domingo, 4 de octubre de 2026

5LFB — Karameikos #005 — Campos de Caza

Turnos 10–11 · 16 de Ambyrmont – 3 de Sviftmont de 1000 AC

Threshold

La mañana del 16 de Ambyrmont, Threshold parecía empeñada en demostrar que el mundo todavía contenía problemas razonables.

El primero fue una espada.

Ian Kovach llegó a buscarlos poco después del desayuno, con la solemnidad de quien lleva un mensaje importante y la impaciencia de un muchacho al que han apartado de algo bastante más interesante.


—Mi padre dice que vayáis a la herrería.

Lucan miró a Zan.

—Eso suena caro.

—Tú vienes.

—Eso suena todavía más caro.

Marek Kovach no perdió demasiado tiempo en explicaciones cuando llegaron. Apartó unas tenazas, retiró un paño del banco de trabajo y dejó a la vista una espada nueva, sin adornos innecesarios pero de esas que parecen buenas incluso antes de empuñarlas: guarda sencilla, hoja limpia y un equilibrio que delataba muchas horas de oficio.


—Es vuestra.

Zan la observó un momento antes de levantar la mirada hacia el herrero.

—Eso es una manera bastante cara de dar las gracias.

Marek se encogió de hombros.

—También vosotros tenéis maneras caras de ganároslas.

Lucan alargó la mano hacia la empuñadura y Zan le golpeó los nudillos antes de que llegara a tocarla.

—Todavía no.

—Solo estaba apreciando el trabajo.

—Con los dedos.

—Es como mejor se aprecia una espada.

Marek sonrió y, de una forma bastante menos solemne de lo que había empezado, la visita terminó convirtiéndose en una conversación de taller.

Aquella misma tarde llegó a casa de los Kovach una cesta del mercado con buenas viandas, algo dulce y un pequeño regalo para Ian. Zan no dijo cuánto había costado ni pareció interesada en saberlo. Era su manera de dejar claro que el agradecimiento iba en las dos direcciones.

La espada terminó, inevitablemente, en manos de Lucan.

Después de semanas cargando con un arco averiado, armas prestadas y una daga que había adquirido bastante más protagonismo del que merecía, el bardo recibió la hoja con una satisfacción que consiguió disimular durante casi medio minuto. Alexander la tomó primero, probó el peso con un par de movimientos y se la devolvió.

—Es buena.

Lucan arqueó una ceja.


—Agradezco el exhaustivo juicio del experto.

—Pesa bien, no vibra y tiene filo.

—Retiro lo dicho. Una disertación.

Pasó buena parte de la jornada acostumbrándose a la espada, mientras los demás encontraban ocupaciones menos heroicas y, por ello mismo, bastante más rentables. Threshold siempre tenía algún carro que descargar, una cerca que reparar, mercancías que mover o alguien dispuesto a pagar unas monedas para que seis personas armadas hicieran algo que él prefería no hacer.

Ilyana desapareció hacia el agua y regresó varias horas después con las botas húmedas, dos peces y la expresión satisfecha de quien había pasado una buena mañana sin necesidad de matar a nadie.


—¿Grandes? —preguntó Marika.

Ilyana miró los peces.

—Lo bastante.

—Eso significa pequeños.

—Significa que hay dos.

Poco a poco había aprendido dónde merecía la pena echar el sedal, cuándo convenía esperar y cuándo un tirón no era más que la corriente jugando con ella. Antes de abandonar Threshold cambió el viejo sedal por otro más resistente. Si algo había enseñado la vida con la Compañía era que las piezas del equipo tendían a romperse justo cuando empezaban a resultar necesarias.


Mikhail, mientras tanto, había vuelto al ornamento grabado.

Sobre la mesa se acumulaban las notas de Seleran, copias de signos, dibujos hechos a mano y varias hojas cubiertas de correcciones. Durante semanas había intentado leer aquellas marcas como se lee cualquier inscripción: buscando un principio, esperando un desarrollo y confiando en que, en algún lugar, hubiese un final.

