domingo, 4 de octubre de 2026

5LFB — Karameikos #005 — Campos de Caza

Turnos 10–11 · 16 de Ambyrmont – 3 de Sviftmont de 1000 AC

Threshold

La mañana del 16 de Ambyrmont, Threshold parecía empeñada en demostrar que el mundo todavía contenía problemas razonables.

El primero fue una espada.

Ian Kovach llegó a buscarlos poco después del desayuno, con la solemnidad de quien lleva un mensaje importante y la impaciencia de un muchacho al que han apartado de algo bastante más interesante.


—Mi padre dice que vayáis a la herrería.

Lucan miró a Zan.

—Eso suena caro.

—Tú vienes.

—Eso suena todavía más caro.

Marek Kovach no perdió demasiado tiempo en explicaciones cuando llegaron. Apartó unas tenazas, retiró un paño del banco de trabajo y dejó a la vista una espada nueva, sin adornos innecesarios pero de esas que parecen buenas incluso antes de empuñarlas: guarda sencilla, hoja limpia y un equilibrio que delataba muchas horas de oficio.


—Es vuestra.

Zan la observó un momento antes de levantar la mirada hacia el herrero.

—Eso es una manera bastante cara de dar las gracias.

Marek se encogió de hombros.

—También vosotros tenéis maneras caras de ganároslas.

Lucan alargó la mano hacia la empuñadura y Zan le golpeó los nudillos antes de que llegara a tocarla.

—Todavía no.

—Solo estaba apreciando el trabajo.

—Con los dedos.

—Es como mejor se aprecia una espada.

Marek sonrió y, de una forma bastante menos solemne de lo que había empezado, la visita terminó convirtiéndose en una conversación de taller.

Aquella misma tarde llegó a casa de los Kovach una cesta del mercado con buenas viandas, algo dulce y un pequeño regalo para Ian. Zan no dijo cuánto había costado ni pareció interesada en saberlo. Era su manera de dejar claro que el agradecimiento iba en las dos direcciones.

La espada terminó, inevitablemente, en manos de Lucan.

Después de semanas cargando con un arco averiado, armas prestadas y una daga que había adquirido bastante más protagonismo del que merecía, el bardo recibió la hoja con una satisfacción que consiguió disimular durante casi medio minuto. Alexander la tomó primero, probó el peso con un par de movimientos y se la devolvió.

—Es buena.

Lucan arqueó una ceja.


—Agradezco el exhaustivo juicio del experto.

—Pesa bien, no vibra y tiene filo.

—Retiro lo dicho. Una disertación.

Pasó buena parte de la jornada acostumbrándose a la espada, mientras los demás encontraban ocupaciones menos heroicas y, por ello mismo, bastante más rentables. Threshold siempre tenía algún carro que descargar, una cerca que reparar, mercancías que mover o alguien dispuesto a pagar unas monedas para que seis personas armadas hicieran algo que él prefería no hacer.

Ilyana desapareció hacia el agua y regresó varias horas después con las botas húmedas, dos peces y la expresión satisfecha de quien había pasado una buena mañana sin necesidad de matar a nadie.


—¿Grandes? —preguntó Marika.

Ilyana miró los peces.

—Lo bastante.

—Eso significa pequeños.

—Significa que hay dos.

Poco a poco había aprendido dónde merecía la pena echar el sedal, cuándo convenía esperar y cuándo un tirón no era más que la corriente jugando con ella. Antes de abandonar Threshold cambió el viejo sedal por otro más resistente. Si algo había enseñado la vida con la Compañía era que las piezas del equipo tendían a romperse justo cuando empezaban a resultar necesarias.


Mikhail, mientras tanto, había vuelto al ornamento grabado.

Sobre la mesa se acumulaban las notas de Seleran, copias de signos, dibujos hechos a mano y varias hojas cubiertas de correcciones. Durante semanas había intentado leer aquellas marcas como se lee cualquier inscripción: buscando un principio, esperando un desarrollo y confiando en que, en algún lugar, hubiese un final.

No funcionaba.

Aquella mañana movió una de las hojas, giró el ornamento y volvió a comparar dos signos que ya había examinado docenas de veces. Después cambió otra hoja de sitio y permaneció inmóvil el tiempo suficiente para que Marika, que pasaba por detrás, se detuviera.


—¿Qué?

Mikhail no respondió enseguida. Reordenó varias notas y entonces algo que hasta ese momento había parecido una repetición inútil empezó a adquirir sentido. Aquellas marcas no se correspondían con palabras, sino con relaciones entre unas cosas y otras.


No había una frase esperando ser descifrada.

Había un método.

Lucan entró un rato después con la espada nueva al cinto y encontró a Mikhail inclinado sobre la mesa, colocando papeles como si estuviera preparando una partida de cartas particularmente desagradable.


—¿Has descubierto dónde enterraron un tesoro?

—No.

—¿Una maldición?

—Tampoco.

—¿Una puerta secreta?

Mikhail levantó la vista.

—No.

Lucan suspiró.

—Esto está perdiendo interés rápidamente.

Mikhail giró una de las hojas hacia él.

—He estado intentando leerlo.

—Me parecía una estrategia razonable.

—No está hecho para ser leído.

Lucan volvió a mirar el ornamento y luego las notas.

—Retiro lo dicho. Ha recuperado interés.

Las marcas servían como una clave para ordenar y relacionar fragmentos de conocimiento que, colocados sin aquella pauta, parecían no tener nada que ver entre sí. Mikhail había estado buscando un mensaje donde lo que existía era una forma de organizar otros mensajes.


No había mapa, profecía ni nombre secreto escondido bajo la última capa de signos. El ornamento no señalaba el lugar de un tesoro ni abría una nueva puerta en la historia de la Compañía. Simplemente había dejado de ser incomprensible, y después de tantas semanas aquello resultaba sorprendentemente satisfactorio. (Investigación completada; +3 PH.)

Para cuando terminaron de recoger los papeles, la tarde estaba bastante avanzada y Threshold había agotado casi todas las sorpresas que pensaba ofrecerles aquel día.

Tantearon algunos contactos antes de partir, pero nadie tenía una propuesta que justificara quedarse; los rumores eran viejos, vagos o conducían a personas que tampoco sabían demasiado.

Lucan contempló aquello con cierta desconfianza mientras Zan revisaba las correas del equipo.

—No me gusta.

—¿El qué?

—Que nadie quiera contratarnos, robarnos o enviarnos a algún sitio horrible.

—Dale tiempo.

No pensaban hacerlo.

Al oeste de Verge, en las Tierras Bajas de los Cruth, alguien llevaba tiempo buscando aventureros. Habían dejado aquella noticia en segundo plano mientras otras urgencias se cruzaban en su camino, pero ahora la oportunidad estaba a punto de desaparecer.

La mañana del 17 de Ambyrmont abandonaron Threshold. Dos armas dañadas se quedaron atrás; Lucan llevaba al cinto la espada de Marek Kovach y Mikhail guardaba consigo las notas que por fin había conseguido ordenar.

Los seis tomaron de nuevo el camino hacia el oeste.

El hombre que los esperaba allí se llamaba Lirdrium Arkayz.
 

El punto de cita

El camino hacia las Tierras Bajas de los Cruth les ocupó tres jornadas y fue perdiendo comodidad a medida que dejaban atrás Threshold. Las rutas conocidas cedieron terreno a sendas menos transitadas, y las últimas indicaciones obligaron a prestar más atención al paisaje que al camino: una vaguada, una línea de árboles, una elevación visible durante un trecho y perdida después entre las ondulaciones del terreno.

No encontraron nada que justificara detenerse.

Aquello, después de varias semanas en las que cualquier ruina, niebla o sendero lateral parecía esconder alguna clase de peligro, resultaba casi sospechoso.

Durante el 19 de Ambyrmont alcanzaron finalmente el punto señalado. No había allí asentamiento alguno ni refugio preparado para recibir viajeros, solo un lugar apartado de las rutas habituales, lo bastante discreto como para que cualquiera que apareciese por allí tuviera que hacerlo con intención.

Dos hombres los esperaban.

Arkayz había elegido un lugar donde nadie llegaba por casualidad.

El primero se presentó como Lirdrium Arkayz. El segundo, Jenlar Temlin, permaneció a su lado mientras Arkayz explicaba el motivo de la cita.

Seguía la pista de un antiguo talismán relacionado, de algún modo que todavía no quiso precisar, con algo a lo que llamaba la Roca. Antes de avanzar necesitaba comprobar que ciertas descripciones antiguas correspondían realmente a lo que estaba buscando.

Para eso necesitaba a Halia Antonie.

El nombre sí era conocido para Ilyana. Halia era una dama de Verge, antigua aventurera y maga relacionada con el Gremio de Magos de Specularum, además de estudiosa de magia y viejas leyendas. Su marido, sir Retameron Antonie, era también una figura conocida en la comarca.

La Roca, en cambio, no significaba nada concreto para ninguno de ellos. Ni siquiera Ilyana, que conocía mejor que los demás la zona de Verge, podía asociar aquel nombre con un lugar inequívoco.

Cuando Arkayz terminó aquella primera explicación, Zan no hizo ademán alguno de aceptar.

—Entonces empecemos por lo fácil. ¿Qué quieres de nosotros?

—Que habléis con Halia Antonie.

—Eso ya lo has dicho. Quiero saber por qué tú no lo haces.

Halia no se había negado a ayudarle. El problema era que tampoco estaba dispuesta a entregar sus conclusiones a cambio de dinero o cortesía. Quería algo útil a cambio, y Arkayz no pensaba abandonar su propia búsqueda para satisfacer una condición cuyo alcance ni siquiera conocía.

Zan entrecerró los ojos.

—Quieres que vayamos a ver a una mujer que puede pedirnos cualquier cosa.

—Quiero que la escuchéis.

—No es lo mismo.

—No.

Aquella respuesta, al menos, tenía la virtud de no intentar disfrazar nada.

Quedaba por saber para quién estaban trabajando.

Arkayz tampoco adornó esa parte. No hablaba en nombre del Duque, ni de una iglesia, ni de un gremio. No había un noble escondido detrás del encargo ni una autoridad cuyo nombre fuese a convertir la búsqueda en algo más respetable.

La búsqueda era suya.

Eso simplificaba una parte del asunto y complicaba el resto.

Alexander, que hasta entonces había permanecido en silencio, frunció ligeramente el ceño.

—Arkayz no es un nombre thyatiano.

—No lo es.

—¿Y tú?

—Tampoco.

No añadió de dónde procedía.

Zan dejó pasar un momento.

—¿Y quién eres, exactamente?

Arkayz pareció considerar cuánto quería responder.

—Mago. Estudioso de antigüedades y tradiciones. Llevo bastante tiempo siguiendo esta pista.

—Eso sigue sin ser una respuesta completa.

—No pretendía que lo fuera.

La franqueza tenía límites, pero al menos aquellos límites estaban a la vista.

Jenlar Temlin resultaba más sencillo. Arkayz lo presentó como su campeón y protector, y el propio Jenlar no pareció necesitar una definición más larga.

A Zan aún le quedaba una cuestión importante.

—Supongamos que encontramos a Halia y nos pide algo que no pensamos hacer.

—Entonces no lo hacéis.

—¿Y qué ocurre contigo?

—Volvéis y me lo decís.

Aquello sí podía aceptarlo.

