jueves, 10 de septiembre de 2026

5LFB — Karameikos #004 — Huesos en la niebla

Turnos 8–9 · 5–15 de Ambyrmont de 1000 AC

La lluvia

El otoño acababa de empezar y ya había encontrado la forma de meterse en todas partes.

En el Retiro de Seleran lo hizo en forma de lluvia.

Llovió lo suficiente para empapar el campamento, convertir las tareas más sencillas en una molestia y arruinarle el arco a Lucan. Este lo examinó durante un buen rato con el ceño fruncido, como si todavía existiese la posibilidad de que la madera comprendiera la gravedad de lo sucedido.

Ilyana tuvo más suerte con el agua. Bajó hasta el arroyo a pescar y volvió con una trucha. Los demás exploraron los alrededores, buscaron algo que añadir al puchero y empezaron a preparar la marcha. La exploración dio mejor resultado que la caza.

No había mucho más que los retuviera allí.

Partieron a la mañana siguiente.

Threshold quedaba todavía a algo más de tres jornadas de camino. Durante buena parte de ellas siguieron hacia el norte el curso del Wufwolde, que aparecía y desaparecía entre los árboles, siempre cerca aunque no siempre a la vista.

Pasaron de nuevo por Rifllian. Después por Verge.

No hubo monstruos, emboscadas ni viajeros particularmente memorables. Karameikos se limitó durante unos días a ser barro bajo las botas, bosque a ambos lados del camino y el río acompañándolos mientras avanzaban.

Ya era bastante.

En algún punto del camino aparecieron las primeras bandadas de ocas. Volaban hacia el sur en largas formaciones, dejando atrás el norte antes de que el otoño tuviera tiempo de ponerse serio.

Lucan las siguió con la mirada.

—Cobardes.

Nadie se molestó en contestarle.

En la cuarta jornada comenzaron a descender desde las estribaciones hacia las colinas de Threshold. El terreno fue abriéndose delante de ellos hasta que, finalmente, apareció el lago Windrush. 

Tras varios días siguiendo el Wufwolde hacia el norte, el lago Windrush anuncia el regreso a Threshold.

Junto al lago estaba Threshold, apretada contra la orilla y el río, con las montañas elevándose al norte y los primeros tonos del otoño apenas insinuándose en el paisaje.

Después de varios días de marcha, sus tejados y empalizadas producían en la Compañía una sensación curiosa. No era exactamente volver a casa, pero se le parecía cada vez más.

Llegaron el 9 de Ambyrmont.

En la entrada volvieron a dejar las armas conforme exigían las normas de la ciudad. El guardia que examinó el arco de Lucan decidió, después de comprobar su estado, que aquello difícilmente podía considerarse una amenaza inmediata y le permitió conservarlo cuando explicó que iba a llevarlo a reparar.

Vendieron los metales preciosos que todavía cargaban, pusieron algunas cuentas en orden y volvieron a instalarse en la ciudad.

Lucan, entretanto, seguía llevando bajo el brazo un arco arruinado.

Y aquella tarde decidió hacer algo al respecto.

Una puerta bajo Threshold

Lucan salió con el arco bajo el brazo y un propósito bastante modesto: encontrar a alguien capaz de repararlo.

La búsqueda empezó con un mozo de cuadras, continuó con un talabartero que no reparaba arcos y terminó con un hombre que sí conocía a alguien, aunque se mostró muy interesado en dejar claro que no lo conocía demasiado.

Lucan había aprendido hacía años que semejantes contradicciones rara vez eran inútiles.

Luego encontró una vendedora de manzanas.

Era rellenita, risueña y bastante más interesante que cualquier conversación sobre madera combada y cuerdas húmedas. Lucan se quedó junto al puesto mucho más tiempo del necesario, no compró ninguna manzana y obtuvo bastante menos de lo que esperaba de la conversación.

Cuando finalmente siguió su camino, la tarde casi se había desvanecido.

Para entonces había terminado en Isla de Fogor.

La vendedora se había quedado atrás, el arco seguía roto y Lucan no tenía ni manzanas ni vendedora a quien achuchar que justificasen el retraso.

Continuó andando.