No funcionaba.

Aquella mañana movió una de las hojas, giró el ornamento y volvió a comparar dos signos que ya había examinado docenas de veces. Después cambió otra hoja de sitio y permaneció inmóvil el tiempo suficiente para que Marika, que pasaba por detrás, se detuviera.


—¿Qué?

Mikhail no respondió enseguida. Reordenó varias notas y entonces algo que hasta ese momento había parecido una repetición inútil empezó a adquirir sentido. Aquellas marcas no se correspondían con palabras, sino con relaciones entre unas cosas y otras.


No había una frase esperando ser descifrada.

Había un método.

Lucan entró un rato después con la espada nueva al cinto y encontró a Mikhail inclinado sobre la mesa, colocando papeles como si estuviera preparando una partida de cartas particularmente desagradable.


—¿Has descubierto dónde enterraron un tesoro?

—No.

—¿Una maldición?

—Tampoco.

—¿Una puerta secreta?

Mikhail levantó la vista.

—No.

Lucan suspiró.

—Esto está perdiendo interés rápidamente.

Mikhail giró una de las hojas hacia él.

—He estado intentando leerlo.

—Me parecía una estrategia razonable.

—No está hecho para ser leído.

Lucan volvió a mirar el ornamento y luego las notas.

—Retiro lo dicho. Ha recuperado interés.

Las marcas servían como una clave para ordenar y relacionar fragmentos de conocimiento que, colocados sin aquella pauta, parecían no tener nada que ver entre sí. Mikhail había estado buscando un mensaje donde lo que existía era una forma de organizar otros mensajes.


No había mapa, profecía ni nombre secreto escondido bajo la última capa de signos. El ornamento no señalaba el lugar de un tesoro ni abría una nueva puerta en la historia de la Compañía. Simplemente había dejado de ser incomprensible, y después de tantas semanas aquello resultaba sorprendentemente satisfactorio. (Investigación completada; +3 PH.)

Para cuando terminaron de recoger los papeles, la tarde estaba bastante avanzada y Threshold había agotado casi todas las sorpresas que pensaba ofrecerles aquel día.

Tantearon algunos contactos antes de partir, pero nadie tenía una propuesta que justificara quedarse; los rumores eran viejos, vagos o conducían a personas que tampoco sabían demasiado.

Lucan contempló aquello con cierta desconfianza mientras Zan revisaba las correas del equipo.

—No me gusta.

—¿El qué?

—Que nadie quiera contratarnos, robarnos o enviarnos a algún sitio horrible.

—Dale tiempo.

No pensaban hacerlo.

Al oeste de Verge, en las Tierras Bajas de los Cruth, alguien llevaba tiempo buscando aventureros. Habían dejado aquella noticia en segundo plano mientras otras urgencias se cruzaban en su camino, pero ahora la oportunidad estaba a punto de desaparecer.

La mañana del 17 de Ambyrmont abandonaron Threshold. Dos armas dañadas se quedaron atrás; Lucan llevaba al cinto la espada de Marek Kovach y Mikhail guardaba consigo las notas que por fin había conseguido ordenar.

Los seis tomaron de nuevo el camino hacia el oeste.

El hombre que los esperaba allí se llamaba Lirdrium Arkayz.
 

El punto de cita

El camino hacia las Tierras Bajas de los Cruth les ocupó tres jornadas y fue perdiendo comodidad a medida que dejaban atrás Threshold. Las rutas conocidas cedieron terreno a sendas menos transitadas, y las últimas indicaciones obligaron a prestar más atención al paisaje que al camino: una vaguada, una línea de árboles, una elevación visible durante un trecho y perdida después entre las ondulaciones del terreno.

No encontraron nada que justificara detenerse.

Aquello, después de varias semanas en las que cualquier ruina, niebla o sendero lateral parecía esconder alguna clase de peligro, resultaba casi sospechoso.