No buscarían el talismán. No se comprometían con la Roca ni con ninguna otra parte de la investigación de Arkayz. Irían a ver a Halia Antonie, escucharían qué pedía a cambio de su ayuda y decidirían después si querían continuar.

Arkayz asintió.

—Es suficiente.

La conversación parecía terminada cuando Zan señaló las lomas que los rodeaban.

—Una última cosa. ¿Por qué aquí?

Arkayz miró alrededor, como si la respuesta estuviese en el propio paisaje.

No quería anunciar en Threshold ni en Verge que seguía la pista de una antigüedad. Había demasiados oídos, demasiada curiosidad y demasiada gente dispuesta a interesarse por algo solo porque otro hombre procuraba mantenerlo en secreto.

Luego añadió:

—Y quien ha sido capaz de encontrarme aquí ya ha demostrado que sabe arreglárselas por su cuenta.

Eso explicaba bastante.

Cuando la reunión terminó, la Compañía seguía sin saber qué era la Roca, de dónde procedía Arkayz o cuánto estaba dispuesto a contar realmente sobre su búsqueda.

Pero Zan había conseguido algo más útil.

Sabía exactamente qué habían aceptado.

Y qué no.

Halia Antonie quedaba pendiente.

Los días 20 y 21 transcurrieron todavía en el punto de cita. La Compañía permaneció acampada entre las lomas y, al caer la tarde del 21, la noticia de Highforge les llegó por boca de unos viajeros de paso por el corredor de Verge: la comunidad necesitaba suministros.

Rumbo a Rifllian

La mañana del 22 de Ambyrmont encontró a la Compañía todavía acampada en las Tierras Bajas de los Cruth. El aire era fresco y húmedo; una bruma ligera permanecía en las hondonadas y las nubes bajas se abrían de vez en cuando lo suficiente para dejar caer una luz pálida sobre la hierba cubierta de rocío.

No tenían motivos para precipitar la partida.

Alexander salió a cazar a primera hora y regresó con carne suficiente para mejorar unas provisiones que empezaban a ser demasiado escasas para seis viajeros. Marika aprovechó la espera para entrenar mientras los demás revisaban el equipo, recogían el campamento y discutían qué asunto debía ocuparles a continuación.

Arkayz había dejado una puerta abierta, pero no una urgencia. Halia Antonie podía esperar.

Highforge necesitaba suministros y todavía habría ocasión de ocuparse de aquello más adelante. Rifllian, en cambio, no iba a esperar mucho más.

Eligieron Rifllian.

No era una decisión destinada a cambiar el rumbo de ninguna guerra ni a desenterrar antiguos secretos. Había gente que necesitaba provisiones, ellos podían llevarlas y, además, el viaje encajaba razonablemente con la dirección en que ya se encontraban.

A veces una aventura empezaba de maneras bastante menos interesantes.

Durante las primeras horas tampoco ocurrió nada que contradijera esa impresión. El terreno alternaba campos, pastos y parcelas cultivadas con una determinación decreciente cuanto más se alejaban de los caminos principales. Había muros bajos de piedra, cercas vencidas y zonas donde la maleza empezaba a reclamar lo que alguien había abandonado uno o dos años atrás.

Fue aproximadamente a mitad de camino cuando comenzaron los ruidos.

Al principio no eran fáciles de distinguir del propio viaje: el roce de las botas contra la hierba húmeda, una piedra que cedía bajo el peso de Alexander, alguna rama golpeada por el viento. Pero aquel otro sonido regresaba siempre después de que los demás desaparecieran.

Sordo.

Irregular.

Bajo sus pies.

La Compañía redujo el paso.

Durante unos instantes no se oyó nada. Después llegó otra vez, algo más lejos, como si una piedra pesada hubiese raspado contra otra en algún lugar bajo tierra.

Mikhail bajó la mirada.

—Eso viene de debajo.

Nadie respondió.

Avanzaron un poco más, atentos ahora a cada vibración. El ruido parecía acompañarlos sin seguir una dirección fácil de reconocer. En ocasiones quedaba atrás y poco después volvía a sentirse hacia uno de los flancos. Una vez la tierra tembló tan ligeramente que cualquiera de ellos habría podido atribuirlo a la imaginación.

Pero los seis lo habían sentido.

Zan observó el terreno que tenían por delante.

A un lado, una hondonada les ofrecía cobertura, aunque también reducía la visibilidad. Más allá se elevaba una loma baja, buena para observar la comarca pero demasiado expuesta si aquello que se movía bajo tierra aparecía a sus espaldas.

En los campos abiertos, al menos, podrían verlo venir.

—Seguimos por ahí.

Abandonaron el terreno más quebrado y avanzaron hacia una sucesión de parcelas medio abandonadas, separadas por setos, cercas caídas y pequeños muros de piedra.

No era un buen lugar para esconderse.

Precisamente por eso lo escogieron.

El siguiente ruido fue distinto.

No llegó como un roce, sino como un golpe seco seguido de un crujido prolongado. A cierta distancia, en uno de los campos, la superficie se hundió de repente y una masa de tierra oscura se desprendió hacia el interior.

Alexander desenvainó.

Del hueco apareció primero una mano.

Después un brazo largo cubierto por un pelaje pardo y ralo y, finalmente, una figura entera que se impulsó hacia la superficie con una facilidad inquietante. Vestía una mezcla de cuero, hierro y jirones difíciles de identificar bajo la suciedad.

Apenas terminó de incorporarse cuando otra silueta surgió detrás.

Y otra.

Los Ascendidos fueron saliendo del subsuelo uno tras otro.

Algunos eran más corpulentos que los demás; otros parecían deformados por una musculatura excesiva o por proporciones que no acababan de corresponder a las de una criatura natural. Entre ellos destacaban varias figuras mejor equipadas: tres llevaban capotes rojizos, una de ellas protegida por bastante más hierro que el resto; algo más atrás se movía otra figura envuelta en un capote violeta hecho jirones.

Marika fue contando en voz baja mientras emergían.

Cuando dejó de hacerlo, mantuvo la mirada fija en el agujero.

—Once.

Los Ascendidos emergen y se extienden por los campos.

La última criatura trepó al exterior y los Ascendidos comenzaron a extenderse por el campo.

No hubo gritos ni desafío.

Eso quizá resultaba peor.

Parecían haber sabido perfectamente dónde encontrarlos.

Mikhail señaló a uno de los que permanecían algo retrasados. Llevaba una armadura de tono cobrizo y había separado las manos del cuerpo mientras un resplandor verdoso empezaba a concentrarse entre ellas.

—Magia.

Zan recorrió el terreno con la mirada.

A sus espaldas quedaba el camino. A ambos lados, los setos y pequeños desniveles podían romper una línea de visión, pero no ocultar la aproximación de once enemigos. Delante de ellos, los Ascendidos se abrían ya en dos grupos.

Correr hacia una hondonada sin saber cuántos túneles había bajo aquellas tierras parecía una manera excelente de empeorar las cosas.

Allí, al menos, podían verlos venir.

Ilyana y Mikhail tomaron el flanco izquierdo. Zan y Lucan buscaron el amparo de uno de los muros bajos, mientras Alexander y Marika se situaban algo más allá. Nadie discutió demasiado la disposición. Para entonces bastaba con permanecer lo bastante cerca para acudir en ayuda de los otros.

Zan esperó hasta que todos estuvieron preparados.

Los ruidos bajo tierra habían cesado.

Ahora todo ocurría al aire libre.

Cuero al tensarse. Acero al abandonar las vainas. Una cuerda de arco acomodándose bajo los dedos.

Y, enfrente, once criaturas avanzando por los campos.

Zan miró una vez más a izquierda y derecha.

—Aquí será.

La Horda acorta distancias mientras la Compañía espera entre setos y muros.

La Horda da alcance

Los Ascendidos comenzaron a avanzar en dos grupos, abriéndose por los campos sin perder contacto entre ellos.

Habían salido del subsuelo cubiertos de tierra y con los ojos entrecerrados. Algunos ladeaban la cabeza; otros apartaban el rostro de aquella claridad gris como si incluso un cielo nublado de otoño fuese más luz de la que estaban acostumbrados a soportar.

Eso no los hacía parecer menos peligrosos.

El de la armadura cobriza se quedó algo retrasado. Entre sus manos seguía creciendo el resplandor verdoso que Mikhail había señalado, mientras los demás reducían la distancia con una rapidez que hacía que aquellos campos abiertos parecieran cada vez más pequeños.

El primer choque llegó por el flanco de Ilyana y Mikhail.

El primer choque rompe la línea y obliga a pelear entre los setos.

Una de las criaturas intentó rebasarla para alcanzar al mago. Ilyana salió a su encuentro con la espada bastarda y la obligó a retroceder, pero necesitó más de un golpe para abatirla. Para entonces otra ya había ocupado su lugar y el combate había dejado de parecerse a una línea que pudiera mantenerse ordenada.

Mikhail trató de fijar sobre uno de los atacantes una Marca que lo delatara mejor a los arqueros.

El sortilegio se deshizo antes de prender.

En otros puntos del campo las primeras flechas habían empezado a encontrar carne. Zan esperó a tener un blanco limpio y derribó a uno de los Ascendidos con un disparo en la cabeza.

Lucan alcanzó a otro poco después. La flecha lo dejó herido, pero el Ascendido siguió avanzando.

Después llegaron todos a la vez.

Alexander y Marika se vieron obligados a abandonar parte del terreno que habían elegido para no quedar separados del resto. Alexander derribó a uno de los atacantes, pero el esfuerzo lo dejó unos pasos demasiado adelantado y otro Ascendido aprovechó el hueco para herirlo.

A Lucan ni siquiera le quedó tiempo para decidir si quería seguir siendo arquero.

El Ascendido al que había herido se abrió paso entre los matorrales hasta alcanzar el muro. Lucan estaba justo al otro lado. Antes de que pudiera preparar otro disparo, la criatura ya intentaba llegar hasta él por encima de las piedras.

Lucan soltó el arco y desenvainó la espada que Marek Kovach había regalado a la Compañía apenas unos días antes.

Probablemente había imaginado un estreno algo más digno.

No hubo postura, ni floritura, ni tiempo para descubrir si aquella hoja favorecía alguna escuela de esgrima en particular. Hubo un muro bajo, una criatura peluda intentando arrancarle la cara y unos pocos instantes de acero manejado demasiado cerca del cuerpo.

Cuando acabaron, el Ascendido quedó tendido junto a las piedras.

Lucan miró la espada apenas un instante.

Al menos Marek no había exagerado.

Cuatro de las criaturas estaban ya en el suelo, pero la Horda seguía avanzando.

Y el de la armadura cobriza había terminado lo que fuese que llevaba preparando desde que emergió.

El resplandor entre sus manos se comprimió de pronto y atravesó el campo como una descarga verdosa. Alcanzó a Zan, la hirió y la lanzó varios pasos hacia atrás.

Consiguió levantarse.

Al otro lado, el Ascendido ya estaba reuniendo otra vez aquella luz entre las manos.

Fue entonces cuando dejaron de intentar conservar el terreno.

No hubo una orden formal. Sencillamente empezaron a ceder espacio antes de que la presión los dividiera por completo. Lucan y Zan buscaron distancia para volver a utilizar los arcos; Alexander y Marika se replegaron hacia ellos, mientras Ilyana procuraba que nada atravesara el hueco que iba abriéndose entre ambos grupos.

