicieran algo que él prefería no hacer.

Ilyana desapareció hacia el agua y regresó varias horas después con las botas húmedas, dos peces y la expresión satisfecha de quien había pasado una buena mañana sin necesidad de matar a nadie.


—¿Grandes? —preguntó Marika.

Ilyana miró los peces.

—Lo bastante.

—Eso significa pequeños.

—Significa que hay dos.

Poco a poco había aprendido dónde merecía la pena echar el sedal, cuándo convenía esperar y cuándo un tirón no era más que la corriente jugando con ella. Antes de abandonar Threshold cambió el viejo sedal por otro más resistente. Si algo había enseñado la vida con la Compañía era que las piezas del equipo tendían a romperse justo cuando empezaban a resultar necesarias.


Mikhail, mientras tanto, había vuelto al ornamento grabado.

Sobre la mesa se acumulaban las notas de Seleran, copias de signos, dibujos hechos a mano y varias hojas cubiertas de correcciones. Durante semanas había intentado leer aquellas marcas como se lee cualquier inscripción: buscando un principio, esperando un desarrollo y confiando en que, en algún lugar, hubiese un final.

No funcionaba.

Aquella mañana movió una de las hojas, giró el ornamento y volvió a comparar dos signos que ya había examinado docenas de veces. Después cambió otra hoja de sitio y permaneció inmóvil el tiempo suficiente para que Marika, que pasaba por detrás, se detuviera.


—¿Qué?

Mikhail no respondió enseguida. Reordenó varias notas y entonces algo que hasta ese momento había parecido una repetición inútil empezó a adquirir sentido. Aquellas marcas no se correspondían con palabras, sino con relaciones entre unas cosas y otras.


No había una frase esperando ser descifrada.

Había un método.

Lucan entró un rato después con la espada nueva al cinto y encontró a Mikhail inclinado sobre la mesa, colocando papeles como si estuviera preparando una partida de cartas particularmente desagradable.


—¿Has descubierto dónde enterraron un tesoro?

—No.

—¿Una maldición?

—Tampoco.

—¿Una puerta secreta?

Mikhail levantó la vista.

—No.

Lucan suspiró.

—Esto está perdiendo interés rápidamente.

Mikhail giró una de las hojas hacia él.

—He estado intentando leerlo.

—Me parecía una estrategia razonable.

—No está hecho para ser leído.

Lucan volvió a mirar el ornamento y luego las notas.

—Retiro lo dicho. Ha recuperado interés.

Las marcas servían como una clave para ordenar y relacionar fragmentos de conocimiento que, colocados sin aquella pauta, parecían no tener nada que ver entre sí. Mikhail había estado buscando un mensaje donde lo que existía era una forma de organizar otros mensajes.


No había mapa, profecía ni nombre secreto escondido bajo la última capa de signos. El ornamento no señalaba el lugar de un tesoro ni abría una nueva puerta en la historia de la Compañía. Simplemente había dejado de ser incomprensible, y después de tantas semanas aquello resultaba sorprendentemente satisfactorio. (Investigación completada; +3 PH.)

Para cuando terminaron de recoger los papeles, la tarde estaba bastante avanzada y Threshold había agotado casi todas las sorpresas que pensaba ofrecerles aquel día.

Tantearon algunos contactos antes de partir, pero nadie tenía una propuesta que justificara quedarse; los rumores eran viejos, vagos o conducían a personas que tampoco sabían demasiado.

Lucan contempló aquello con cierta desconfianza mientras Zan revisaba las correas del equipo.

—No me gusta.

—¿El qué?

—Que nadie quiera contratarnos, robarnos o enviarnos a algún sitio horrible.

—Dale tiempo.

No pensaban hacerlo.

Al oeste de Verge, en las Tierras Bajas de los Cruth, alguien llevaba tiempo buscando aventureros. Habían dejado aquella noticia en segundo plano mientras otras urgencias se cruzaban en su camino, pero ahora la oportunidad estaba a punto de desaparecer.