Isla de Fogor cambiaba después del anochecer. No porque se volviera silenciosa, sino porque parecía desprenderse de cierta obligación de guardar las apariencias. Las casas se apretaban unas contra otras, las calles se estrechaban, alguna ventana seguía iluminada mucho después de que los comerciantes respetables hubieran cerrado y, en los callejones, la gente parecía saber exactamente adónde iba aunque procurase que nadie más lo supiera.

Junto al comienzo de una calle demasiado estrecha para merecer el nombre, Lucan encontró a un mendigo sentado sobre un saco doblado.

El hombre parecía dormir.

—Si buscas al fabricante del arco —dijo sin abrir los ojos—, has cruzado el puente equivocado.

Lucan miró el arco y después al mendigo.

—Es reconfortante encontrar por fin a alguien que sabe lo que estoy buscando.

El hombre abrió un ojo.

—No he dicho eso.

—Todavía más reconfortante.

Se llamaba Julianus. O, al menos, ese fue el nombre que ofreció cuando Lucan acabó consiguiendo que la conversación dejara de consistir en respuestas a preguntas que no había formulado.

Julianus examinó el arco desde donde estaba sentado.

—Eso tiene arreglo.

—Empiezo a apreciarte.

—Yo no lo arreglo.

—He dejado de apreciarte.

—Pero conozco gente que vende arcos.

—También conozco gente que vende arcos.

—No estos.

Lucan guardó silencio.

Julianus sonrió por primera vez.

A partir de ahí, las instrucciones llegaron de una manera curiosa. No parecían instrucciones. Una taberna. Una calle. Una cerveza que había que pedir por su color y no por su nombre. Y una cantidad que Lucan debía memorizar, aunque no le serviría para otra ocasión porque cambiaba a diario.

—¿Y si se me olvida?

—Entonces yo no bebería la cerveza.

—Me parece un sistema comercial mejorable.

—No buscan clientes.

Eso hizo que Lucan se interesara de verdad.

La Taberna del Callejón Oscuro no destacaba por nada.

La puerta estaba castigada por la humedad. Las mesas habían acumulado años de golpes, vino y cuchillos mal enfundados. Un par de hombres jugaban a los dados junto a una pared; otros tres bebían sin hablar. Nadie parecía particularmente interesado en Lucan.

El tabernero sí lo miró.

Mikhail Sarev tenía el cuerpo de un hombre que probablemente había dejado de separar las discusiones de las peleas hacía muchos años.

Lucan apoyó los antebrazos en la barra.

—Cerveza azul.

Sarev no respondió.

Lucan añadió la cantidad indicada por Julianus.

El tabernero siguió secando una jarra.

Después le indicó el acceso del fondo.

Al otro lado, Lucan acabó ante una habitación cubierta de espejos de suelo a techo.

Se detuvo apenas cruzó el umbral. Su propia silueta aparecía una vez, dos, cinco; una lámpara se convertía en media docena, y un movimiento en el extremo de la estancia podía estar a tres pasos o al otro lado de la pared.

Lucan descubre que bajo las calles de Threshold hay puertas que no figuran en ninguna guía. La Cámara de los Espejos guarda una de ellas.
En una de las paredes alguien había escrito:

La respuesta que buscas no está en el reflejo de tu mente.

Lucan recorrió los espejos uno por uno. Todos le devolvieron su cara, el arco roto y la luz de la lámpara.

Todos menos uno.

Se acercó y apoyó los dedos sobre la superficie. No era un espejo.

Era una puerta pintada para parecerlo.

Tras ella descendían unos peldaños de piedra.

El olor llegó antes que el sonido: humedad, barro, agua estancada y ese fondo agrio que tienen todas las ciudades cuando uno consigue mirar por debajo de sus calles.

Lucan bajó.

Los escalones desembocaban en un conducto antiguo. Más adelante, una luz amarillenta temblaba sobre piedra mojada. Se oían voces, el chapoteo de unas botas y, mucho más abajo, algo parecido al rumor de mucha gente procurando no hacer demasiado ruido.

Lucan avanzó lo suficiente para comprender que el pasadizo continuaba.

Y se detuvo.