Cuando Mikhail consiguió llegar hasta ella, Ilyana ya estaba sangrando.

Esta vez su magia sí respondió. Apoyó una mano sobre la herida y el dolor remitió lo suficiente para que ella volviera a afirmarse sobre las piernas y levantara la espada.

Lucan, ya de nuevo con el arco, aprovechó el repliegue para disparar otra vez. La flecha alcanzó a un segundo Ascendido y lo dejó herido, aunque tampoco consiguió detenerlo.

Los Ascendidos, mientras tanto, también habían cambiado.

La torpeza de sus primeros ataques había sido fácil de confundir con brutalidad. Ahora resultaba evidente que había sido otra cosa.

Ya casi ninguno parpadeaba ante la claridad.

Empezaban a calcular bien las distancias.

A anticipar los movimientos.

A combatir como si, minuto a minuto, el mundo de la superficie fuese dejando de resultarles extraño.

La Compañía había pasado los primeros momentos creyendo que empezaba a conocerlos.

En realidad, solo había conocido a los Ascendidos deslumbrados.

A partir de ahí cada paso atrás costó más.

Zan consiguió derribar al segundo Ascendido que Lucan había dejado herido con una flecha y, poco después, uno de los Ascendidos de capote rojizo se lanzó contra Ilyana.

Ella lo recibió con la espada bastarda.

Esta vez no hubo segundo intercambio.

La criatura cayó y, por primera vez desde que habían aparecido, el empuje de la Horda vaciló.

Seis de once.

Era suficiente para que escapar dejara de depender únicamente de correr más deprisa que aquello que los perseguía.

No era suficiente para ganar.

El del capote violeta hecho jirones llegó hasta Ilyana antes de que pudieran aprovechar aquel respiro. Su forma de moverse dejaba cada vez menos dudas de que los demás reconocían en él algún tipo de autoridad. Atacó, la obligó a defenderse y volvió a herirla.

A pocos pasos de allí, Alexander tenía sus propios problemas.

Dos Ascendidos lo acosaban casi al mismo tiempo. Ya no intentaba derribarlos. Peleaba para cortar cada choque lo antes posible, conservar el equilibrio y seguir retrocediendo sin separarse de Marika.

Durante unos instantes pareció que bastaría.

Entonces la luz verde volvió a recorrer el campo.

Alexander apenas tuvo tiempo de verla.

La descarga lo alcanzó de lleno y lo arrancó de su posición. Cayó entre la hierba y esta vez no volvió a levantarse.

Una descarga verdosa derriba a Alexander durante la retirada.

Marika se volvió hacia él.

Los Ascendidos siguieron avanzando.

La retirada dejó de ser una posibilidad que estaban preparando.

Se convirtió en lo único que quedaba.

El último en el campo

Marika dio medio paso hacia Alexander.

Los Ascendidos seguían viniendo.

Uno de ellos perdió finalmente el valor y abandonó la lucha, pero los demás continuaron avanzando. Quedarse allí seguía siendo una apuesta difícil de justificar.

Lucan y Zan ganaron distancia primero, todavía con los arcos en las manos. Ilyana retrocedió después, herida otra vez. Marika aguantó un instante más mirando hacia Alexander antes de aceptar lo evidente: intentar alcanzarlo entonces podía convertir un compañero caído en dos.

Se retiró con los demás.

Mikhail no tuvo tanta suerte.

No se quedó porque hubiese decidido que aquel era un buen momento para un juramento memorable, ni porque alguien le confiara solemnemente la misión de cubrir la retirada.

Simplemente fue el más lento.

Mientras los demás conseguían poner terreno de por medio, él seguía allí.

El último.

Con la vara de hueso entre las manos y cuatro Ascendidos acercándose.

Mikhail queda el último en el campo, frente al Ascendido del capote violeta.

Entre ellos venía el del capote violeta hecho jirones.

Hasta entonces había sido una figura más entre las criaturas mejor equipadas. Ahora, con el combate deshecho y los supervivientes agrupándose a su alrededor, resultaba más fácil comprender quién parecía dirigir aquella partida. Los otros le dejaban espacio y él avanzaba hacia Mikhail con la tranquilidad de quien cree que el trabajo difícil ya está hecho.

Mikhail retrocedió un paso y plantó la vara.

El Ascendido atacó.

El golpe llegó con fuerza suficiente para apartar cualquier defensa mal asentada. Mikhail recibió el impacto sobre la vara de hueso, cedió terreno y consiguió desviarlo. Durante aquel breve forcejeo, uno de los salientes del bastón se enganchó en el correaje de la criatura.

Algo se rasgó.

Algo pequeño quedó prendido entre hueso y cordaje.

Ninguno de los dos lo vio.

El Ascendido volvió a atacar antes de que Mikhail recuperara bien la posición.

Esta vez la vara no bastó.

Mikhail cayó sobre la hierba.

Con él terminó la batalla.

La Horda se quedó con el campo. La Compañía había ganado exactamente lo que necesitaba y nada más: la oportunidad de escapar.

Cuando consiguieron recuperar a los suyos, Alexander fue el primero.

Estaba maltrecho, pero vivo. Necesitaría tiempo para volver a ponerse en pie, aunque no demasiado; una conclusión que confirmaba una vez más que matar a Alexander Vardos parecía requerir bastante más empeño del que cabría esperar al verlo tendido en el suelo.

Con Mikhail hubo menos motivos para bromear.

Durante unos instantes pareció que no habría nada que hacer.

Las hojas de árbol de plata llevaban mucho tiempo viajando con la Compañía como una de esas precauciones cuyo mayor atractivo consiste en no tener que descubrir nunca si realmente son necesarias.

Aquella tarde lo fueron.

Gastaron una dosis.

Mikhail no se levantó. Tampoco abrió los ojos para asegurar que todo había sido una exageración, cosa que habría resultado considerablemente más cómoda para todos.

Pero respiraba.

Por el momento, bastaba.

(1 dosis de hoja de árbol de plata gastada. Alexander: recuperación 1 Turno. Mikhail: recuperación 7 Turnos.)

Fue más tarde, mientras revisaban el equipo de Mikhail, cuando descubrieron que la vara de hueso había traído algo consigo.

Un pequeño paquete encerado seguía atrapado entre el cordaje y los adornos del bastón. Una esquina estaba desgarrada y la cera conservaba las marcas del tirón que lo había arrancado del correaje del Ascendido del capote violeta.

Dentro había una carta.

O, al menos, algo escrito con la intención de parecerse a una.

Ninguno de ellos podía leerla.

Después de ver caer a dos compañeros y gastar una de sus hojas de árbol de plata, la Compañía de la Linterna había salido del encuentro con una carta robada por accidente cuyo contenido era completamente incomprensible.

Habían tenido jornadas más provechosas.

(Nueva investigación arcana: Carta cifrada; Opacidad 22.)

Rifllian dejó de ser una opción durante los días que siguieron.

Levantaron el campamento allí donde pudieron hacerlo sin volver a escuchar tierra removiéndose bajo las botas y dedicaron los días siguientes a cuidar de Alexander y, sobre todo, de Mikhail. Las heridas de Alexander lo mantendrían apartado durante algún tiempo. Las de Mikhail iban a exigir mucha más paciencia.

Mientras esperaban, la oportunidad de llevar suministros a los elfos de Rifllian terminó por desaparecer.

El mundo, naturalmente, no tuvo la cortesía de parar mientras ellos se recuperaban.

Antes de que concluyera aquel largo paréntesis llegaron noticias del sudeste. Cerca de Rugalov, en los límites del Dymrak, se había visto una fuerza desconocida de guerreros con yelmos cerrados merodeando por la región.

Para la noche del 3 de Sviftmont, la Compañía seguía acampada y tenía dos hombres todavía fuera de combate.

Otro asunto pendiente.

Por entonces empezaban a coleccionarlos.

Consulta la ficha viva de la Compañía de la Linterna

jueves, 10 de septiembre de 2026

5LFB — Karameikos #004 — Huesos en la niebla

Turnos 8–9 · 5–15 de Ambyrmont de 1000 AC

La lluvia

El otoño acababa de empezar y ya había encontrado la forma de meterse en todas partes.

En el Retiro de Seleran lo hizo en forma de lluvia.

Llovió lo suficiente para empapar el campamento, convertir las tareas más sencillas en una molestia y arruinarle el arco a Lucan. Este lo examinó durante un buen rato con el ceño fruncido, como si todavía existiese la posibilidad de que la madera comprendiera la gravedad de lo sucedido.

Ilyana tuvo más suerte con el agua. Bajó hasta el arroyo a pescar y volvió con una trucha. Los demás exploraron los alrededores, buscaron algo que añadir al puchero y empezaron a preparar la marcha. La exploración dio mejor resultado que la caza.

No había mucho más que los retuviera allí.

Partieron a la mañana siguiente.

Threshold quedaba todavía a algo más de tres jornadas de camino. Durante buena parte de ellas siguieron hacia el norte el curso del Wufwolde, que aparecía y desaparecía entre los árboles, siempre cerca aunque no siempre a la vista.

Pasaron de nuevo por Rifllian. Después por Verge.

No hubo monstruos, emboscadas ni viajeros particularmente memorables. Karameikos se limitó durante unos días a ser barro bajo las botas, bosque a ambos lados del camino y el río acompañándolos mientras avanzaban.

Ya era bastante.

En algún punto del camino aparecieron las primeras bandadas de ocas. Volaban hacia el sur en largas formaciones, dejando atrás el norte antes de que el otoño tuviera tiempo de ponerse serio.

Lucan las siguió con la mirada.

—Cobardes.

Nadie se molestó en contestarle.

En la cuarta jornada comenzaron a descender desde las estribaciones hacia las colinas de Threshold. El terreno fue abriéndose delante de ellos hasta que, finalmente, apareció el lago Windrush. 

Tras varios días siguiendo el Wufwolde hacia el norte, el lago Windrush anuncia el regreso a Threshold.

Junto al lago estaba Threshold, apretada contra la orilla y el río, con las montañas elevándose al norte y los primeros tonos del otoño apenas insinuándose en el paisaje.

Después de varios días de marcha, sus tejados y empalizadas producían en la Compañía una sensación curiosa. No era exactamente volver a casa, pero se le parecía cada vez más.

Llegaron el 9 de Ambyrmont.

En la entrada volvieron a dejar las armas conforme exigían las normas de la ciudad. El guardia que examinó el arco de Lucan decidió, después de comprobar su estado, que aquello difícilmente podía considerarse una amenaza inmediata y le permitió conservarlo cuando explicó que iba a llevarlo a reparar.

Vendieron los metales preciosos que todavía cargaban, pusieron algunas cuentas en orden y volvieron a instalarse en la ciudad.

Lucan, entretanto, seguía llevando bajo el brazo un arco arruinado.

Y aquella tarde decidió hacer algo al respecto.

Una puerta bajo Threshold

Lucan salió con el arco bajo el brazo y un propósito bastante modesto: encontrar a alguien capaz de repararlo.

La búsqueda empezó con un mozo de cuadras, continuó con un talabartero que no reparaba arcos y terminó con un hombre que sí conocía a alguien, aunque se mostró muy interesado en dejar claro que no lo conocía demasiado.

Lucan había aprendido hacía años que semejantes contradicciones rara vez eran inútiles.