La mañana del 17 de Ambyrmont abandonaron Threshold. Dos armas dañadas se quedaron atrás; Lucan llevaba al cinto la espada de Marek Kovach y Mikhail guardaba consigo las notas que por fin había conseguido ordenar.

Los seis tomaron de nuevo el camino hacia el oeste.

El hombre que los esperaba allí se llamaba Lirdrium Arkayz.
 

El punto de cita

El camino hacia las Tierras Bajas de los Cruth les ocupó tres jornadas y fue perdiendo comodidad a medida que dejaban atrás Threshold. Las rutas conocidas cedieron terreno a sendas menos transitadas, y las últimas indicaciones obligaron a prestar más atención al paisaje que al camino: una vaguada, una línea de árboles, una elevación visible durante un trecho y perdida después entre las ondulaciones del terreno.

No encontraron nada que justificara detenerse.

Aquello, después de varias semanas en las que cualquier ruina, niebla o sendero lateral parecía esconder alguna clase de peligro, resultaba casi sospechoso.

Durante el 19 de Ambyrmont alcanzaron finalmente el punto señalado. No había allí asentamiento alguno ni refugio preparado para recibir viajeros, solo un lugar apartado de las rutas habituales, lo bastante discreto como para que cualquiera que apareciese por allí tuviera que hacerlo con intención.

Dos hombres los esperaban.

Arkayz había elegido un lugar donde nadie llegaba por casualidad.

El primero se presentó como Lirdrium Arkayz. El segundo, Jenlar Temlin, permaneció a su lado mientras Arkayz explicaba el motivo de la cita.

Seguía la pista de un antiguo talismán relacionado, de algún modo que todavía no quiso precisar, con algo a lo que llamaba la Roca. Antes de avanzar necesitaba comprobar que ciertas descripciones antiguas correspondían realmente a lo que estaba buscando.

Para eso necesitaba a Halia Antonie.

El nombre sí era conocido para Ilyana. Halia era una dama de Verge, antigua aventurera y maga relacionada con el Gremio de Magos de Specularum, además de estudiosa de magia y viejas leyendas. Su marido, sir Retameron Antonie, era también una figura conocida en la comarca.

La Roca, en cambio, no significaba nada concreto para ninguno de ellos. Ni siquiera Ilyana, que conocía mejor que los demás la zona de Verge, podía asociar aquel nombre con un lugar inequívoco.

Cuando Arkayz terminó aquella primera explicación, Zan no hizo ademán alguno de aceptar.

—Entonces empecemos por lo fácil. ¿Qué quieres de nosotros?

—Que habléis con Halia Antonie.

—Eso ya lo has dicho. Quiero saber por qué tú no lo haces.

Halia no se había negado a ayudarle. El problema era que tampoco estaba dispuesta a entregar sus conclusiones a cambio de dinero o cortesía. Quería algo útil a cambio, y Arkayz no pensaba abandonar su propia búsqueda para satisfacer una condición cuyo alcance ni siquiera conocía.

Zan entrecerró los ojos.

—Quieres que vayamos a ver a una mujer que puede pedirnos cualquier cosa.

—Quiero que la escuchéis.

—No es lo mismo.

—No.

Aquella respuesta, al menos, tenía la virtud de no intentar disfrazar nada.

Quedaba por saber para quién estaban trabajando.

Arkayz tampoco adornó esa parte. No hablaba en nombre del Duque, ni de una iglesia, ni de un gremio. No había un noble escondido detrás del encargo ni una autoridad cuyo nombre fuese a convertir la búsqueda en algo más respetable.

La búsqueda era suya.

Eso simplificaba una parte del asunto y complicaba el resto.

Alexander, que hasta entonces había permanecido en silencio, frunció ligeramente el ceño.

—Arkayz no es un nombre thyatiano.

—No lo es.

—¿Y tú?

—Tampoco.

No añadió de dónde procedía.

Zan dejó pasar un momento.

—¿Y quién eres, exactamente?

Arkayz pareció considerar cuánto quería responder.

—Mago. Estudioso de antigüedades y tradiciones. Llevo bastante tiempo siguiendo esta pista.