No había salido aquella tarde para comprar nada. Tampoco tenía intención de descubrir hasta dónde llegaba la hospitalidad de Sarev sin que Zan supiera dónde buscar su cadáver.

Retrocedió.

Cuando volvió al alojamiento de la Compañía, Marika fue la primera en mirar el arco.

—Sigue roto.

—Sí.

Alexander levantó la vista.

—Una expedición provechosa, entonces.

Lucan dejó el arco sobre la mesa.

—Muchísimo.

Zan esperaba.

—¿Has encontrado quién pueda repararlo?

—No.

—¿Entonces?

Lucan se sentó.

—He encontrado un sitio donde quizá podamos comprar otro.

Mikhail frunció el ceño.

—En Threshold hay varios armeros.

—No como este.

Ilyana, que había permanecido callada, lo miró un momento.

—¿Robado?

Lucan hizo un gesto con la mano.

—Yo diría que de procedencia difícil de resumir.

Alexander sonrió.

—Robado.

—Esa es una interpretación innecesariamente breve.

Zan apoyó los codos en la mesa.

—¿Dónde?

—Debajo de Isla de Fogor. Se entra por una taberna, luego por una habitación llena de espejos y después por las alcantarillas. Hay una contraseña, aunque técnicamente es un pedido de cerveza, y mañana la mitad de lo que acabo de aprender ya no servirá porque cambian parte del procedimiento.

Marika lo observó.

—¿Y has entrado en el mercado?

—No.

—¿Has comprado algo?

—No.

—¿Has hablado con quien lo dirige?

—Tampoco.

Marika asintió.

—Entonces has encontrado una puerta.

Lucan sonrió.

—Exactamente.

Zan miró alrededor de la mesa y finalmente volvió a él.

—¿Puedes encontrarla otra vez?

—Sí.

Aquello bastó.

El arco de Lucan continuaba roto. La Compañía no era ni un Real más pobre ni un Real más rica que antes de que él saliera.

Pero bajo las calles de Threshold había ahora una puerta que, hasta aquella noche, no existía para ellos.

Y Lucan sabía cómo llamar.

(Resultado: Nido de Ladrones descubierto. Acceso al mercado clandestino bajo la Isla de Fogor; sin compras, contactos comerciales ni ofertas.)

Seis siguen siendo seis

En los días siguientes alguien quiso convertirse en el séptimo.

Se llamaba Deyan Markov, era un joven traladarano y se presentó voluntario para entrar en la Compañía.

Zan se encargó de entrevistarlo.

No fue un interrogatorio. Tampoco una conversación especialmente larga. Quiso saber quién era, qué esperaba encontrar entre ellos y, sobre todo, si debajo de aquellas enormes ganas de vivir aventuras había algo suficientemente sólido para sobrevivir a una.

Durante un rato, Deyan estuvo bastante cerca de conseguirlo.

Al final Zan decidió que no.

Se lo dijo sin humillarlo y sin adornar demasiado la respuesta.

La Compañía no se ampliaría.

Seis habían regresado a Threshold. Seis seguirían siendo seis.

(Evento de ciudad: aparece un joven voluntario. Zan decide no ampliar la Compañía.)

Había, además, cuestiones menos trascendentes y bastante más caras.

El arco de Lucan encontró por fin un viejo artesano que sabía tratar madera, cuerno y cuerda, y volvió a estar en condiciones de servir. Otra de las armas dañadas de la Compañía se mostró mucho menos agradecida con los esfuerzos por repararla.

(Actividad de campaña: reparar material. Arco simple de Lucan reparado; fracasa el intento de reparar otra de las armas dañadas.)

Una jornada ayudando a la guardia alivió las cuentas.

(Actividad de campaña: Ayudar a la guardia, compensa los gastos de mantenimiento.)

El mercado, por su parte, ofreció un costoso estuche de mapas, instrumentos y útiles para no perderse por los caminos, además de un escudo de una factura excelente.

Ambas cosas permanecieron en manos de sus vendedores.

(Mercado: equipo de cartografía y escudo de calidad disponibles; no adquiridos.)

Zan y Lucan tenían otro mercado que visitar.