Luego encontró una vendedora de manzanas.

Era rellenita, risueña y bastante más interesante que cualquier conversación sobre madera combada y cuerdas húmedas. Lucan se quedó junto al puesto mucho más tiempo del necesario, no compró ninguna manzana y obtuvo bastante menos de lo que esperaba de la conversación.

Cuando finalmente siguió su camino, la tarde casi se había desvanecido.

Para entonces había terminado en Isla de Fogor.

La vendedora se había quedado atrás, el arco seguía roto y Lucan no tenía ni manzanas ni vendedora a quien achuchar que justificasen el retraso.

Continuó andando.

Isla de Fogor cambiaba después del anochecer. No porque se volviera silenciosa, sino porque parecía desprenderse de cierta obligación de guardar las apariencias. Las casas se apretaban unas contra otras, las calles se estrechaban, alguna ventana seguía iluminada mucho después de que los comerciantes respetables hubieran cerrado y, en los callejones, la gente parecía saber exactamente adónde iba aunque procurase que nadie más lo supiera.

Junto al comienzo de una calle demasiado estrecha para merecer el nombre, Lucan encontró a un mendigo sentado sobre un saco doblado.

El hombre parecía dormir.

—Si buscas al fabricante del arco —dijo sin abrir los ojos—, has cruzado el puente equivocado.

Lucan miró el arco y después al mendigo.

—Es reconfortante encontrar por fin a alguien que sabe lo que estoy buscando.

El hombre abrió un ojo.

—No he dicho eso.

—Todavía más reconfortante.

Se llamaba Julianus. O, al menos, ese fue el nombre que ofreció cuando Lucan acabó consiguiendo que la conversación dejara de consistir en respuestas a preguntas que no había formulado.

Julianus examinó el arco desde donde estaba sentado.

—Eso tiene arreglo.

—Empiezo a apreciarte.

—Yo no lo arreglo.

—He dejado de apreciarte.

—Pero conozco gente que vende arcos.

—También conozco gente que vende arcos.

—No estos.

Lucan guardó silencio.

Julianus sonrió por primera vez.

A partir de ahí, las instrucciones llegaron de una manera curiosa. No parecían instrucciones. Una taberna. Una calle. Una cerveza que había que pedir por su color y no por su nombre. Y una cantidad que Lucan debía memorizar, aunque no le serviría para otra ocasión porque cambiaba a diario.

—¿Y si se me olvida?

—Entonces yo no bebería la cerveza.

—Me parece un sistema comercial mejorable.

—No buscan clientes.

Eso hizo que Lucan se interesara de verdad.

La Taberna del Callejón Oscuro no destacaba por nada.

La puerta estaba castigada por la humedad. Las mesas habían acumulado años de golpes, vino y cuchillos mal enfundados. Un par de hombres jugaban a los dados junto a una pared; otros tres bebían sin hablar. Nadie parecía particularmente interesado en Lucan.

El tabernero sí lo miró.

Mikhail Sarev tenía el cuerpo de un hombre que probablemente había dejado de separar las discusiones de las peleas hacía muchos años.

Lucan apoyó los antebrazos en la barra.

—Cerveza azul.

Sarev no respondió.

Lucan añadió la cantidad indicada por Julianus.

El tabernero siguió secando una jarra.

Después le indicó el acceso del fondo.

Al otro lado, Lucan acabó ante una habitación cubierta de espejos de suelo a techo.

Se detuvo apenas cruzó el umbral. Su propia silueta aparecía una vez, dos, cinco; una lámpara se convertía en media docena, y un movimiento en el extremo de la estancia podía estar a tres pasos o al otro lado de la pared.

Lucan descubre que bajo las calles de Threshold hay puertas que no figuran en ninguna guía. La Cámara de los Espejos guarda una de ellas.
En una de las paredes alguien había escrito:

La respuesta que buscas no está en el reflejo de tu mente.

Lucan recorrió los espejos uno por uno. Todos le devolvieron su cara, el arco roto y la luz de la lámpara.

Todos menos uno.

Se acercó y apoyó los dedos sobre la superficie. No era un espejo.

Era una puerta pintada para parecerlo.

Tras ella descendían unos peldaños de piedra.

El olor llegó antes que el sonido: humedad, barro, agua estancada y ese fondo agrio que tienen todas las ciudades cuando uno consigue mirar por debajo de sus calles.

Lucan bajó.

Los escalones desembocaban en un conducto antiguo. Más adelante, una luz amarillenta temblaba sobre piedra mojada. Se oían voces, el chapoteo de unas botas y, mucho más abajo, algo parecido al rumor de mucha gente procurando no hacer demasiado ruido.

Lucan avanzó lo suficiente para comprender que el pasadizo continuaba.

Y se detuvo.

No había salido aquella tarde para comprar nada. Tampoco tenía intención de descubrir hasta dónde llegaba la hospitalidad de Sarev sin que Zan supiera dónde buscar su cadáver.

Retrocedió.

Cuando volvió al alojamiento de la Compañía, Marika fue la primera en mirar el arco.

—Sigue roto.

—Sí.

Alexander levantó la vista.

—Una expedición provechosa, entonces.

Lucan dejó el arco sobre la mesa.

—Muchísimo.

Zan esperaba.

—¿Has encontrado quién pueda repararlo?

—No.

—¿Entonces?

Lucan se sentó.

—He encontrado un sitio donde quizá podamos comprar otro.

Mikhail frunció el ceño.

—En Threshold hay varios armeros.

—No como este.

Ilyana, que había permanecido callada, lo miró un momento.

—¿Robado?

Lucan hizo un gesto con la mano.

—Yo diría que de procedencia difícil de resumir.

Alexander sonrió.

—Robado.

—Esa es una interpretación innecesariamente breve.

Zan apoyó los codos en la mesa.

—¿Dónde?

—Debajo de Isla de Fogor. Se entra por una taberna, luego por una habitación llena de espejos y después por las alcantarillas. Hay una contraseña, aunque técnicamente es un pedido de cerveza, y mañana la mitad de lo que acabo de aprender ya no servirá porque cambian parte del procedimiento.

Marika lo observó.

—¿Y has entrado en el mercado?

—No.

—¿Has comprado algo?

—No.

—¿Has hablado con quien lo dirige?

—Tampoco.

Marika asintió.

—Entonces has encontrado una puerta.

Lucan sonrió.

—Exactamente.

Zan miró alrededor de la mesa y finalmente volvió a él.

—¿Puedes encontrarla otra vez?

—Sí.

Aquello bastó.

El arco de Lucan continuaba roto. La Compañía no era ni un Real más pobre ni un Real más rica que antes de que él saliera.

Pero bajo las calles de Threshold había ahora una puerta que, hasta aquella noche, no existía para ellos.

Y Lucan sabía cómo llamar.

(Resultado: Nido de Ladrones descubierto. Acceso al mercado clandestino bajo la Isla de Fogor; sin compras, contactos comerciales ni ofertas.)

Seis siguen siendo seis

En los días siguientes alguien quiso convertirse en el séptimo.

Se llamaba Deyan Markov, era un joven traladarano y se presentó voluntario para entrar en la Compañía.

Zan se encargó de entrevistarlo.

No fue un interrogatorio. Tampoco una conversación especialmente larga. Quiso saber quién era, qué esperaba encontrar entre ellos y, sobre todo, si debajo de aquellas enormes ganas de vivir aventuras había algo suficientemente sólido para sobrevivir a una.

Durante un rato, Deyan estuvo bastante cerca de conseguirlo.

Al final Zan decidió que no.

Se lo dijo sin humillarlo y sin adornar demasiado la respuesta.

La Compañía no se ampliaría.

Seis habían regresado a Threshold. Seis seguirían siendo seis.

(Evento de ciudad: aparece un joven voluntario. Zan decide no ampliar la Compañía.)

Había, además, cuestiones menos trascendentes y bastante más caras.

El arco de Lucan encontró por fin un viejo artesano que sabía tratar madera, cuerno y cuerda, y volvió a estar en condiciones de servir. Otra de las armas dañadas de la Compañía se mostró mucho menos agradecida con los esfuerzos por repararla.

(Actividad de campaña: reparar material. Arco simple de Lucan reparado; fracasa el intento de reparar otra de las armas dañadas.)

Una jornada ayudando a la guardia alivió las cuentas.

(Actividad de campaña: Ayudar a la guardia, compensa los gastos de mantenimiento.)

El mercado, por su parte, ofreció un costoso estuche de mapas, instrumentos y útiles para no perderse por los caminos, además de un escudo de una factura excelente.

Ambas cosas permanecieron en manos de sus vendedores.

(Mercado: equipo de cartografía y escudo de calidad disponibles; no adquiridos.)

Zan y Lucan tenían otro mercado que visitar.

La primera vez él había necesitado un mendigo, una contraseña y una habitación llena de espejos para descubrir que aquella puerta existía.

La segunda vez llevaba a Zan.

Sarev reconoció a Lucan. Eso ahorró explicaciones, aunque no sonrisas.

Descendieron otra vez por detrás de los espejos, dejaron atrás el olor de las alcantarillas y esta vez siguieron el pasadizo hasta el final.

La piedra acabó abriéndose en una caverna.

Allí abajo había un mercado.

No se parecía demasiado al de Threshold.

Unas cuantas lámparas ahumadas colgaban de ganchos o descansaban sobre cajas. Los puestos eran tablones, mantas extendidas en el suelo o simples rincones que alguien había decidido ocupar. Había herramientas sin marcas, armas cuya procedencia nadie parecía interesado en explicar, ropa demasiado buena para estar allí, objetos vulgares que costaban sospechosamente poco y otros cuya utilidad no resultaba evidente a primera vista.

Los vendedores hablaban bajo.

Los compradores, todavía más.

Algunos miraban las mercancías. Otros parecían prestar mucha más atención a quién las estaba mirando.

Zan no preguntó de dónde procedía nada.

Lucan tampoco.

Encontraron unas botas blandas, flexibles y de buen ajuste. No iban a convertir a Alexander en un hombre discreto, pero le permitirían afirmarse y cambiar de posición con rapidez cuando unos pocos pasos decidieran dónde empezaba una pelea.

Los dos pensaron en él.

No porque el enorme guerrero fuese especialmente conocido por la sutileza.

Precisamente por eso.

Cuando regresaron a la superficie, llevaban tres Reales menos y unas botas nuevas para Alexander.

(Compra: botas blandas para Alexander, −3 Reales. Antes del turno 1 puede desplazarse 3" después del despliegue.)

Mientras tanto, Ilyana había vuelto a la pesca.

El buen sitio del azud estaba ocupado y aquella vez no regresó con ningún pez. Tampoco volvió exactamente con las manos vacías. Cada jornada junto al agua empezaba a parecerse un poco menos a probar suerte y un poco más a saber dónde mirar, cuándo esperar y cuándo aceptar que los peces habían decidido ganar.

(Pesca: sin captura; progreso 2/4 → 3/4.)

Mikhail empleaba otra clase de paciencia.

Cuando los demás salían, comerciaban o discutían sobre la utilidad de las nuevas botas de Alexander, él seguía regresando al ornamento grabado.

Había pasado tiempo observándolo bajo luces distintas, siguiendo las incisiones con los dedos, comparando formas, descartando hipótesis y volviendo después a ellas con alguna pieza nueva en la cabeza.

Al principio el objeto había sido una pared.