—Eso sigue sin ser una respuesta completa.

—No pretendía que lo fuera.

La franqueza tenía límites, pero al menos aquellos límites estaban a la vista.

Jenlar Temlin resultaba más sencillo. Arkayz lo presentó como su campeón y protector, y el propio Jenlar no pareció necesitar una definición más larga.

A Zan aún le quedaba una cuestión importante.

—Supongamos que encontramos a Halia y nos pide algo que no pensamos hacer.

—Entonces no lo hacéis.

—¿Y qué ocurre contigo?

—Volvéis y me lo decís.

Aquello sí podía aceptarlo.

No buscarían el talismán. No se comprometían con la Roca ni con ninguna otra parte de la investigación de Arkayz. Irían a ver a Halia Antonie, escucharían qué pedía a cambio de su ayuda y decidirían después si querían continuar.

Arkayz asintió.

—Es suficiente.

La conversación parecía terminada cuando Zan señaló las lomas que los rodeaban.

—Una última cosa. ¿Por qué aquí?

Arkayz miró alrededor, como si la respuesta estuviese en el propio paisaje.

No quería anunciar en Threshold ni en Verge que seguía la pista de una antigüedad. Había demasiados oídos, demasiada curiosidad y demasiada gente dispuesta a interesarse por algo solo porque otro hombre procuraba mantenerlo en secreto.

Luego añadió:

—Y quien ha sido capaz de encontrarme aquí ya ha demostrado que sabe arreglárselas por su cuenta.

Eso explicaba bastante.

Cuando la reunión terminó, la Compañía seguía sin saber qué era la Roca, de dónde procedía Arkayz o cuánto estaba dispuesto a contar realmente sobre su búsqueda.

Pero Zan había conseguido algo más útil.

Sabía exactamente qué habían aceptado.

Y qué no.

Halia Antonie quedaba pendiente.

Los días 20 y 21 transcurrieron todavía en el punto de cita. La Compañía permaneció acampada entre las lomas y, al caer la tarde del 21, la noticia de Highforge les llegó por boca de unos viajeros de paso por el corredor de Verge: la comunidad necesitaba suministros.

Rumbo a Rifllian

La mañana del 22 de Ambyrmont encontró a la Compañía todavía acampada en las Tierras Bajas de los Cruth. El aire era fresco y húmedo; una bruma ligera permanecía en las hondonadas y las nubes bajas se abrían de vez en cuando lo suficiente para dejar caer una luz pálida sobre la hierba cubierta de rocío.

No tenían motivos para precipitar la partida.

Alexander salió a cazar a primera hora y regresó con carne suficiente para mejorar unas provisiones que empezaban a ser demasiado escasas para seis viajeros. Marika aprovechó la espera para entrenar mientras los demás revisaban el equipo, recogían el campamento y discutían qué asunto debía ocuparles a continuación.

Arkayz había dejado una puerta abierta, pero no una urgencia. Halia Antonie podía esperar.

Highforge necesitaba suministros y todavía habría ocasión de ocuparse de aquello más adelante. Rifllian, en cambio, no iba a esperar mucho más.

Eligieron Rifllian.

No era una decisión destinada a cambiar el rumbo de ninguna guerra ni a desenterrar antiguos secretos. Había gente que necesitaba provisiones, ellos podían llevarlas y, además, el viaje encajaba razonablemente con la dirección en que ya se encontraban.

A veces una aventura empezaba de maneras bastante menos interesantes.

Durante las primeras horas tampoco ocurrió nada que contradijera esa impresión. El terreno alternaba campos, pastos y parcelas cultivadas con una determinación decreciente cuanto más se alejaban de los caminos principales. Había muros bajos de piedra, cercas vencidas y zonas donde la maleza empezaba a reclamar lo que alguien había abandonado uno o dos años atrás.

Fue aproximadamente a mitad de camino cuando comenzaron los ruidos.

Al principio no eran fáciles de distinguir del propio viaje: el roce de las botas contra la hierba húmeda, una piedra que cedía bajo el peso de Alexander, alguna rama golpeada por el viento. Pero aquel otro sonido regresaba siempre después de que los demás desaparecieran.