Durante el 19 de Ambyrmont alcanzaron finalmente el punto señalado. No había allí asentamiento alguno ni refugio preparado para recibir viajeros, solo un lugar apartado de las rutas habituales, lo bastante discreto como para que cualquiera que apareciese por allí tuviera que hacerlo con intención.

Dos hombres los esperaban.

Arkayz había elegido un lugar donde nadie llegaba por casualidad.

El primero se presentó como Lirdrium Arkayz. El segundo, Jenlar Temlin, permaneció a su lado mientras Arkayz explicaba el motivo de la cita.

Seguía la pista de un antiguo talismán relacionado, de algún modo que todavía no quiso precisar, con algo a lo que llamaba la Roca. Antes de avanzar necesitaba comprobar que ciertas descripciones antiguas correspondían realmente a lo que estaba buscando.

Para eso necesitaba a Halia Antonie.

El nombre sí era conocido para Ilyana. Halia era una dama de Verge, antigua aventurera y maga relacionada con el Gremio de Magos de Specularum, además de estudiosa de magia y viejas leyendas. Su marido, sir Retameron Antonie, era también una figura conocida en la comarca.

La Roca, en cambio, no significaba nada concreto para ninguno de ellos. Ni siquiera Ilyana, que conocía mejor que los demás la zona de Verge, podía asociar aquel nombre con un lugar inequívoco.

Cuando Arkayz terminó aquella primera explicación, Zan no hizo ademán alguno de aceptar.

—Entonces empecemos por lo fácil. ¿Qué quieres de nosotros?

—Que habléis con Halia Antonie.

—Eso ya lo has dicho. Quiero saber por qué tú no lo haces.

Halia no se había negado a ayudarle. El problema era que tampoco estaba dispuesta a entregar sus conclusiones a cambio de dinero o cortesía. Quería algo útil a cambio, y Arkayz no pensaba abandonar su propia búsqueda para satisfacer una condición cuyo alcance ni siquiera conocía.

Zan entrecerró los ojos.

—Quieres que vayamos a ver a una mujer que puede pedirnos cualquier cosa.

—Quiero que la escuchéis.

—No es lo mismo.

—No.

Aquella respuesta, al menos, tenía la virtud de no intentar disfrazar nada.

Quedaba por saber para quién estaban trabajando.

Arkayz tampoco adornó esa parte. No hablaba en nombre del Duque, ni de una iglesia, ni de un gremio. No había un noble escondido detrás del encargo ni una autoridad cuyo nombre fuese a convertir la búsqueda en algo más respetable.

La búsqueda era suya.

Eso simplificaba una parte del asunto y complicaba el resto.

Alexander, que hasta entonces había permanecido en silencio, frunció ligeramente el ceño.

—Arkayz no es un nombre thyatiano.

—No lo es.

—¿Y tú?

—Tampoco.

No añadió de dónde procedía.

Zan dejó pasar un momento.

—¿Y quién eres, exactamente?

Arkayz pareció considerar cuánto quería responder.

—Mago. Estudioso de antigüedades y tradiciones. Llevo bastante tiempo siguiendo esta pista.

—Eso sigue sin ser una respuesta completa.

—No pretendía que lo fuera.

La franqueza tenía límites, pero al menos aquellos límites estaban a la vista.

Jenlar Temlin resultaba más sencillo. Arkayz lo presentó como su campeón y protector, y el propio Jenlar no pareció necesitar una definición más larga.

A Zan aún le quedaba una cuestión importante.

—Supongamos que encontramos a Halia y nos pide algo que no pensamos hacer.

—Entonces no lo hacéis.

—¿Y qué ocurre contigo?

—Volvéis y me lo decís.

Aquello sí podía aceptarlo.

No buscarían el talismán. No se comprometían con la Roca ni con ninguna otra parte de la investigación de Arkayz. Irían a ver a Halia Antonie, escucharían qué pedía a cambio de su ayuda y decidirían después si querían continuar.