Luego había empezado a mostrar grietas.

Ahora Mikhail sabía que estaba muy cerca.

Aquella vez volvió a girarlo bajo la lámpara. Recorrió uno de los grabados con la yema del dedo, se detuvo en una unión que ya había estudiado docenas de veces y permaneció así durante unos segundos.

No tenía todavía la respuesta.

Pero ya casi podía verla.

Quedaba algo por comprender.

Muy poco.

(Investigación: «El ornamento grabado», Opacidad 2/13 → 1/13.)

Threshold continuaba alrededor de ellos: guardias en las calles, mercancías sobre los puestos, cerveza en las tabernas, pescadores junto al lago y un mercado que oficialmente no existía debajo de Isla de Fogor.

Durante unos días, aquello fue la vida de la Compañía de la Linterna.

Después salieron de patrulla.

Y encontraron la niebla.

La patrulla

La patrulla había transcurrido sin demasiadas novedades hasta que Ilyana se detuvo junto al camino.

Había huellas. Muchas. Marcas de botas que no parecían desperdigarse como las de un grupo de viajeros, sino avanzar con una regularidad incómoda, casi en formación.

Más adelante encontró ramas quebradas, tierra removida y un pequeño fragmento de hierro comido por la herrumbre.

No había restos de comida. Ni cenizas. Ni basura abandonada al paso.

Aquello no se parecía al rastro de unos viajeros.

Podían dejarlo atrás y continuar la patrulla.

Decidieron seguirlo.

La niebla fue espesándose mientras se apartaban del camino y se internaban en el bosque. A veces podían ver diez o veinte pasos por delante; otras, una lengua blanquecina cruzaba entre los árboles y el mundo terminaba de repente a media distancia.

Al cabo de un tiempo, el rastro los condujo hasta unas ruinas.

Cuando aparecieron, lo hicieron por partes.

Primero un muro.

Después la esquina desdentada de una torre.

Luego las piedras oscuras de un patio donde la maleza crecía sin que nadie pareciera haberla molestado en años. 

El rastro se internó en la niebla y terminó ante unas ruinas que fueron apareciendo poco a poco entre los árboles.

Huesos en la niebla

Algo alto se movió entre dos árboles.

Zan alcanzó a ver primero la punta de una alabarda. El asta surgió después y, por último, la niebla dejó paso a unas manos huesudas que la sostenían y a un cráneo inclinado bajo un casco carcomido.

Otro apareció junto al patio.

Del tercero solo vieron durante unos instantes la alabarda desplazándose sola por encima de la bruma baja, hasta que el resto del cadáver decidió acompañarla.

Ilyana saltó el pequeño muro y avanzó hacia el que salía de las ruinas. Una ráfaga removió la niebla acumulada dentro del patio.

Durante un instante el espacio se despejó.

Había tres más.

La niebla se abrió sobre el patio el tiempo suficiente para mostrar que aún quedaban muertos por descubrir.

La niebla volvió a cerrarse alrededor de sus piernas antes de que Ilyana terminara de frenar.

Alexander llegó hasta ella.

Ahora sí pudieron contarlos.

Eran seis, y cada uno llevaba una alabarda mordida por el óxido.

Lucan y Marika bordearon las ruinas por el sur.

El plan era sencillo: hacerse ver y arrastrar tras ellos a tantos muertos como pudieran.

Marika corrió bordeando las ruinas y cuatro siluetas empezaron a seguirla.

Marika consiguió exactamente lo que pretendía: que demasiados muertos decidieran seguirla a ella.

 

La niebla se la tragó por el extremo oriental del edificio. Durante unos segundos solo se oyeron sus gritos, algún insulto y el golpeteo desigual de varias alabardas contra ramas y piedras.

Luego Marika volvió a aparecer por el otro lado.

Los muertos seguían empeñados en acompañarla.

Mikhail esperó hasta que las figuras estuvieron suficientemente separadas. Pronunció las palabras, cerró una mano y dos de las siluetas se detuvieron en mitad de la bruma, rígidas de repente, sujetas por fuerzas que solo él sabía comprender.

El plan era darle aire a Marika y dejarle a Lucan un par de blancos con la cortesía excepcional de no moverse.

El problema fue que los muertos resultaron bastante mejores recibiendo flechas que colaborando con planes.

Lucan acertó.

No sirvió de mucho.

Zan conocía ya la sensación. Había pasado buena parte de la pelea viendo cómo flechas que habrían puesto a un hombre de rodillas atravesaban costillas vacías o arrancaban astillas de hueso sin conseguir que aquellos muertos dejaran de avanzar.

Alexander tenía un método menos elegante.

Cuando alcanzaba a uno, procuraba que no quedase bastante estructura para seguir discutiendo.

Ilyana peleaba cerca de él, entrando y saliendo de la niebla cada vez que las formas se cerraban sobre las ruinas. Una alabarda consiguió abrirle una herida, pero ella siguió moviéndose.

Una mujer herida duda. Jadea. Mira la sangre. Quizá empiece a preguntarse si aquello merece la pena.

Los esqueletos no tenían nada con que hacerse esas preguntas.

Y todavía apareció otro.

Era más ligero que los demás y la niebla lo entregó sin ceremonia, como si hubiera estado esperando su turno detrás de las ruinas.

Siete.

A partir de ahí la pelea dejó de tener un frente claro. Las figuras aparecían y desaparecían tras muros quebrados o bancos de niebla; a veces se veía una espada antes que a quien la empuñaba, o se oía el golpe de una alabarda sin distinguir quién acababa de recibirlo.

Las voces de la Compañía ayudaban a encontrarse.

Los esqueletos tenían la desagradable ventaja de no necesitar hablar.

 

Entre los muros derruidos la pelea perdió cualquier forma ordenada; lo importante era seguir viendo a los tuyos.

Poco a poco empezaron a caer.

Alexander hizo la mayor parte del trabajo. Zan consiguió por fin que una de aquellas flechas encontrara algo suficientemente importante como para terminar una discusión. Ilyana derribó a otro.

Marika siguió corriendo durante mucho más tiempo del que cualquiera habría considerado razonable.

Lucan siguió disparando hasta buscar otra flecha y encontrar el carcaj vacío.

Miró la daga.

Luego miró los esqueletos.

—Dos espadas en el zurrón, las dos pidiendo herrador;
yo con daga de ocasión... ¡qué distinguido campeón!

Y entró.

La niebla se había cerrado otra vez alrededor de las ruinas cuando Lucan llegó con la daga. Marika alcanzó a verlo forcejear con un esqueleto, desaparecer medio paso detrás de una pared baja y volver a surgir cuando la alabarda le encontró el cuerpo.

Lucan trastabilló.

El siguiente golpe lo derribó y la bruma baja le cubrió casi hasta los hombros.

Esta vez no hubo copla.

Cuando consiguieron llegar hasta él, la pelea todavía no había terminado.

Quedaba uno.

Alexander lo alcanzó primero y lo dañó, pero el muerto siguió en pie.

Ilyana entró después.

El primer intercambio lo perdió.

En el segundo, la alabarda volvió a buscarla y ella apenas consiguió mantenerse en pie.

Entonces llegó la rabia: por la herida, por Lucan tendido detrás, por aquella niebla que les había ido entregando los muertos uno a uno y por aquellos huesos empeñados en seguir peleando cuando cualquier criatura razonable habría tenido la cortesía de morirse.

Ilyana golpeó con todo el cuerpo.

La espada chocó contra el entramado de huesos y siguió adelante con un crujido áspero. Ella acompañó el golpe, empujando todavía cuando ya debería haber bastado, hasta que la estructura del esqueleto cedió y la alabarda cayó entre las piedras.

La niebla pasó lentamente sobre los huesos.

Ilyana esperó.

Nada volvió a levantarse.

Esta vez, por fin, el que se quedó en el suelo fue el otro.

(Batalla: siete esqueletos destruidos. Lucan queda fuera de combate; Ilyana resulta herida. Sin bajas permanentes.)

De vuelta a Threshold

Lucan estaba vivo.

Al final, el golpe había sido bastante menos definitivo de lo que pareció cuando lo vieron desaparecer entre la niebla. Necesitaría recuperarse de una buena paliza y de la considerable humillación de haber terminado la batalla tumbado, pero nada más.

La herida de Ilyana resultó aparatosa, pero no grave. Con descanso y cuidados volvería a estar entera.

Seis habían salido.

Seis regresaban.

Antes de partir entraron en lo que quedaba de la torre.

La techumbre había desaparecido hacía años y dentro crecían ortigas, helechos y una mata baja que había aprovechado la humedad acumulada entre dos piedras desprendidas. Entre sus hojas asomaban las bayas pálidas de la brisa primaveral.

No era el tesoro que uno esperaría encontrar en una torre olvidada, pero nadie protestó.

(Botín: Bayas de brisa primaveral, 2 usos.)

Después emprendieron el regreso con un bardo desmayado, una guía ensangrentada y bastante menos curiosidad por aquellas ruinas de la que habían sentido al llegar.

Las ruinas desaparecieron antes de que el bosque terminara de ocultarlas.

Primero se perdió la torre, después los muros y, por último, hasta los árboles que las rodeaban quedaron borrados tras la bruma.

La niebla los acompañó todavía un trecho entre los troncos. Al acercarse de nuevo al camino empezó a romperse en jirones y finalmente se deshizo entre las ramas.

Detrás de ellos, en cambio, el bosque seguía blanco.

Y en algún lugar dentro de aquella blancura quedaban siete montones de huesos.

Enlace a la ficha de la banda 

sábado, 29 de agosto de 2026

5LFB — Karameikos #003 — Y alrededor de la linterna había seis

Desde la trocha no había nada que delatase a los hombres escondidos, pero se ocultaban entre la vegetación y las rocas.


El ornamento seguía sin querer contarles nada.

Habían copiado sus marcas, comparado unas con otras y regresado tantas veces a las mismas preguntas que Mikhail empezaba a reconocerlas antes incluso de sacar sus notas. Había un orden allí, de eso estaba convencido. Lo difícil era averiguar qué clase de orden.

En Threshold habían agotado las pistas que conocían.

Solo quedaba un nombre.

Petar.

Así que fueron a buscarlo.

Petar


Lo encontraron en Rifllian.

Petar examinó la pieza sobre la mesa mientras Zan, Mikhail y Marika aguardaban. La giró hacia la luz, se detuvo en algunos signos y volvió sobre otros antes de dejarla de nuevo frente a ellos.

—No vais a sacar mucho más de esto mirándolo.

Mikhail frunció el ceño.

—Eso llevamos haciendo bastante tiempo.

—Precisamente.

Marika se inclinó sobre el ornamento.

—¿No reconocéis las marcas?

—Algunas cosas. O creo reconocerlas. Que es bastante peor.

Zan había aprendido pronto que con Petar convenía no precipitar las preguntas.

Lo dejó pensar.

Funcionó.

El hombre volvió a coger la pieza.

—El problema no es que estos signos carezcan de sentido. Es que tienen el suficiente como para equivocarse con mucha seguridad.

Mikhail pareció apreciar la distinción.

—Necesitamos una referencia.

Petar lo señaló con el ornamento.

—Necesitáis un libro.

Aquello era mejor que otra conjetura, aunque todavía no pareciese una solución.

Zan sonrió.

—Supongo que ahora viene la parte en que nos decís que conocéis uno.