Sordo.

Irregular.

Bajo sus pies.

La Compañía redujo el paso.

Durante unos instantes no se oyó nada. Después llegó otra vez, algo más lejos, como si una piedra pesada hubiese raspado contra otra en algún lugar bajo tierra.

Mikhail bajó la mirada.

—Eso viene de debajo.

Nadie respondió.

Avanzaron un poco más, atentos ahora a cada vibración. El ruido parecía acompañarlos sin seguir una dirección fácil de reconocer. En ocasiones quedaba atrás y poco después volvía a sentirse hacia uno de los flancos. Una vez la tierra tembló tan ligeramente que cualquiera de ellos habría podido atribuirlo a la imaginación.

Pero los seis lo habían sentido.

Zan observó el terreno que tenían por delante.

A un lado, una hondonada les ofrecía cobertura, aunque también reducía la visibilidad. Más allá se elevaba una loma baja, buena para observar la comarca pero demasiado expuesta si aquello que se movía bajo tierra aparecía a sus espaldas.

En los campos abiertos, al menos, podrían verlo venir.

—Seguimos por ahí.

Abandonaron el terreno más quebrado y avanzaron hacia una sucesión de parcelas medio abandonadas, separadas por setos, cercas caídas y pequeños muros de piedra.

No era un buen lugar para esconderse.

Precisamente por eso lo escogieron.

El siguiente ruido fue distinto.

No llegó como un roce, sino como un golpe seco seguido de un crujido prolongado. A cierta distancia, en uno de los campos, la superficie se hundió de repente y una masa de tierra oscura se desprendió hacia el interior.

Alexander desenvainó.

Del hueco apareció primero una mano.

Después un brazo largo cubierto por un pelaje pardo y ralo y, finalmente, una figura entera que se impulsó hacia la superficie con una facilidad inquietante. Vestía una mezcla de cuero, hierro y jirones difíciles de identificar bajo la suciedad.

Apenas terminó de incorporarse cuando otra silueta surgió detrás.

Y otra.

Los Ascendidos fueron saliendo del subsuelo uno tras otro.

Algunos eran más corpulentos que los demás; otros parecían deformados por una musculatura excesiva o por proporciones que no acababan de corresponder a las de una criatura natural. Entre ellos destacaban varias figuras mejor equipadas: tres llevaban capotes rojizos, una de ellas protegida por bastante más hierro que el resto; algo más atrás se movía otra figura envuelta en un capote violeta hecho jirones.

Marika fue contando en voz baja mientras emergían.

Cuando dejó de hacerlo, mantuvo la mirada fija en el agujero.

—Once.

Los Ascendidos emergen y se extienden por los campos.

La última criatura trepó al exterior y los Ascendidos comenzaron a extenderse por el campo.

No hubo gritos ni desafío.

Eso quizá resultaba peor.

Parecían haber sabido perfectamente dónde encontrarlos.

Mikhail señaló a uno de los que permanecían algo retrasados. Llevaba una armadura de tono cobrizo y había separado las manos del cuerpo mientras un resplandor verdoso empezaba a concentrarse entre ellas.

—Magia.

Zan recorrió el terreno con la mirada.

A sus espaldas quedaba el camino. A ambos lados, los setos y pequeños desniveles podían romper una línea de visión, pero no ocultar la aproximación de once enemigos. Delante de ellos, los Ascendidos se abrían ya en dos grupos.

Correr hacia una hondonada sin saber cuántos túneles había bajo aquellas tierras parecía una manera excelente de empeorar las cosas.

Allí, al menos, podían verlos venir.

Ilyana y Mikhail tomaron el flanco izquierdo. Zan y Lucan buscaron el amparo de uno de los muros bajos, mientras Alexander y Marika se situaban algo más allá. Nadie discutió demasiado la disposición. Para entonces bastaba con permanecer lo bastante cerca para acudir en ayuda de los otros.

Zan esperó hasta que todos estuvieron preparados.

Los ruidos bajo tierra habían cesado.