Arkayz asintió.

—Es suficiente.

La conversación parecía terminada cuando Zan señaló las lomas que los rodeaban.

—Una última cosa. ¿Por qué aquí?

Arkayz miró alrededor, como si la respuesta estuviese en el propio paisaje.

No quería anunciar en Threshold ni en Verge que seguía la pista de una antigüedad. Había demasiados oídos, demasiada curiosidad y demasiada gente dispuesta a interesarse por algo solo porque otro hombre procuraba mantenerlo en secreto.

Luego añadió:

—Y quien ha sido capaz de encontrarme aquí ya ha demostrado que sabe arreglárselas por su cuenta.

Eso explicaba bastante.

Cuando la reunión terminó, la Compañía seguía sin saber qué era la Roca, de dónde procedía Arkayz o cuánto estaba dispuesto a contar realmente sobre su búsqueda.

Pero Zan había conseguido algo más útil.

Sabía exactamente qué habían aceptado.

Y qué no.

Halia Antonie quedaba pendiente.

Los días 20 y 21 transcurrieron todavía en el punto de cita. La Compañía permaneció acampada entre las lomas y, al caer la tarde del 21, la noticia de Highforge les llegó por boca de unos viajeros de paso por el corredor de Verge: la comunidad necesitaba suministros.

Rumbo a Rifllian

La mañana del 22 de Ambyrmont encontró a la Compañía todavía acampada en las Tierras Bajas de los Cruth. El aire era fresco y húmedo; una bruma ligera permanecía en las hondonadas y las nubes bajas se abrían de vez en cuando lo suficiente para dejar caer una luz pálida sobre la hierba cubierta de rocío.

No tenían motivos para precipitar la partida.

Alexander salió a cazar a primera hora y regresó con carne suficiente para mejorar unas provisiones que empezaban a ser demasiado escasas para seis viajeros. Marika aprovechó la espera para entrenar mientras los demás revisaban el equipo, recogían el campamento y discutían qué asunto debía ocuparles a continuación.

Arkayz había dejado una puerta abierta, pero no una urgencia. Halia Antonie podía esperar.

Highforge necesitaba suministros y todavía habría ocasión de ocuparse de aquello más adelante. Rifllian, en cambio, no iba a esperar mucho más.

Eligieron Rifllian.

No era una decisión destinada a cambiar el rumbo de ninguna guerra ni a desenterrar antiguos secretos. Había gente que necesitaba provisiones, ellos podían llevarlas y, además, el viaje encajaba razonablemente con la dirección en que ya se encontraban.

A veces una aventura empezaba de maneras bastante menos interesantes.

Durante las primeras horas tampoco ocurrió nada que contradijera esa impresión. El terreno alternaba campos, pastos y parcelas cultivadas con una determinación decreciente cuanto más se alejaban de los caminos principales. Había muros bajos de piedra, cercas vencidas y zonas donde la maleza empezaba a reclamar lo que alguien había abandonado uno o dos años atrás.

Fue aproximadamente a mitad de camino cuando comenzaron los ruidos.

Al principio no eran fáciles de distinguir del propio viaje: el roce de las botas contra la hierba húmeda, una piedra que cedía bajo el peso de Alexander, alguna rama golpeada por el viento. Pero aquel otro sonido regresaba siempre después de que los demás desaparecieran.

Sordo.

Irregular.

Bajo sus pies.

La Compañía redujo el paso.

Durante unos instantes no se oyó nada. Después llegó otra vez, algo más lejos, como si una piedra pesada hubiese raspado contra otra en algún lugar bajo tierra.

Mikhail bajó la mirada.

—Eso viene de debajo.

Nadie respondió.