Petar se echó hacia atrás.

—Conozco a quien lo tiene.

Y les habló de Seleran.

Un elfo Callarii, antiguo escribiente y tasador, retirado en los bosques de Radlebb. Coleccionaba libros, manuscritos y documentos antiguos, y Petar creía que entre ellos conservaba un volumen capaz de ayudarles a reconocer la estructura de aquellas marcas.

Zan consiguió que la explicación no terminara ahí.

Preguntó por Seleran antes que por el libro: cómo era, qué relación tenía con Petar, si recibía visitantes, qué despertaba su interés y qué podía hacerle cerrar la puerta.

Cuando terminaron, no solo tenían un nombre y un lugar.

Sabían también cómo presentarse cuando llegaran.

Petar los despidió con una última advertencia.

—Decidle que vais de mi parte.

Lucan, que hasta entonces había dejado hablar a los demás, levantó la vista.

—¿Eso ayudará?

Petar lo pensó.

—Hará que tarde un poco más en echaros.

—Me conformo.

Una buena pesca


Ilyana encontró también ocasión para sacar los aparejos.

No siempre coincidían un lugar adecuado, unas horas libres y peces dispuestos a colaborar. Hasta entonces, cuando lo habían hecho, la recompensa tampoco había sido gran cosa.

Esta vez regresó con una captura capaz de cambiar la comida de todos.

Lucan contempló los peces.

—Empiezo a creer que sabes hacer esto.

Ilyana siguió limpiando el primero.

—Era cuestión de tiempo.

—Eso dices ahora.

—Eso decía antes.

Ilyana tampoco necesitó presumir.

La expresión con la que terminó de preparar el último pez bastaba.

Algunas cosas se aprenden dos veces


Mikhail siguió trabajando.

No solo con el ornamento.

Marika le ayudó a ordenar notas y referencias mientras él regresaba a fórmulas rituales que conocía desde hacía tiempo. Algunas las había pronunciado tantas veces que las palabras acudían antes que su significado.

En un momento determinado dejó la pluma.

Repitió una fórmula en voz baja.

Después otra.

Marika levantó la vista.

—¿Qué has encontrado?

Mikhail tardó en responder.

—Creo que llevaba tiempo pronunciándola correctamente por las razones equivocadas.

Marika consideró aquello.

—Eso suena bastante propio de ti.

Él estuvo a punto de protestar.

Luego sonrió.

—También creo que ahora sé por qué funciona.

Marika volvió a sus papeles.

—Eso suena algo mejor.

Hacia Radlebb


Cuando llegó el momento de abandonar Rifllian, Seleran los esperaba unas ocho millas hacia el sudoeste.

O, al menos, allí estaba su casa.

Que Seleran los esperase era otra cuestión.

No había una carretera que condujera hasta su puerta. Las indicaciones de Petar terminaron convertidas en una trocha secundaria que se internaba entre los árboles.

A partir de ahí, Ilyana se puso al frente.

No hizo falta anunciarlo.

En la primera bifurcación dudosa, los demás se detuvieron detrás de ella.

Ilyana estudió ambos ramales. Miró el suelo, apartó unas hojas con la bota y siguió con los ojos la vegetación a ambos lados del paso.

—Este.

Alexander observó el otro.

—Parecen iguales.

—No.

Y echó a andar.

Alexander contempló un instante ambos caminos.

Marika pasó a su lado.

—Ahora ya sabes cuál es.

No volvieron a discutirle una bifurcación.

La trocha se estrechaba y ensanchaba sin demasiada lógica. A veces se dejaba seguir con facilidad; otras quedaba reducida a una sucesión de claros entre matorrales y raíces.

Cuando parecía desaparecer, Ilyana encontraba alguna huella de paso: tierra desnuda bajo las hojas, hierba vencida, una rama quebrada donde no debería estarlo.

Petar les había explicado hacia dónde ir.

Ilyana estaba convirtiendo aquello en cómo llegar.

La Compañía se interna por la trocha que conduce hacia el retiro de Seleran.

El final del verano seguía aferrado al bosque. La luz caía cálida entre las ramas y el suelo permanecía seco bajo las botas.

Lucan llevaba un rato caminando cerca de Ilyana.

—¿Cómo sabes que seguimos en la trocha?

Ella señaló el suelo sin detenerse.

—Porque está ahí.

Lucan miró.

—Gracias.

—De nada.

Avanzaron otra docena de pasos.

—No veo nada.

Ilyana suspiró.

—Precisamente por eso voy delante.

Lucan sonrió y dejó de preguntar.

Habían recorrido ya buena parte del camino cuando Ilyana levantó una mano.

Todos se detuvieron.

No había visto a nadie.

Pero algo delante no le gustaba.

Alexander llevó una mano a la empuñadura.

—¿Qué pasa?

Ilyana escuchó.

Nada.

Entonces una voz salió de los árboles.

—Hasta aquí.

Nadie apareció para acompañarla.

Alexander miró hacia la espesura. Zan hizo lo mismo al otro lado de la trocha. El bosque, que llevaba horas limitándose a ser bosque, había adquirido de pronto demasiados lugares donde esconder a un hombre.

La voz reclamó un peaje.

Siguió el nombre de algún señor local, pronunciado con una seguridad que no consiguió hacerlo más convincente.

Después vino una cantidad.

Zan arqueó una ceja.

—¿Y por qué camino decís que estamos pagando?

Hubo un silencio.

El virote respondió por ellos.

Pasó entre la Compañía y se perdió entre los árboles con un golpe seco.

Lucan miró el lugar donde había desaparecido.

—Negocian fuerte por aquí.

—A los árboles —dijo Zan.

No necesitaron una segunda invitación.

Alexander desenvainó. Marika buscó un tronco que les cubriera el costado. Mikhail retrocedió unos pasos. Ilyana levantó el escudo y trató de localizar el punto del que había partido el disparo.

Y entonces volvió el silencio.

No uno verdadero.

Hojas moviéndose. Insectos. Algún pájaro que todavía no había decidido marcharse. Seis personas intentando escuchar por encima de su propia respiración.

Pero de los cobradores del peaje, nada.

Solo el bosque.

Y la certeza de que estaba lleno de hombres.

Lucan vio primero una sombra que no debía moverse.

Entrecerró los ojos.

Algo bajo y ancho se separó de un tronco.

Un hombre.

No.

Un enano.

Estaba mucho más cerca de lo que debería.

Lucan levantó el arco.

—Zan.

Ella siguió su mirada.

El enano ya venía hacia ellos.

Lucan fue el primero en descubrir al primer enemigo. El enano ya estaba demasiado cerca.

El peaje entre los árboles

Zan disparó.

La flecha encontró al enano cuando acababa de abandonar la protección del árbol.

Dio un traspié, quiso todavía avanzar y cayó entre los helechos.

No volvió a levantarse.

Durante un instante pareció que el bosque iba a tragarse otra vez a sus compañeros.

Entonces salieron todos.

Uno irrumpió por la izquierda de la trocha. Otro apareció entre las rocas. Más atrás, una silueta se movió fugazmente entre las ramas.

El ballestero seguía allí.

Y delante de Alexander apareció un hombre con un arma en cada mano.

Alexander fue hacia él.

—¡Alexander! —alcanzó a decir Zan.

Demasiado tarde.

El choque de acero resonó entre los árboles.

Marika vio cómo se abría la distancia entre Alexander y el resto.

Y corrió tras él.

El salteador atacó con ambas armas. Alexander desvió una, esquivó la otra y respondió con una estocada que obligó al hombre a retroceder.

Quiso seguirlo.

—No —dijo Marika al llegar.

Alexander apenas pudo mirarla.

—¿No qué?

—No vas más lejos.

El hombre volvió sobre ellos.

Esta vez tuvo dos hojas delante.

Cuando se revolvía contra Alexander, Marika entraba. Cuando intentaba apartarla, Alexander recuperaba espacio.

El salteador empezó a comprender que ninguno de los dos pensaba concedérselo.


Cerca de la trocha las cosas iban peor.

Zan ya no tenía espacio para el arco. Dos hombres cerraban sobre ella y Lucan mientras otro trataba de ganarles el costado.

Lucan retrocedió con una flecha en la cuerda.

—Nos están rodeando.

Zan echó mano del arma.

—Ya lo veo.

No hubo réplica.

Eso preocupó a Zan casi tanto como los hombres que tenía delante.

La pelea se había roto en pedazos.

Alexander y Marika combatían más adelante. Zan y Lucan cedían terreno entre los árboles. Mikhail buscaba un hueco entre unos y otros.

Ilyana lo vio.

—¡Juntos! ¡No dejéis que nos separen!

Pero ya estaban separados.

Entonces apareció el hombre del bigote.

Hasta aquel momento había sido poco más que una voz entre los árboles. De cerca era ancho de hombros y se movía como alguien acostumbrado a que los demás cedieran primero.

Ilyana le cerró el paso.

El hombre miró su escudo.

—Apártate.

Ilyana afirmó los pies.

—No.

El primer golpe chocó contra el escudo y la obligó a retroceder.

Ella respondió con la espada.

El bigotudo se apartó y volvió inmediatamente.

Otro golpe.

Esta vez Ilyana aguantó.

Su espada buscó el costado del hombre y casi lo encontró.

Él cambió entonces el ritmo.

Amagó arriba.

Ilyana levantó el escudo.

El verdadero ataque llegó desde el otro lado.

La alcanzó.

Mikhail gritó su nombre.

Ilyana intentó recomponerse, pero el hombre no le dio tiempo.

El siguiente golpe la derribó.

Reconstrucción ilustrada de la caída de Ilyana durante la emboscada.

El escudo quedó a un lado.

Ilyana, entre las hojas.

Durante un latido nadie pareció comprenderlo.

Después Zan gritó:

—¡Ilyana!

Mikhail corrió hacia ella.

Y algo cambió.

La sorpresa se había terminado.

Ya sabían dónde estaban los hombres que los atacaban.

Ya sabían lo que ocurriría si seguían permitiendo que los separasen.

Y uno de los suyos estaba en el suelo.

Zan dejó de buscar enemigos invisibles.

Lucan dejó de retroceder.

Alexander trató de volver hacia los demás.

Marika siguió junto a él.

El hombre de las dos armas atacó de nuevo y obligó a Alexander a ceder.

Marika entró.

El golpe no fue limpio.

Pero fue bueno.

El hombre se dobló y soltó una maldición.

Marika salió de su alcance antes de que pudiera responder.

—Ese lo has notado.

Alexander apenas apartó los ojos del enemigo.

—Mucho.

—No era para ti.

La ventaja de los salteadores empezó a desaparecer.

Mikhail llegó hasta Ilyana y cayó de rodillas junto a ella.

—Ilyana.

No obtuvo respuesta.

Le buscó la respiración.

Entonces ella aspiró de golpe y abrió los ojos.

Mikhail cerró los suyos un instante.

—No hagas eso.

Ilyana tardó un poco en enfocarlo.

—¿El qué?

—Eso.

Intentó incorporarse.

El dolor decidió por ella.

—Luego —dijo Mikhail.

Esta vez no discutió.

El último hombre


Cuando Alexander pudo volver a mirar alrededor, solo uno de sus adversarios seguía dispuesto a enfrentarse a ellos.

Era el hombre al que Marika había herido.

Respiraba con dificultad. Una de sus armas colgaba más baja que la otra.