La primera vez él había necesitado un mendigo, una contraseña y una habitación llena de espejos para descubrir que aquella puerta existía.

La segunda vez llevaba a Zan.

Sarev reconoció a Lucan. Eso ahorró explicaciones, aunque no sonrisas.

Descendieron otra vez por detrás de los espejos, dejaron atrás el olor de las alcantarillas y esta vez siguieron el pasadizo hasta el final.

La piedra acabó abriéndose en una caverna.

Allí abajo había un mercado.

No se parecía demasiado al de Threshold.

Unas cuantas lámparas ahumadas colgaban de ganchos o descansaban sobre cajas. Los puestos eran tablones, mantas extendidas en el suelo o simples rincones que alguien había decidido ocupar. Había herramientas sin marcas, armas cuya procedencia nadie parecía interesado en explicar, ropa demasiado buena para estar allí, objetos vulgares que costaban sospechosamente poco y otros cuya utilidad no resultaba evidente a primera vista.

Los vendedores hablaban bajo.

Los compradores, todavía más.

Algunos miraban las mercancías. Otros parecían prestar mucha más atención a quién las estaba mirando.

Zan no preguntó de dónde procedía nada.

Lucan tampoco.

Encontraron unas botas blandas, flexibles y de buen ajuste. No iban a convertir a Alexander en un hombre discreto, pero le permitirían afirmarse y cambiar de posición con rapidez cuando unos pocos pasos decidieran dónde empezaba una pelea.

Los dos pensaron en él.

No porque el enorme guerrero fuese especialmente conocido por la sutileza.

Precisamente por eso.

Cuando regresaron a la superficie, llevaban tres Reales menos y unas botas nuevas para Alexander.

(Compra: botas blandas para Alexander, −3 Reales. Antes del turno 1 puede desplazarse 3" después del despliegue.)

Mientras tanto, Ilyana había vuelto a la pesca.

El buen sitio del azud estaba ocupado y aquella vez no regresó con ningún pez. Tampoco volvió exactamente con las manos vacías. Cada jornada junto al agua empezaba a parecerse un poco menos a probar suerte y un poco más a saber dónde mirar, cuándo esperar y cuándo aceptar que los peces habían decidido ganar.

(Pesca: sin captura; progreso 2/4 → 3/4.)

Mikhail empleaba otra clase de paciencia.

Cuando los demás salían, comerciaban o discutían sobre la utilidad de las nuevas botas de Alexander, él seguía regresando al ornamento grabado.

Había pasado tiempo observándolo bajo luces distintas, siguiendo las incisiones con los dedos, comparando formas, descartando hipótesis y volviendo después a ellas con alguna pieza nueva en la cabeza.

Al principio el objeto había sido una pared.

Luego había empezado a mostrar grietas.

Ahora Mikhail sabía que estaba muy cerca.

Aquella vez volvió a girarlo bajo la lámpara. Recorrió uno de los grabados con la yema del dedo, se detuvo en una unión que ya había estudiado docenas de veces y permaneció así durante unos segundos.

No tenía todavía la respuesta.

Pero ya casi podía verla.

Quedaba algo por comprender.

Muy poco.

(Investigación: «El ornamento grabado», Opacidad 2/13 → 1/13.)

Threshold continuaba alrededor de ellos: guardias en las calles, mercancías sobre los puestos, cerveza en las tabernas, pescadores junto al lago y un mercado que oficialmente no existía debajo de Isla de Fogor.

Durante unos días, aquello fue la vida de la Compañía de la Linterna.

Después salieron de patrulla.

Y encontraron la niebla.

La patrulla

La patrulla había transcurrido sin demasiadas novedades hasta que Ilyana se detuvo junto al camino.

Había huellas. Muchas. Marcas de botas que no parecían desperdigarse como las de un grupo de viajeros, sino avanzar con una regularidad incómoda, casi en formación.

Más adelante encontró ramas quebradas, tierra removida y un pequeño fragmento de hierro comido por la herrumbre.

No había restos de comida. Ni cenizas. Ni basura abandonada al paso.

Aquello no se parecía al rastro de unos viajeros.