Avanzaron un poco más, atentos ahora a cada vibración. El ruido parecía acompañarlos sin seguir una dirección fácil de reconocer. En ocasiones quedaba atrás y poco después volvía a sentirse hacia uno de los flancos. Una vez la tierra tembló tan ligeramente que cualquiera de ellos habría podido atribuirlo a la imaginación.

Pero los seis lo habían sentido.

Zan observó el terreno que tenían por delante.

A un lado, una hondonada les ofrecía cobertura, aunque también reducía la visibilidad. Más allá se elevaba una loma baja, buena para observar la comarca pero demasiado expuesta si aquello que se movía bajo tierra aparecía a sus espaldas.

En los campos abiertos, al menos, podrían verlo venir.

—Seguimos por ahí.

Abandonaron el terreno más quebrado y avanzaron hacia una sucesión de parcelas medio abandonadas, separadas por setos, cercas caídas y pequeños muros de piedra.

No era un buen lugar para esconderse.

Precisamente por eso lo escogieron.

El siguiente ruido fue distinto.

No llegó como un roce, sino como un golpe seco seguido de un crujido prolongado. A cierta distancia, en uno de los campos, la superficie se hundió de repente y una masa de tierra oscura se desprendió hacia el interior.

Alexander desenvainó.

Del hueco apareció primero una mano.

Después un brazo largo cubierto por un pelaje pardo y ralo y, finalmente, una figura entera que se impulsó hacia la superficie con una facilidad inquietante. Vestía una mezcla de cuero, hierro y jirones difíciles de identificar bajo la suciedad.

Apenas terminó de incorporarse cuando otra silueta surgió detrás.

Y otra.

Los Ascendidos fueron saliendo del subsuelo uno tras otro.

Algunos eran más corpulentos que los demás; otros parecían deformados por una musculatura excesiva o por proporciones que no acababan de corresponder a las de una criatura natural. Entre ellos destacaban varias figuras mejor equipadas: tres llevaban capotes rojizos, una de ellas protegida por bastante más hierro que el resto; algo más atrás se movía otra figura envuelta en un capote violeta hecho jirones.

Marika fue contando en voz baja mientras emergían.

Cuando dejó de hacerlo, mantuvo la mirada fija en el agujero.

—Once.

Los Ascendidos emergen y se extienden por los campos.

La última criatura trepó al exterior y los Ascendidos comenzaron a extenderse por el campo.

No hubo gritos ni desafío.

Eso quizá resultaba peor.

Parecían haber sabido perfectamente dónde encontrarlos.

Mikhail señaló a uno de los que permanecían algo retrasados. Llevaba una armadura de tono cobrizo y había separado las manos del cuerpo mientras un resplandor verdoso empezaba a concentrarse entre ellas.

—Magia.

Zan recorrió el terreno con la mirada.

A sus espaldas quedaba el camino. A ambos lados, los setos y pequeños desniveles podían romper una línea de visión, pero no ocultar la aproximación de once enemigos. Delante de ellos, los Ascendidos se abrían ya en dos grupos.

Correr hacia una hondonada sin saber cuántos túneles había bajo aquellas tierras parecía una manera excelente de empeorar las cosas.

Allí, al menos, podían verlos venir.

Ilyana y Mikhail tomaron el flanco izquierdo. Zan y Lucan buscaron el amparo de uno de los muros bajos, mientras Alexander y Marika se situaban algo más allá. Nadie discutió demasiado la disposición. Para entonces bastaba con permanecer lo bastante cerca para acudir en ayuda de los otros.

Zan esperó hasta que todos estuvieron preparados.

Los ruidos bajo tierra habían cesado.

Ahora todo ocurría al aire libre.

Cuero al tensarse. Acero al abandonar las vainas. Una cuerda de arco acomodándose bajo los dedos.

Y, enfrente, once criaturas avanzando por los campos.

Zan miró una vez más a izquierda y derecha.

—Aquí será.

La Horda acorta distancias mientras la Compañía espera entre setos y muros.