Alexander avanzó.

Marika se colocó junto a él.

El hombre miró a uno.

Después a la otra.

—Dos contra uno.

Marika ladeó la cabeza.

—Érais seis.

Atacó.

Alexander apartó la primera hoja.

La segunda llegó demasiado rápido.

Marika obligó al hombre a desviarla.

Un instante.

Alexander no necesitó más.

Entró por el hueco.

La estocada fue limpia.

El salteador quedó inmóvil frente a él.

Después cayó.

Marika había abierto el hueco. Alexander no necesitó más.

Alexander permaneció unos segundos con la espada baja.

Marika seguía a su lado.

Él miró al hombre caído y después la herida que ella le había abierto antes.

—Creo que ese era tuyo.

—No seas generoso ahora.

—Has dicho que lo había notado.

—Lo ha notado.

Marika volvió la cabeza hacia Ilyana.

—Vamos.

Y fue ella quien echó a andar primero.

Después del peaje

Ilyana estaba sentada cuando llegaron hasta ella.

Eso bastó.

Zan se agachó frente a ella.

—¿Puedes levantarte?

Ilyana miró su escudo, caído a unos pasos, y después al bigotudo tendido entre los árboles.

—Sí.

Hizo una pausa.

—La pregunta es si quiero.

Lucan se acercó.

—Podemos quedarnos aquí. El sitio tiene encanto.

Ilyana lo miró.

—Ayúdame.

Lucan le ofreció la mano sin añadir nada.

Entre él y Mikhail consiguieron ponerla en pie.

La pelea había durado apenas unos minutos.

El lugar parecía otro.

Había armas entre las hojas. Sangre sobre la trocha. La flecha de Zan sobresalía cerca de donde había caído el enano.

Más allá, el virote de advertencia seguía clavado donde había terminado antes de que todo empezase.

Zan lo contempló.

—Menudo peaje.

Nadie respondió.

Registraron lo que los hombres habían dejado atrás.

No encontraron órdenes.

Ni documentos.

Ni sello alguno que demostrase que aquel supuesto señor tuviera derecho sobre el camino.

Sí había monedas.

También dos armas en un estado lamentable.

Marika levantó una y estudió el filo.

—Esta necesita algo más que una piedra de afilar.

Mikhail cogió la otra.

—Nos las llevamos.

Entre las pertenencias apareció también un pequeño envoltorio pesado.

Zan desató la tela.

Dentro había unos pequeños lingotes de metal precioso.

Los volvió a envolver.

Del señor en cuyo nombre habían intentado cobrarles no encontraron nada.

Ni siquiera un nombre en el que confiar.

Zan miró por última vez hacia los árboles.

—Recoged lo que podamos llevar.

Alexander limpió la espada antes de guardarla.

—¿Y ellos?

Zan miró los cuerpos.

—Ellos se quedan con su peaje.

Todavía tenían que encontrar a Seleran.

Las últimas millas

Volver a ponerse en marcha costó más que decidir hacerlo.

Ilyana insistió en recuperar su lugar delante.

Esta vez nadie comentó la velocidad.

En una bifurcación se detuvo bastante tiempo.

Alexander observó los dos ramales.

—¿Lo tienes?

—Estoy pensando.

Eso bastó.

Ilyana encontró una marca casi borrada en un tronco. Más adelante apareció otra.

—Por aquí.

Marika se acercó a la primera.

—Petar no mencionó ninguna marca.

—Probablemente no la vio.

—¿Callarii?

Ilyana negó con la cabeza.

—Podría ser. O de leñadores. O de alguien que necesitaba recordar dónde girar.

Lucan contempló la corteza.

—Muy tranquilizador.

Ilyana echó a andar.

—No necesitas saber quién hizo una marca para saber que alguien pasó por aquí.

Después de aquella tarde, nadie volvió a considerar insignificante una señal en un árbol.

La casa apareció cuando la luz empezaba a perder fuerza.

No era grande ni especialmente llamativa. Un pequeño claro, madera oscurecida por los años, ventanas estrechas y la sensación de que quien vivía allí había escogido cuidadosamente la distancia que quería mantener con el resto del mundo.

Ilyana se detuvo.

—Tiene que ser aquí.

Zan miró al grupo.

Polvo. Sangre seca. Ropa castigada por las ramas. Seis desconocidos armados llegando al final de la tarde.

No era exactamente una carta de presentación.

Se quitó el arco y se lo tendió a Lucan.

—Esperad aquí.

Seleran


El elfo que apareció ante ella no tenía aspecto de llevar años aguardando aquella visita.

—¿Sí?

—¿Seleran?

—Depende.

No había miedo en la respuesta.

Tampoco invitación.

Zan sonrió apenas.

—Entonces espero que dependa de Petar.

El nombre produjo un cambio pequeño.

Pero suficiente.

—¿Petar os ha enviado?

—Nos dio vuestro nombre y nos explicó cómo encontraros. Estamos estudiando una pieza antigua. Llegó hasta donde podía ayudarnos y pensó que quizá vos conservarais un libro que necesitamos consultar.

Seleran miró al resto de la Compañía.

Su atención se detuvo un instante más en Ilyana.

—Petar tiene demasiada confianza en mis estanterías.

Zan recordó lo que él mismo les había contado.

—No habló de vuestras estanterías. Habló de vuestra memoria.

El elfo volvió a mirarla.

Esta vez con algo más de interés.

—Eso suena más a Petar.

Zan sacó el ornamento.

No se lo tendió.

—También dijo que no viniéramos a exigir nada.

Seleran bajó los ojos hacia la pieza.

Y durante unos segundos los seis dejaron de ser el problema más interesante de la puerta.

—Acercaos.

Zan supo que ya habían pasado la parte difícil.

No porque Seleran confiase en ellos.

Porque ahora quería saber.

El libro de los signos


Dentro había libros en casi todas partes.

Estantes, cajas, carpetas atadas con cordel, tubos de mapas, volúmenes protegidos con telas. Algunos lomos habían envejecido mejor que otros; algunos parecían mantenerse enteros por pura obstinación.

Marika tardó muy poco en comprender que aquello no estaba desordenado.

Había pequeñas marcas en ciertos lomos. Números junto a algunas cajas. Tablillas que separaban grupos de libros que no parecían guardar relación entre sí.

Se detuvo.

—No los clasificáis solo por tema.

Seleran se volvió.

—No.

Marika señaló dos referencias.

—Estos dos remiten al mismo sitio.

El elfo se acercó.

—A la misma colección documental.

—Pero están en estantes distintos.

—Porque tratan asuntos distintos.

Marika siguió la secuencia de marcas con la vista.

—Entonces, si buscamos un sistema de signos, quizá el libro no esté donde esperaríamos encontrarlo.

Seleran la estudió un instante.

—Exactamente.

No añadió ningún elogio.

No hacía falta.

Mikhail ya se había aproximado a los estantes.

—¿Dónde estaría?

Marika señaló a Seleran.

—Eso tendrás que preguntárselo a él.

El elfo sonrió.

—Empezáis a caerme mejor.

Regresó poco después con un volumen ancho, de cubierta gastada.

Lo abrió sobre la mesa.

El ornamento quedó a su lado.

Y durante un buen rato todo se redujo a páginas y marcas.

Mikhail copiaba.

Comparaba.

Volvía atrás.

Seleran buscaba referencias en otros volúmenes.

Marika seguía más la disposición de las marcas que las explicaciones.

Zan escuchaba.

Alexander había acabado cerca de una ventana.

Ilyana, por fin sentada sin tener que justificarlo, descansaba junto a la pared.

Lucan encontró entretanto un pequeño volumen de romances antiguos.

Lo abrió por la mitad.

Leyó unos versos.

Retrocedió varias páginas.

Seleran reparó en él.

—Esa versión es mala.

Lucan no levantó la vista.

—Es distinta.

—Eso no la hace buena.

—No. Pero explica de dónde sale una estrofa que conozco.

Seleran pareció reconsiderar la cuestión.

—¿Cantáis?

Lucan mantuvo un dedo entre las páginas.

—Cuando consigo que me dejen.

Marika soltó una risa desde la mesa.

—Ese no es el problema.

Lucan la miró.

—Traición.

Y volvió al libro.

En la mesa, Mikhail llevaba demasiado tiempo atrapado en la misma comparación.

—No puede ser.

Marika acercó el ornamento.

—¿Qué no puede ser?

—Estos dos signos deberían corresponderse.

—¿Por qué?

Mikhail señaló primero una reproducción del libro y luego la pieza.

—La forma básica es la misma.

Marika no respondió enseguida.

Giró el ornamento.

Después otra vez.

—¿Y si estás cortando donde no debes?

Mikhail levantó la cabeza.

—¿Qué?

Marika señaló una sola marca.

—Estás mirando esto.

Movió el dedo.

Ahora abarcaba tres.

—Mira esto.

Giró la pieza unos dedos.

Había otro grupo.

No era idéntico.

Pero se parecía lo suficiente.

Mikhail cogió el libro.

Pasó dos páginas.

Tres.

Volvió atrás.

—Seleran.

El elfo se acercó.

Mikhail señaló una ilustración.

Luego el ornamento.

Seleran inclinó la cabeza.

—Ah.

Zan se inclinó sobre la mesa.

—Ese «ah» parece mejor que los anteriores.

Mikhail apenas la oyó.

—Hemos estado separando las marcas.

—Porque las estabais leyendo como signos independientes —dijo Seleran.

—Y no lo son.

—No siempre.

Mikhail encontró otra referencia.

—La posición modifica el sentido.

Ahora fue Zan quien miró de nuevo el ornamento.

—Aquí vuelve a aparecer.

Marika encontró otro grupo unos dedos más allá.

Tres.

Parecidos.

No iguales.

Construidos sobre el mismo patrón.

Alexander abandonó la ventana.

—¿Sabemos qué significan?

Mikhail miró primero el libro.

Después la pieza.

—No.

Alexander exhaló lentamente.

Mikhail levantó una mano.

—Pero ahora sabemos qué tenemos que comparar.

Eso sí era nuevo.

Marika volvió a estudiar los tres grupos.

—Hay cosas que se mantienen.

Señaló dos marcas.

—Y otras que cambian.

Mikhail siguió su dedo.

—Sí.

—Entonces quizá no tengamos que entenderlo todo de una vez.

Seleran miró a Marika.

—Eso también lo anotaría.

Mikhail ya lo estaba haciendo.

Marika se recostó en la silla.

—Ahora sí.

Él siguió escribiendo.

—¿Ahora sí qué?

—Puedes darme las gracias.

Mikhail tardó dos segundos más.

—Gracias.

Marika sonrió.

No habían descubierto quién había grabado el ornamento.

Ni para qué.

Ni qué significaban aquellos grupos.

Pero por primera vez el misterio había dejado una huella que podían seguir.

Hasta entonces tenían una superficie llena de signos.

Ahora tenían un patrón.

Lo que se cuenta en los caminos


Fue Ilyana quien devolvió la conversación al bosque.

Al recoger el escudo, Seleran reparó en su estado.

—Petar no vive tan lejos.

Ilyana ajustó la correa.

—Petar no ha sido el problema.

Seleran miró a Zan.

Ella le contó lo ocurrido.

No hizo de aquello una gran historia. Una voz desde los árboles. Un supuesto peaje. El nombre poco claro de algún señor. Un virote cuando hicieron demasiadas preguntas.