Ahora todo ocurría al aire libre.

Cuero al tensarse. Acero al abandonar las vainas. Una cuerda de arco acomodándose bajo los dedos.

Y, enfrente, once criaturas avanzando por los campos.

Zan miró una vez más a izquierda y derecha.

—Aquí será.

La Horda acorta distancias mientras la Compañía espera entre setos y muros.

La Horda da alcance

Los Ascendidos comenzaron a avanzar en dos grupos, abriéndose por los campos sin perder contacto entre ellos.

Habían salido del subsuelo cubiertos de tierra y con los ojos entrecerrados. Algunos ladeaban la cabeza; otros apartaban el rostro de aquella claridad gris como si incluso un cielo nublado de otoño fuese más luz de la que estaban acostumbrados a soportar.

Eso no los hacía parecer menos peligrosos.

El de la armadura cobriza se quedó algo retrasado. Entre sus manos seguía creciendo el resplandor verdoso que Mikhail había señalado, mientras los demás reducían la distancia con una rapidez que hacía que aquellos campos abiertos parecieran cada vez más pequeños.

El primer choque llegó por el flanco de Ilyana y Mikhail.

El primer choque rompe la línea y obliga a pelear entre los setos.

Una de las criaturas intentó rebasarla para alcanzar al mago. Ilyana salió a su encuentro con la espada bastarda y la obligó a retroceder, pero necesitó más de un golpe para abatirla. Para entonces otra ya había ocupado su lugar y el combate había dejado de parecerse a una línea que pudiera mantenerse ordenada.

Mikhail trató de fijar sobre uno de los atacantes una Marca que lo delatara mejor a los arqueros.

El sortilegio se deshizo antes de prender.

En otros puntos del campo las primeras flechas habían empezado a encontrar carne. Zan esperó a tener un blanco limpio y derribó a uno de los Ascendidos con un disparo en la cabeza.

Lucan alcanzó a otro poco después. La flecha lo dejó herido, pero el Ascendido siguió avanzando.

Después llegaron todos a la vez.

Alexander y Marika se vieron obligados a abandonar parte del terreno que habían elegido para no quedar separados del resto. Alexander derribó a uno de los atacantes, pero el esfuerzo lo dejó unos pasos demasiado adelantado y otro Ascendido aprovechó el hueco para herirlo.

A Lucan ni siquiera le quedó tiempo para decidir si quería seguir siendo arquero.

El Ascendido al que había herido se abrió paso entre los matorrales hasta alcanzar el muro. Lucan estaba justo al otro lado. Antes de que pudiera preparar otro disparo, la criatura ya intentaba llegar hasta él por encima de las piedras.

Lucan soltó el arco y desenvainó la espada que Marek Kovach había regalado a la Compañía apenas unos días antes.

Probablemente había imaginado un estreno algo más digno.

No hubo postura, ni floritura, ni tiempo para descubrir si aquella hoja favorecía alguna escuela de esgrima en particular. Hubo un muro bajo, una criatura peluda intentando arrancarle la cara y unos pocos instantes de acero manejado demasiado cerca del cuerpo.

Cuando acabaron, el Ascendido quedó tendido junto a las piedras.

Lucan miró la espada apenas un instante.

Al menos Marek no había exagerado.

Cuatro de las criaturas estaban ya en el suelo, pero la Horda seguía avanzando.

Y el de la armadura cobriza había terminado lo que fuese que llevaba preparando desde que emergió.

El resplandor entre sus manos se comprimió de pronto y atravesó el campo como una descarga verdosa. Alcanzó a Zan, la hirió y la lanzó varios pasos hacia atrás.

Consiguió levantarse.

Al otro lado, el Ascendido ya estaba reuniendo otra vez aquella luz entre las manos.

Fue entonces cuando dejaron de intentar conservar el terreno.

No hubo una orden formal. Sencillamente empezaron a ceder espacio antes de que la presión los dividiera por completo. Lucan y Zan buscaron distancia para volver a utilizar los arcos; Alexander y Marika se replegaron hacia ellos, mientras Ilyana procuraba que nada atravesara el hueco que iba abriéndose entre ambos grupos.