Podían dejarlo atrás y continuar la patrulla.

Decidieron seguirlo.

La niebla fue espesándose mientras se apartaban del camino y se internaban en el bosque. A veces podían ver diez o veinte pasos por delante; otras, una lengua blanquecina cruzaba entre los árboles y el mundo terminaba de repente a media distancia.

Al cabo de un tiempo, el rastro los condujo hasta unas ruinas.

Cuando aparecieron, lo hicieron por partes.

Primero un muro.

Después la esquina desdentada de una torre.

Luego las piedras oscuras de un patio donde la maleza crecía sin que nadie pareciera haberla molestado en años. 

El rastro se internó en la niebla y terminó ante unas ruinas que fueron apareciendo poco a poco entre los árboles.

Huesos en la niebla

Algo alto se movió entre dos árboles.

Zan alcanzó a ver primero la punta de una alabarda. El asta surgió después y, por último, la niebla dejó paso a unas manos huesudas que la sostenían y a un cráneo inclinado bajo un casco carcomido.

Otro apareció junto al patio.

Del tercero solo vieron durante unos instantes la alabarda desplazándose sola por encima de la bruma baja, hasta que el resto del cadáver decidió acompañarla.

Ilyana saltó el pequeño muro y avanzó hacia el que salía de las ruinas. Una ráfaga removió la niebla acumulada dentro del patio.

Durante un instante el espacio se despejó.

Había tres más.

La niebla se abrió sobre el patio el tiempo suficiente para mostrar que aún quedaban muertos por descubrir.

La niebla volvió a cerrarse alrededor de sus piernas antes de que Ilyana terminara de frenar.

Alexander llegó hasta ella.

Ahora sí pudieron contarlos.

Eran seis, y cada uno llevaba una alabarda mordida por el óxido.

Lucan y Marika bordearon las ruinas por el sur.

El plan era sencillo: hacerse ver y arrastrar tras ellos a tantos muertos como pudieran.

Marika corrió bordeando las ruinas y cuatro siluetas empezaron a seguirla.

Marika consiguió exactamente lo que pretendía: que demasiados muertos decidieran seguirla a ella.

 

La niebla se la tragó por el extremo oriental del edificio. Durante unos segundos solo se oyeron sus gritos, algún insulto y el golpeteo desigual de varias alabardas contra ramas y piedras.

Luego Marika volvió a aparecer por el otro lado.

Los muertos seguían empeñados en acompañarla.

Mikhail esperó hasta que las figuras estuvieron suficientemente separadas. Pronunció las palabras, cerró una mano y dos de las siluetas se detuvieron en mitad de la bruma, rígidas de repente, sujetas por fuerzas que solo él sabía comprender.

El plan era darle aire a Marika y dejarle a Lucan un par de blancos con la cortesía excepcional de no moverse.

El problema fue que los muertos resultaron bastante mejores recibiendo flechas que colaborando con planes.

Lucan acertó.

No sirvió de mucho.

Zan conocía ya la sensación. Había pasado buena parte de la pelea viendo cómo flechas que habrían puesto a un hombre de rodillas atravesaban costillas vacías o arrancaban astillas de hueso sin conseguir que aquellos muertos dejaran de avanzar.

Alexander tenía un método menos elegante.

Cuando alcanzaba a uno, procuraba que no quedase bastante estructura para seguir discutiendo.

Ilyana peleaba cerca de él, entrando y saliendo de la niebla cada vez que las formas se cerraban sobre las ruinas. Una alabarda consiguió abrirle una herida, pero ella siguió moviéndose.

Una mujer herida duda. Jadea. Mira la sangre. Quizá empiece a preguntarse si aquello merece la pena.

Los esqueletos no tenían nada con que hacerse esas preguntas.

Y todavía apareció otro.

Era más ligero que los demás y la niebla lo entregó sin ceremonia, como si hubiera estado esperando su turno detrás de las ruinas.

Siete.

A partir de ahí la pelea dejó de tener un frente claro. Las figuras aparecían y desaparecían tras muros quebrados o bancos de niebla; a veces se veía una espada antes que a quien la empuñaba, o se oía el golpe de una alabarda sin distinguir quién acababa de recibirlo.