Y seis hombres esperando entre la vegetación.

Seleran dejó los papeles que estaba ordenando.

—¿Dónde?

Zan describió el lugar.

El elfo permaneció unos instantes en silencio.

—No sois los primeros.

Alexander levantó la cabeza.

—¿Han atacado a más viajeros?

—No he dicho eso.

Zan entendió la diferencia.

—Habéis oído hablar de peajes.

Seleran asintió.

—Desde hace una semana. Quizá algo más. Al sur y al oeste de Rifllian.

—¿Siempre igual? —preguntó Marika.

—Precisamente no.

Unos hablaban de derechos de paso. Otros, de tierras privadas. Otros aseguraban que cierto camino pertenecía a algún señor.

—¿El mismo señor?

Seleran sonrió sin alegría.

—Eso sería mucho más cómodo.

—¿Y los nombres? —preguntó Mikhail.

—Hay demasiados.

Marika apoyó los brazos sobre la mesa.

—Entonces sabemos que hay historias sobre gente cobrando por pasar. No sabemos que sean siempre los mismos.

Seleran la miró.

—Exactamente.

Zan no hizo la siguiente pregunta.

Esperó.

Ya había aprendido que Seleran distinguía con cuidado entre lo que sabía, lo que recordaba y lo que simplemente parecía probable.

El elfo terminó mirando hacia uno de los armarios.

—Hay otra cosa.

Mikhail dejó la pluma.

—Hace unas dos semanas alguien empezó a interesarse por documentos antiguos de estos bosques. Lindes, concesiones, derechos de paso.

Marika levantó la vista.

—¿Vino a pediros verlos?

—No.

Aquello pareció interesarle todavía más.

—Entonces ¿cómo lo sabéis?

—Porque no preguntó por los documentos. Preguntó por mí. Por los archivos que había conservado. Por mi trabajo como tasador. Por si todavía tenía copias de ciertas escrituras.

Marika miró las cajas que los rodeaban.

—Quería saber si las teníais antes de decidir si convenía que supierais que las buscaba.

Seleran sostuvo su mirada.

—Esa fue también mi impresión.

Alexander se acercó a la mesa.

—Peajes. Derechos de paso. Alguien buscando documentos sobre esos mismos derechos...

La conclusión estaba ahí.

Apenas necesitaba decirla.

Alexander se detuvo.

—Podría ser casualidad.

—Podría —dijo Seleran.

Ilyana seguía de pie.

—¿Hay algo más?

El elfo se volvió hacia ella.

—¿Por qué lo preguntáis?

—Porque todavía tenéis cara de estar pensando.

Seleran sonrió.

—Vos también prestáis demasiada atención.

—Es mi trabajo.

Eso pareció bastarle.

—Algunos Callarii que recorren senderos hacia el oeste han encontrado señales alteradas.

Ilyana dejó de ajustar el escudo.

—¿Alteradas cómo?

—Marcas borradas. Otras cambiadas de sitio. Indicaciones que ya no conducían adonde debían.

—¿En senderos conocidos?

—Para ellos, sí.

Ilyana frunció el ceño.

—Una trocha puede cerrarse. Puede abrirse otra. Un árbol cae y obliga a rodear.

Miró hacia la puerta.

—Pero las señales no deciden mudarse solas.

Ahora tenían tres historias delante.

Hombres cobrando derechos dudosos.

Alguien interesado en documentos que podían hablar de esos derechos.

Señales manipuladas en caminos apartados.

Era difícil no unirlas.

Zan lo vio en las caras.

—No.

Mikhail levantó la mirada.

—No he dicho nada.

—Todavía.

Marika sonrió apenas.

—Todos lo estábamos pensando.

Zan miró a Seleran.

—¿Vos también?

El elfo tardó en responder.

—Creo que tres cosas pueden parecer una historia mucho antes de convertirse en una.

Nadie discutió.

Tal vez las señales tuvieran una explicación sencilla.

Tal vez quien buscaba las escrituras tuviera una disputa legítima.

Tal vez los hombres del peaje no supieran nada de los otros dos asuntos.

—O puede que no —dijo Alexander.

—También.

Eso era todo.

No habían encontrado una conspiración.

Habían encontrado preguntas.

Y después del día que llevaban, nadie debería haber confundido una cosa con la otra.

Alrededor del fuego


Cenaron fuera.

La noche había enfriado el bosque.

Ilyana comía despacio, con el escudo y la espada al alcance de la mano. Mikhail había llevado sus notas hasta el fuego y continuaba consultándolas entre cucharada y cucharada.

Una ráfaga levantó una de las hojas.

Marika la atrapó antes de que alcanzase las llamas.

—Si quemas esa, no pienso ayudarte a reconstruirla.

Mikhail recuperó el papel.

—La tenía controlada.

Marika miró las brasas.

—Naturalmente.

Lucan tenía el laúd sobre las rodillas, aunque todavía no había tocado una sola nota.

Zan llevaba un rato observando a Alexander.

Él acabó por dejar el cuenco.

—¿Qué?

—Nada.

—Zan.

—Estoy esperando.

—¿A qué?

—A que digas eso que llevas media cena pensando.

Alexander miró el fuego.

Lucan pareció dispuesto a intervenir.

No lo hizo.

—Me precipité.

Nadie preguntó cuándo.

Marika fue la primera en responder.

—Sí.

Alexander la miró.

—Podrías fingir que me ha costado admitirlo.

—¿Para qué?

Él sonrió apenas.

Después bajó la vista hacia las llamas.

—No debería haberme alejado tanto.

—Yo fui detrás.

—Precisamente.

Marika dejó el cuenco.

—No.

Alexander frunció el ceño.

—Te obligué a exponerte.

—No me obligaste a nada.

—Si yo no hubiera...

—Alexander.

Lo hizo callar.

—Decidí seguirte. Decidí quedarme. Y cuando tuve ocasión de herir a aquel hombre, también decidí hacerlo.

Se inclinó un poco hacia él.

—No conviertas mi parte de la pelea en otro error tuyo.

Alexander sostuvo su mirada.

Esta vez tardó en responder.

—Tienes razón.

Marika recogió el cuenco.

—Eso está mejor.

Ilyana habló desde el otro lado del fuego.

—Además, tu carga no fue lo peor.

Alexander levantó la cabeza con una esperanza que duró muy poco.

—Gracias.

—He dicho que no fue lo peor.

Ilyana señaló vagamente el espacio entre ellos.

—Nos separaron.

Zan asintió.

—Alexander y Marika por un lado. Luka y yo por otro. Mikhail intentando llegar donde hacía falta. Tú con el bigotudo.

Ilyana se llevó una mano al costado.

—Hasta que dejé de estar con nadie.

Nadie sonrió.

Ilyana sí.

—Estoy sentada aquí. Podéis dejar de mirarme así.

Mikhail dobló cuidadosamente una de sus hojas.

—Durante unos segundos no sabía a quién ayudar primero.

Eso terminó con las bromas.

Zan miró el fuego.

—Ahí estuvo el problema. Cada uno estaba librando su propia pelea.

Alexander tardó un instante en responder.

—Y ellos estaban librando una sola.

La frase quedó entre los seis.

Lucan hizo girar una púa entre los dedos.

—Yo vi al enano demasiado tarde.

Zan se volvió hacia él.

—Lo viste antes que nosotros.

—Seguía estando encima.

—La próxima vez no esperes.

Lucan levantó la mirada.

—¿Aunque no esté seguro?

—Especialmente entonces. Si algo te parece mal, dilo. Ya decidiremos después si tenías razón.

Lucan asintió.

No hubo ninguna ocurrencia después.

Alexander reparó en ello.

También recordó a Luka retrocediendo entre los árboles sin salir corriendo. Al primero que había visto. La mano tendida a Ilyana cuando tocó levantarse.

Después miró a Marika.

La muchacha que había corrido detrás de él no había pasado el combate protegida a su espalda.

Y unas horas después, entre los libros de Seleran, había sido ella quien había visto algo que Mikhail no estaba viendo.

Alexander había sido educado para distinguir muy pronto quién ocupaba qué lugar.

Quizá por eso le molestó tardar tanto en comprender que algunos lugares habían cambiado.

Mikhail volvió a extender una hoja.

Marika lo vio.

—No.

—Solo quiero enseñaros una cosa.

—Eso dices siempre.

Mikhail dibujó tres pequeños grupos de signos.

—Mirad.

Acabaron mirando.

Incluso Marika.

Señaló las partes que se repetían y las pequeñas variaciones que habían descubierto aquella tarde.

Alexander estudió los dibujos.

—¿Seguimos sin saber qué dice?

—Sí.

—Magnífico.

Lucan sonrió.

—Cuidado. Esa debería haber sido mía.

Alexander alzó la vista.

—Tendrás que ser más rápido.

Esta vez rieron todos.

Ilyana también, hasta que el costado le recordó que debía hacerlo con más prudencia.

La conversación fue apagándose con el fuego.

Mikhail guardó por fin las notas.

Lucan dejó sonar unas notas suaves del laúd, más para acompañar el silencio que para romperlo.

Ilyana tenía ya los ojos medio cerrados.

Marika se había sentado cerca de Zan.

Alexander siguió despierto.

Durante años había imaginado las historias de aventuras de una forma bastante sencilla.

Alguien daba un paso al frente.

Los demás lo seguían.

Aquella tarde había dado ese paso.

Y casi había conseguido que los mataran por partes.

Miró el círculo alrededor del fuego.

Zan no necesitaba seguirlo.

Ilyana tampoco.

Mikhail recorría caminos que Alexander apenas comprendía.

Marika había dejado bastante claro lo que pensaba de quedarse atrás.

Y Luka...

Alexander observó al músico mientras afinaba una cuerda.

Luka había dejado de parecerle alguien que simplemente viajaba con ellos.

Quizá hacía tiempo que había dejado de serlo.

Alexander cogió una rama y la empujó hacia el centro de las brasas.

—La próxima vez.

Zan abrió un ojo.

—¿Sí?

Alexander miró a los cinco.

—La próxima vez, ninguno pelea solo.

Marika apoyó el mentón sobre las rodillas.

—Eso incluye esperarnos.

Alexander sonrió.

—Estoy trabajando en ello.

Lucan pulsó una cuerda.

—Lentamente.

—No abuses del momento, Luka.

El acorde siguiente sonó sospechosamente alegre.

Y por aquella noche fue suficiente.

Principios de otoño


Los días siguientes pasaron sin otro sobresalto comparable.

El último calor del verano fue desapareciendo entre los árboles.

El libro de Seleran seguía abierto para ellos.

El ornamento continuaba guardando la mayor parte de su secreto.

Las preguntas sobre los hombres del peaje tampoco habían encontrado respuesta.

Pero algunas cosas sí habían cambiado.

Donde antes solo veían signos, ahora podían reconocer una estructura.

Sabían también que algo extraño estaba ocurriendo en los caminos de Radlebb, aunque todavía fuese demasiado pronto para darle un solo nombre.

Y habían aprendido algo acerca de sí mismos que no estaba escrito en ningún libro.

Cuando cayó la noche del 4 de Ambyrmont, seguían acampados junto al retiro de Seleran.

El otoño acababa de comenzar en Karameikos.

Sobre una manta descansaba el ornamento.

Más allá del fuego empezaba el bosque.

Y alrededor de la linterna había seis.