Cuando Mikhail consiguió llegar hasta ella, Ilyana ya estaba sangrando.

Esta vez su magia sí respondió. Apoyó una mano sobre la herida y el dolor remitió lo suficiente para que ella volviera a afirmarse sobre las piernas y levantara la espada.

Lucan, ya de nuevo con el arco, aprovechó el repliegue para disparar otra vez. La flecha alcanzó a un segundo Ascendido y lo dejó herido, aunque tampoco consiguió detenerlo.

Los Ascendidos, mientras tanto, también habían cambiado.

La torpeza de sus primeros ataques había sido fácil de confundir con brutalidad. Ahora resultaba evidente que había sido otra cosa.

Ya casi ninguno parpadeaba ante la claridad.

Empezaban a calcular bien las distancias.

A anticipar los movimientos.

A combatir como si, minuto a minuto, el mundo de la superficie fuese dejando de resultarles extraño.

La Compañía había pasado los primeros momentos creyendo que empezaba a conocerlos.

En realidad, solo había conocido a los Ascendidos deslumbrados.

A partir de ahí cada paso atrás costó más.

Zan consiguió derribar al segundo Ascendido que Lucan había dejado herido con una flecha y, poco después, uno de los Ascendidos de capote rojizo se lanzó contra Ilyana.

Ella lo recibió con la espada bastarda.

Esta vez no hubo segundo intercambio.

La criatura cayó y, por primera vez desde que habían aparecido, el empuje de la Horda vaciló.

Seis de once.

Era suficiente para que escapar dejara de depender únicamente de correr más deprisa que aquello que los perseguía.

No era suficiente para ganar.

El del capote violeta hecho jirones llegó hasta Ilyana antes de que pudieran aprovechar aquel respiro. Su forma de moverse dejaba cada vez menos dudas de que los demás reconocían en él algún tipo de autoridad. Atacó, la obligó a defenderse y volvió a herirla.

A pocos pasos de allí, Alexander tenía sus propios problemas.

Dos Ascendidos lo acosaban casi al mismo tiempo. Ya no intentaba derribarlos. Peleaba para cortar cada choque lo antes posible, conservar el equilibrio y seguir retrocediendo sin separarse de Marika.

Durante unos instantes pareció que bastaría.

Entonces la luz verde volvió a recorrer el campo.

Alexander apenas tuvo tiempo de verla.

La descarga lo alcanzó de lleno y lo arrancó de su posición. Cayó entre la hierba y esta vez no volvió a levantarse.

Una descarga verdosa derriba a Alexander durante la retirada.

Marika se volvió hacia él.

Los Ascendidos siguieron avanzando.

La retirada dejó de ser una posibilidad que estaban preparando.

Se convirtió en lo único que quedaba.

El último en el campo

Marika dio medio paso hacia Alexander.

Los Ascendidos seguían viniendo.

Uno de ellos perdió finalmente el valor y abandonó la lucha, pero los demás continuaron avanzando. Quedarse allí seguía siendo una apuesta difícil de justificar.

Lucan y Zan ganaron distancia primero, todavía con los arcos en las manos. Ilyana retrocedió después, herida otra vez. Marika aguantó un instante más mirando hacia Alexander antes de aceptar lo evidente: intentar alcanzarlo entonces podía convertir un compañero caído en dos.

Se retiró con los demás.

Mikhail no tuvo tanta suerte.

No se quedó porque hubiese decidido que aquel era un buen momento para un juramento memorable, ni porque alguien le confiara solemnemente la misión de cubrir la retirada.

Simplemente fue el más lento.

Mientras los demás conseguían poner terreno de por medio, él seguía allí.

El último.

Con la vara de hueso entre las manos y cuatro Ascendidos acercándose.

Mikhail queda el último en el campo, frente al Ascendido del capote violeta.

Entre ellos venía el del capote violeta hecho jirones.