La Horda da alcance

Los Ascendidos comenzaron a avanzar en dos grupos, abriéndose por los campos sin perder contacto entre ellos.

Habían salido del subsuelo cubiertos de tierra y con los ojos entrecerrados. Algunos ladeaban la cabeza; otros apartaban el rostro de aquella claridad gris como si incluso un cielo nublado de otoño fuese más luz de la que estaban acostumbrados a soportar.

Eso no los hacía parecer menos peligrosos.

El de la armadura cobriza se quedó algo retrasado. Entre sus manos seguía creciendo el resplandor verdoso que Mikhail había señalado, mientras los demás reducían la distancia con una rapidez que hacía que aquellos campos abiertos parecieran cada vez más pequeños.

El primer choque llegó por el flanco de Ilyana y Mikhail.

El primer choque rompe la línea y obliga a pelear entre los setos.

Una de las criaturas intentó rebasarla para alcanzar al mago. Ilyana salió a su encuentro con la espada bastarda y la obligó a retroceder, pero necesitó más de un golpe para abatirla. Para entonces otra ya había ocupado su lugar y el combate había dejado de parecerse a una línea que pudiera mantenerse ordenada.

Mikhail trató de fijar sobre uno de los atacantes una Marca que lo delatara mejor a los arqueros.

El sortilegio se deshizo antes de prender.

En otros puntos del campo las primeras flechas habían empezado a encontrar carne. Zan esperó a tener un blanco limpio y derribó a uno de los Ascendidos con un disparo en la cabeza.

Lucan alcanzó a otro poco después. La flecha lo dejó herido, pero el Ascendido siguió avanzando.

Después llegaron todos a la vez.

Alexander y Marika se vieron obligados a abandonar parte del terreno que habían elegido para no quedar separados del resto. Alexander derribó a uno de los atacantes, pero el esfuerzo lo dejó unos pasos demasiado adelantado y otro Ascendido aprovechó el hueco para herirlo.

A Lucan ni siquiera le quedó tiempo para decidir si quería seguir siendo arquero.

El Ascendido al que había herido se abrió paso entre los matorrales hasta alcanzar el muro. Lucan estaba justo al otro lado. Antes de que pudiera preparar otro disparo, la criatura ya intentaba llegar hasta él por encima de las piedras.

Lucan soltó el arco y desenvainó la espada que Marek Kovach había regalado a la Compañía apenas unos días antes.

Probablemente había imaginado un estreno algo más digno.

No hubo postura, ni floritura, ni tiempo para descubrir si aquella hoja favorecía alguna escuela de esgrima en particular. Hubo un muro bajo, una criatura peluda intentando arrancarle la cara y unos pocos instantes de acero manejado demasiado cerca del cuerpo.

Cuando acabaron, el Ascendido quedó tendido junto a las piedras.

Lucan miró la espada apenas un instante.

Al menos Marek no había exagerado.

Cuatro de las criaturas estaban ya en el suelo, pero la Horda seguía avanzando.

Y el de la armadura cobriza había terminado lo que fuese que llevaba preparando desde que emergió.

El resplandor entre sus manos se comprimió de pronto y atravesó el campo como una descarga verdosa. Alcanzó a Zan, la hirió y la lanzó varios pasos hacia atrás.

Consiguió levantarse.

Al otro lado, el Ascendido ya estaba reuniendo otra vez aquella luz entre las manos.

Fue entonces cuando dejaron de intentar conservar el terreno.

No hubo una orden formal. Sencillamente empezaron a ceder espacio antes de que la presión los dividiera por completo. Lucan y Zan buscaron distancia para volver a utilizar los arcos; Alexander y Marika se replegaron hacia ellos, mientras Ilyana procuraba que nada atravesara el hueco que iba abriéndose entre ambos grupos.

Cuando Mikhail consiguió llegar hasta ella, Ilyana ya estaba sangrando.

Esta vez su magia sí respondió. Apoyó una mano sobre la herida y el dolor remitió lo suficiente para que ella volviera a afirmarse sobre las piernas y levantara la espada.