Las voces de la Compañía ayudaban a encontrarse.

Los esqueletos tenían la desagradable ventaja de no necesitar hablar.

 

Entre los muros derruidos la pelea perdió cualquier forma ordenada; lo importante era seguir viendo a los tuyos.

Poco a poco empezaron a caer.

Alexander hizo la mayor parte del trabajo. Zan consiguió por fin que una de aquellas flechas encontrara algo suficientemente importante como para terminar una discusión. Ilyana derribó a otro.

Marika siguió corriendo durante mucho más tiempo del que cualquiera habría considerado razonable.

Lucan siguió disparando hasta buscar otra flecha y encontrar el carcaj vacío.

Miró la daga.

Luego miró los esqueletos.

—Dos espadas en el zurrón, las dos pidiendo herrador;
yo con daga de ocasión... ¡qué distinguido campeón!

Y entró.

La niebla se había cerrado otra vez alrededor de las ruinas cuando Lucan llegó con la daga. Marika alcanzó a verlo forcejear con un esqueleto, desaparecer medio paso detrás de una pared baja y volver a surgir cuando la alabarda le encontró el cuerpo.

Lucan trastabilló.

El siguiente golpe lo derribó y la bruma baja le cubrió casi hasta los hombros.

Esta vez no hubo copla.

Cuando consiguieron llegar hasta él, la pelea todavía no había terminado.

Quedaba uno.

Alexander lo alcanzó primero y lo dañó, pero el muerto siguió en pie.

Ilyana entró después.

El primer intercambio lo perdió.

En el segundo, la alabarda volvió a buscarla y ella apenas consiguió mantenerse en pie.

Entonces llegó la rabia: por la herida, por Lucan tendido detrás, por aquella niebla que les había ido entregando los muertos uno a uno y por aquellos huesos empeñados en seguir peleando cuando cualquier criatura razonable habría tenido la cortesía de morirse.

Ilyana golpeó con todo el cuerpo.

La espada chocó contra el entramado de huesos y siguió adelante con un crujido áspero. Ella acompañó el golpe, empujando todavía cuando ya debería haber bastado, hasta que la estructura del esqueleto cedió y la alabarda cayó entre las piedras.

La niebla pasó lentamente sobre los huesos.

Ilyana esperó.

Nada volvió a levantarse.

Esta vez, por fin, el que se quedó en el suelo fue el otro.

(Batalla: siete esqueletos destruidos. Lucan queda fuera de combate; Ilyana resulta herida. Sin bajas permanentes.)

De vuelta a Threshold

Lucan estaba vivo.

Al final, el golpe había sido bastante menos definitivo de lo que pareció cuando lo vieron desaparecer entre la niebla. Necesitaría recuperarse de una buena paliza y de la considerable humillación de haber terminado la batalla tumbado, pero nada más.

La herida de Ilyana resultó aparatosa, pero no grave. Con descanso y cuidados volvería a estar entera.

Seis habían salido.

Seis regresaban.

Antes de partir entraron en lo que quedaba de la torre.

La techumbre había desaparecido hacía años y dentro crecían ortigas, helechos y una mata baja que había aprovechado la humedad acumulada entre dos piedras desprendidas. Entre sus hojas asomaban las bayas pálidas de la brisa primaveral.

No era el tesoro que uno esperaría encontrar en una torre olvidada, pero nadie protestó.

(Botín: Bayas de brisa primaveral, 2 usos.)

Después emprendieron el regreso con un bardo desmayado, una guía ensangrentada y bastante menos curiosidad por aquellas ruinas de la que habían sentido al llegar.

Las ruinas desaparecieron antes de que el bosque terminara de ocultarlas.

Primero se perdió la torre, después los muros y, por último, hasta los árboles que las rodeaban quedaron borrados tras la bruma.

La niebla los acompañó todavía un trecho entre los troncos. Al acercarse de nuevo al camino empezó a romperse en jirones y finalmente se deshizo entre las ramas.

Detrás de ellos, en cambio, el bosque seguía blanco.

Y en algún lugar dentro de aquella blancura quedaban siete montones de huesos.

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