Hasta entonces había sido una figura más entre las criaturas mejor equipadas. Ahora, con el combate deshecho y los supervivientes agrupándose a su alrededor, resultaba más fácil comprender quién parecía dirigir aquella partida. Los otros le dejaban espacio y él avanzaba hacia Mikhail con la tranquilidad de quien cree que el trabajo difícil ya está hecho.

Mikhail retrocedió un paso y plantó la vara.

El Ascendido atacó.

El golpe llegó con fuerza suficiente para apartar cualquier defensa mal asentada. Mikhail recibió el impacto sobre la vara de hueso, cedió terreno y consiguió desviarlo. Durante aquel breve forcejeo, uno de los salientes del bastón se enganchó en el correaje de la criatura.

Algo se rasgó.

Algo pequeño quedó prendido entre hueso y cordaje.

Ninguno de los dos lo vio.

El Ascendido volvió a atacar antes de que Mikhail recuperara bien la posición.

Esta vez la vara no bastó.

Mikhail cayó sobre la hierba.

Con él terminó la batalla.

La Horda se quedó con el campo. La Compañía había ganado exactamente lo que necesitaba y nada más: la oportunidad de escapar.

Cuando consiguieron recuperar a los suyos, Alexander fue el primero.

Estaba maltrecho, pero vivo. Necesitaría tiempo para volver a ponerse en pie, aunque no demasiado; una conclusión que confirmaba una vez más que matar a Alexander Vardos parecía requerir bastante más empeño del que cabría esperar al verlo tendido en el suelo.

Con Mikhail hubo menos motivos para bromear.

Durante unos instantes pareció que no habría nada que hacer.

Las hojas de árbol de plata llevaban mucho tiempo viajando con la Compañía como una de esas precauciones cuyo mayor atractivo consiste en no tener que descubrir nunca si realmente son necesarias.

Aquella tarde lo fueron.

Gastaron una dosis.

Mikhail no se levantó. Tampoco abrió los ojos para asegurar que todo había sido una exageración, cosa que habría resultado considerablemente más cómoda para todos.

Pero respiraba.

Por el momento, bastaba.

(1 dosis de hoja de árbol de plata gastada. Alexander: recuperación 1 Turno. Mikhail: recuperación 7 Turnos.)

Fue más tarde, mientras revisaban el equipo de Mikhail, cuando descubrieron que la vara de hueso había traído algo consigo.

Un pequeño paquete encerado seguía atrapado entre el cordaje y los adornos del bastón. Una esquina estaba desgarrada y la cera conservaba las marcas del tirón que lo había arrancado del correaje del Ascendido del capote violeta.

Dentro había una carta.

O, al menos, algo escrito con la intención de parecerse a una.

Ninguno de ellos podía leerla.

Después de ver caer a dos compañeros y gastar una de sus hojas de árbol de plata, la Compañía de la Linterna había salido del encuentro con una carta robada por accidente cuyo contenido era completamente incomprensible.

Habían tenido jornadas más provechosas.

(Nueva investigación arcana: Carta cifrada; Opacidad 22.)

Rifllian dejó de ser una opción durante los días que siguieron.

Levantaron el campamento allí donde pudieron hacerlo sin volver a escuchar tierra removiéndose bajo las botas y dedicaron los días siguientes a cuidar de Alexander y, sobre todo, de Mikhail. Las heridas de Alexander lo mantendrían apartado durante algún tiempo. Las de Mikhail iban a exigir mucha más paciencia.

Mientras esperaban, la oportunidad de llevar suministros a los elfos de Rifllian terminó por desaparecer.

El mundo, naturalmente, no tuvo la cortesía de parar mientras ellos se recuperaban.

Antes de que concluyera aquel largo paréntesis llegaron noticias del sudeste. Cerca de Rugalov, en los límites del Dymrak, se había visto una fuerza desconocida de guerreros con yelmos cerrados merodeando por la región.

Para la noche del 3 de Sviftmont, la Compañía seguía acampada y tenía dos hombres todavía fuera de combate.

Otro asunto pendiente.

Por entonces empezaban a coleccionarlos.

Consulta la ficha viva de la Compañía de la Linterna