Lucan, ya de nuevo con el arco, aprovechó el repliegue para disparar otra vez. La flecha alcanzó a un segundo Ascendido y lo dejó herido, aunque tampoco consiguió detenerlo.

Los Ascendidos, mientras tanto, también habían cambiado.

La torpeza de sus primeros ataques había sido fácil de confundir con brutalidad. Ahora resultaba evidente que había sido otra cosa.

Ya casi ninguno parpadeaba ante la claridad.

Empezaban a calcular bien las distancias.

A anticipar los movimientos.

A combatir como si, minuto a minuto, el mundo de la superficie fuese dejando de resultarles extraño.

La Compañía había pasado los primeros momentos creyendo que empezaba a conocerlos.

En realidad, solo había conocido a los Ascendidos deslumbrados.

A partir de ahí cada paso atrás costó más.

Zan consiguió derribar al segundo Ascendido que Lucan había dejado herido con una flecha y, poco después, uno de los Ascendidos de capote rojizo se lanzó contra Ilyana.

Ella lo recibió con la espada bastarda.

Esta vez no hubo segundo intercambio.

La criatura cayó y, por primera vez desde que habían aparecido, el empuje de la Horda vaciló.

Seis de once.

Era suficiente para que escapar dejara de depender únicamente de correr más deprisa que aquello que los perseguía.

No era suficiente para ganar.

El del capote violeta hecho jirones llegó hasta Ilyana antes de que pudieran aprovechar aquel respiro. Su forma de moverse dejaba cada vez menos dudas de que los demás reconocían en él algún tipo de autoridad. Atacó, la obligó a defenderse y volvió a herirla.

A pocos pasos de allí, Alexander tenía sus propios problemas.

Dos Ascendidos lo acosaban casi al mismo tiempo. Ya no intentaba derribarlos. Peleaba para cortar cada choque lo antes posible, conservar el equilibrio y seguir retrocediendo sin separarse de Marika.

Durante unos instantes pareció que bastaría.

Entonces la luz verde volvió a recorrer el campo.

Alexander apenas tuvo tiempo de verla.

La descarga lo alcanzó de lleno y lo arrancó de su posición. Cayó entre la hierba y esta vez no volvió a levantarse.

Una descarga verdosa derriba a Alexander durante la retirada.

Marika se volvió hacia él.

Los Ascendidos siguieron avanzando.

La retirada dejó de ser una posibilidad que estaban preparando.

Se convirtió en lo único que quedaba.

El último en el campo

Marika dio medio paso hacia Alexander.

Los Ascendidos seguían viniendo.

Uno de ellos perdió finalmente el valor y abandonó la lucha, pero los demás continuaron avanzando. Quedarse allí seguía siendo una apuesta difícil de justificar.

Lucan y Zan ganaron distancia primero, todavía con los arcos en las manos. Ilyana retrocedió después, herida otra vez. Marika aguantó un instante más mirando hacia Alexander antes de aceptar lo evidente: intentar alcanzarlo entonces podía convertir un compañero caído en dos.

Se retiró con los demás.

Mikhail no tuvo tanta suerte.

No se quedó porque hubiese decidido que aquel era un buen momento para un juramento memorable, ni porque alguien le confiara solemnemente la misión de cubrir la retirada.

Simplemente fue el más lento.

Mientras los demás conseguían poner terreno de por medio, él seguía allí.

El último.

Con la vara de hueso entre las manos y cuatro Ascendidos acercándose.

Mikhail queda el último en el campo, frente al Ascendido del capote violeta.

Entre ellos venía el del capote violeta hecho jirones.

Hasta entonces había sido una figura más entre las criaturas mejor equipadas. Ahora, con el combate deshecho y los supervivientes agrupándose a su alrededor, resultaba más fácil comprender quién parecía dirigir aquella partida. Los otros le dejaban espacio y él avanzaba hacia Mikhail con la tranquilidad de quien cree que el trabajo difícil ya está hecho.

Mikhail retrocedió un paso y plantó la vara.

El Ascendido atacó.

El golpe llegó con fuerza suficiente para apartar cualquier defensa mal asentada. Mikhail recibió el impacto sobre la vara de hueso, cedió terreno y consiguió desviarlo. Durante aquel breve forcejeo, uno de los salientes del bastón se enganchó en el correaje de la criatura.

Algo se rasgó.

Algo pequeño quedó prendido entre hueso y cordaje.

Ninguno de los dos lo vio.

El Ascendido volvió a atacar antes de que Mikhail recuperara bien la posición.

Esta vez la vara no bastó.

Mikhail cayó sobre la hierba.

Con él terminó la batalla.

La Horda se quedó con el campo. La Compañía había ganado exactamente lo que necesitaba y nada más: la oportunidad de escapar.

Cuando consiguieron recuperar a los suyos, Alexander fue el primero.

Estaba maltrecho, pero vivo. Necesitaría tiempo para volver a ponerse en pie, aunque no demasiado; una conclusión que confirmaba una vez más que matar a Alexander Vardos parecía requerir bastante más empeño del que cabría esperar al verlo tendido en el suelo.

Con Mikhail hubo menos motivos para bromear.

Durante unos instantes pareció que no habría nada que hacer.

Las hojas de árbol de plata llevaban mucho tiempo viajando con la Compañía como una de esas precauciones cuyo mayor atractivo consiste en no tener que descubrir nunca si realmente son necesarias.

Aquella tarde lo fueron.

Gastaron una dosis.

Mikhail no se levantó. Tampoco abrió los ojos para asegurar que todo había sido una exageración, cosa que habría resultado considerablemente más cómoda para todos.

Pero respiraba.

Por el momento, bastaba.

(1 dosis de hoja de árbol de plata gastada. Alexander: recuperación 1 Turno. Mikhail: recuperación 7 Turnos.)

Fue más tarde, mientras revisaban el equipo de Mikhail, cuando descubrieron que la vara de hueso había traído algo consigo.

Un pequeño paquete encerado seguía atrapado entre el cordaje y los adornos del bastón. Una esquina estaba desgarrada y la cera conservaba las marcas del tirón que lo había arrancado del correaje del Ascendido del capote violeta.

Dentro había una carta.

O, al menos, algo escrito con la intención de parecerse a una.

Ninguno de ellos podía leerla.

Después de ver caer a dos compañeros y gastar una de sus hojas de árbol de plata, la Compañía de la Linterna había salido del encuentro con una carta robada por accidente cuyo contenido era completamente incomprensible.

Habían tenido jornadas más provechosas.

(Nueva investigación arcana: Carta cifrada; Opacidad 22.)

Rifllian dejó de ser una opción durante los días que siguieron.

Levantaron el campamento allí donde pudieron hacerlo sin volver a escuchar tierra removiéndose bajo las botas y dedicaron los días siguientes a cuidar de Alexander y, sobre todo, de Mikhail. Las heridas de Alexander lo mantendrían apartado durante algún tiempo. Las de Mikhail iban a exigir mucha más paciencia.

Mientras esperaban, la oportunidad de llevar suministros a los elfos de Rifllian terminó por desaparecer.

El mundo, naturalmente, no tuvo la cortesía de parar mientras ellos se recuperaban.

Antes de que concluyera aquel largo paréntesis llegaron noticias del sudeste. Cerca de Rugalov, en los límites del Dymrak, se había visto una fuerza desconocida de guerreros con yelmos cerrados merodeando por la región.

Para la noche del 3 de Sviftmont, la Compañía seguía acampada y tenía dos hombres todavía fuera de combate.

Otro asunto pendiente.

Por entonces empezaban a coleccionarlos.

Consulta la ficha viva de la Compañía de la Linterna